Mundo ficciónIniciar sesiónEdward Snowden, es un hombre joven, atractivo e inmensamente rico. Él es todo un don Juan y jamás se le ve dos veces con la misma mujer. Después de que su prometida lo traicionara, él decidió no volver a entregar su corazón. Nada mejor que encuentros sexuales de una noche sin compromisos de por medio. Su libertad se ve afectada, cuando uno de sus futuros socios quiere comprometerlo con una de sus hijas y para zafar del lío inventa que está comprometido. Tratando de mantener su mentira y no arriesgar la nueva asociación, decide contratar con ayuda de su inseparable asistente a una esposa de alquiler. Quién diría que la hermosa Sabrina Thank, pondría todo su mundo de cabeza.
Leer másCAPITULO1- UN HOMBRE SIN CORAZON.
Las manos de Grace temblaban incontrolablemente mientras sostenía la pequeña prueba de embarazo. Era increíble cómo algo tan diminuto podía contener una verdad tan inmensa. Su corazón latía con fuerza, casi al ritmo del tictac del reloj en la habitación. La imagen de su padre, siempre tan severo y orgulloso, flotaba en su mente, y el eco de sus palabras sobre la respetabilidad y la honra familiar la atormentaban. La familia “Bradford” no solo valoraba la perfección; la exigía. Ahora, todo podía venirse abajo por culpa de aquel pequeño objeto. El miedo la consumía, pero no solo por su familia. Lucien… Su sola imagen le hacía un nudo en el estómago. ¿Cómo reaccionaría él? ¿Sería tan cruel como ella temía? Cerró los ojos, buscando una fuerza que parecía eludirla, y respiró profundamente. «Tienes que hacerlo» se dijo. «No hay vuelta atrás.» Con una determinación palpable, se levantó del sillón, se alisó la falda con manos temblorosas y salió de su consultorio. Caminó hacia el despacho de Lucien como si cada paso pesara una tonelada. Cuando llegó, sus ojos se posaron en la placa dorada que decía “Dr. Lucien Stanton”. La brillante perfección de las letras contrastaba con el caos dentro de ella. Llamó a la puerta. —Adelante —dijo la voz grave desde el interior. Grace respiró hondo, apretó la prueba en su bolsillo y giró el pomo. Entró al despacho, donde Lucien estaba detrás de su escritorio, revisando unos documentos. Alzó la cabeza al escucharla entrar y la miró con esos ojos fríos que tanto la atraían y aterrorizaban. —¿Qué haces aquí? —preguntó él, su tono helado como el invierno—. Creí haber sido claro. Las palabras fueron un golpe, pero Grace se esforzó por no derrumbarse. Parpadeó, nerviosa, y juntó las manos frente a su pecho para ocultar su temblor. Tragó saliva, tratando de reunir coraje. —No ha venido mi periodo —murmuró, su voz apenas un susurro. Lucien la miró fijamente, su expresión impenetrable por un instante. Luego, sus cejas se fruncieron, formando una línea dura. Se levantó de golpe, su imponente figura irradiando autoridad. —¿Qué estás tratando de decir? —su tono era tan afilado como un cuchillo. Grace retrocedió, intimidada. Y negó rápidamente con la cabeza. —Es que… varias veces, tú y yo… no nos cuidamos. Solo quería que lo supieras y que… —¿Y que qué? —la interrumpió él con una dureza que la hizo estremecerse—. Era tu obligación cuidarte, no la mía. Si decides acostarte con un hombre que solo te promete sexo, tomas precauciones. ¿Qué esperas al decirme esto? ¿Que caiga de rodillas y declare mi amor eterno? El calor le subió al rostro. Grace sintió la vergüenza y el dolor inundarla. Quiso explicar, pero las palabras se le atoraron. —Lucien… yo… —No. —La cortó de nuevo, su voz fría como el acero—. No voy a caer en ese viejo truco. No hay nada que me garantice que ese niño sea mío. Así que, haz lo que tengas que hacer, pero no cuentes conmigo. Grace abrió los ojos, incrédula. Nunca nadie la había tratado con tanta crueldad. Parte de lo que decía Lucien era cierto; no era virgen cuando lo conoció, pero desde que estuvo con él, no había estado con nadie más. Sabía que el bebé era suyo. —No te estoy pidiendo nada —dijo al fin, su voz temblando—. Solo pensé que debías saberlo. Lucien dejó escapar una risa vacía que hizo que sus palabras dolieran aún más. —Claro, por supuesto. Quieres que piense que eres noble. Pero sé lo que buscas, Grace. Desde que entraste a este lugar, sabías lo que querías. ¿Creíste que funcionaría? Se acercó, sus ojos helados clavándose en los de ella. —Yo decido con quién me quedo, y tú… no eres nada para mí. Solo un entretenimiento. Así que, por tu propio bien, olvídate de mí. Grace sintió cómo se rompía algo dentro de ella. Su amor, que había sido un secreto vergonzoso, ahora era su mayor debilidad. Tragó con fuerza, reuniendo los pedazos de dignidad que aún le quedaban. —No volveré a molestarte. Así que esto termina aquí. Lucien sonrió con arrogancia. —No, Grace. Esto terminó hace mucho. No quiero más conversaciones. Y, para que lo sepas, los únicos hijos que tendré serán con mi futura esposa. Grace sintió cómo esas palabras apagaban la última chispa de esperanza. Sin decir nada más, dio media vuelta y salió del despacho. Las lágrimas le nublaban la vista, pero no permitiría que él la viera derrumbarse. Cada paso lejos de él era un recordatorio de su error. Había amado a un hombre que no tenía corazón.La mañana se filtró entre las cortinas como un susurro de algodón, tibia y ajena al vendaval de la noche anterior. Edwards observó a Sabrina dormir, sus pestañas temblorosas proyectando sombras de cuento de hadas sobre mejillas aún pálidas. La habitación olía a lavanda y café recién hecho, un bálsamo contra el fantasma de Joaquín que seguía merodeando en los rincones.—No te muevas —murmuró cuando ella intentó incorporarse, su mano grande pero delicada presionando su hombro. —El médico dijo reposo absoluto. Sabrina entrecerró los ojos, una mueca de dolor escapándole al rozar el tobillo vendado. Edwards se arrodilló junto a la cama, su aliento caliente acariciando la piel de su rodilla descubierta. —¿Duele mucho? —Preguntó, y en su voz resonó la culpa de mil preguntas no hechas: ¿Por qué no te protegí antes? ¿Cómo pude dudar?Ella respondió con una sonrisa cansada, los dedos jugueteando con el borde de la sábana. —Menos que ayer —mintió. El desayuno llegó en una bandeja de madera g
La cabaña abandonada se alzaba entre los árboles como un espectro, sus tablas podridas crujiendo bajo el peso del viento. Sabrina se arrastró hacia el umbral, el tobillo hinchado latiendo al compás de su respiración entrecortada. La puerta, medio desprendida, se abrió con un gemido que heló su sangre. Dentro, el olor a moho y tierra húmeda la envolvió. Una ventana rosa filtrada por enredaderas dejaba entrar la pálida luz de la luna, iluminando un viejo sofá desgarrado y una chimenea llena de hojas secas. Se desplomó sobre el sofá, las lágrimas secas ahora convertidas en un fuego frío en su pecho. Con manos temblorosas, arrancó un trozo de su enagua para vendar el tobillo. Cada movimiento era una agonía, pero el dolor físico palidecía ante el recuerdo de los ojos de Edwards, aquella niebla de duda que lo convirtió en un extraño.—¿Por qué no me creíste, mi amor? —Murmuró, apretando la tela contra la piel magullada. —En estos pocos meses juntos te lo di todo… hasta mi dignidad. Me cues
El vestíbulo, con sus mármoles negros reflejando la luz de arañas de cristal, se convirtió en un teatro de vergüenza. Los invitados formaron un círculo asfixiante alrededor de los cuatro, sus murmullos creciendo como avispas enfurecidas. Sarah, erguida como una reina del drama, agitaba papeles amarillentos con manos enguantadas. Joaquín, a su lado, cruzaba los brazos con una sonrisa de depredador satisfecho. —¡Miren! ¡Pruebas de su "arreglo"! —Vociferó Sarah, lanzando al suelo los papeles que Sabrina y Edwards firmaron, los documentos legales semanas antes de la boda. Copias del estado de cuenta de Sabrina, como pasó de tener unos pocos pesos en su cuenta, pasó a tener varios millones de dólares. —¿Creen en el amor? ¡Ella es una mercenaria que vende sonrisas por diamantes! Una mujer del círculo, de vestido verde esmeralda, señaló a Sabrina con su abanico tembloroso. —¡Descarada! ¡Mi marido advirtió que algo era demasiado extraño en este matrimonio tan precipitado! —Otra arrojó su
El balcón era una herida abierta en la opulencia del salón: mármol frío bajo los pies, cortinas de terciopelo carmesí ondeando como lenguas de fuego en la brisa nocturna. El ruido de la fiesta se ahogaba tras las puertas cerradas, dejando solo el latido del silencio y el eco de dos respiraciones entrecortadas. Sabrina, apoyada contra la barandilla tallada con gárgolas, observaba a Edwards caminar de un lado a otro, su sombra alargada devorando las paredes. La luna plateada cortaba su perfil, revelando una mandíbula tensa y ojos que brillaban como dagas. —¿Cariño? ¿En serio? —Edwards se detuvo frente a ella, voz cargada de hielo. El sobre de Joaquín sobresalía de su bolsillo, la esquina rasgada como si hubiera intentado abrirlo y desistido. — ¿Cariño por el hombre que intentó destruir lo que tenemos? ¿Que te citó en ese café con esas fotos falsas? ¿Ese bastardo que culpa a mi familia de asesinar a tus padres? —Su puño golpeó el aire, impotente. Sabrina avanzó, el vestido de seda o










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