Mundo ficciónIniciar sesión—Parece que ya decidiste por mí. ¿Debería darte las gracias? Clavé mis ojos en los suyos, sin una pizca de arrepentimiento. —Agradéceselo a tu amado prometido por eso... Creía que conocía al amor de mi vida. El día del funeral descubrí que todo era una mentira. Y entonces él apareció... El hombre que odiaba a mi prometido y que ahora dice que le pertenezco. Fui la viuda de uno. Ahora, soy la posesión del otro. Y la verdad que él guarda puede destruir todo lo que queda de mí.
Leer másEvelyn
Aún estaba sentada frente al espejo, observando mi reflejo. No tenía ánimos ni fuerzas para levantarme. En realidad, tenía miedo... Sabía que, en cuanto me pusiera de pie e cruzara esa puerta, la realidad me golpearía de lleno.
Dirigí la mirada hacia el tocador que tenía delante. La camisa que él había usado hace dos días todavía estaba donde la había dejado. Una sonrisa asomó a mis labios al recordar cómo siempre le llamaba la atención por dejar la ropa tirada e insistía en que la pusiera en el cesto. Por un momento... solo por ese breve momento... me pareció sentir sus brazos a mi alrededor e su voz ronca en mi oído: — Adoro cuando te pones toda mandona.
Miré hacia el espejo y lo vi detrás de mí. Cuando mis ojos se encontraron con los suyos, lo vi desaparecer. No era él... era solo un recuerdo. Brandon no está aquí, y nunca más va a volver.
Mi sonrisa, esa que había aparecido instantes atrás, se desvaneció junto con su recuerdo. Apreté los labios y dejé que las lágrimas rodaran por mi rostro. Alcancé su camisa y me la llevé a la nariz. Aún conservaba su olor...
— Evie, ¿estás lista?
La voz de mi mejor amiga, Abigail, me sacó de mis pensamientos. Crecimos juntas en nuestro pequeño pueblo de Boerne, en Texas. Brandon se mudó aquí hace cinco años. Nos conocimos en el funeral de mis padres y, casualmente, su padre, Robert, había sido amigo de fraternidade de mi padre en la universidad. Mi padre era un hombre querido y honorable, y su funeral llenó el pueblo. Los perdí a él y a mi madre en un accidente de coche.
Robert me acogió y decía que se lo debía a mi padre. Y así fue como comenzó la amistad entre Brandon y yo, y, no mucho después... nuestro amor.
— Ya voy, Abby.
Me fui levantando, dejando la camisa de Brandon, que todavía sostenía en mis manos, sobre nuestra cama.
— Los Anderson ya están en el coche y se niegan a irse sin ti.
— Entonces, vamos.
Le dije con una leve sonrisa, y salimos. El cementerio de Boerne no quedaba muy lejos de mi casa, y seguimos el trayecto en silencio dentro del coche. Estamos despidiendo al invierno y, pronto, la primavera, mi estación preferida, comenzará. El cielo estaba grisáceo y me perdí mirándolo a través de la ventanilla. Ni siquiera me di cuenta de que el coche se había detenido.
— Querida, ¿vamos?
Susan, la madre de Brandon, me llamó dulcemente. Asentí con un leve gesto y nos dirigimos al lugar reservado. Prácticamente todo el pueblo estaba presente. Al frente de la ceremonia se encontraba el pastor James, amigo de la infancia de mi padre.
El ataúd de Brandon estaba envuelto en una bandera de nuestro país, rodeado por algunos amigos que habían servido con él. A mi lado estaba su mejor amigo y todavía combatiente, Thomas Mitchell. Tom aún era capitán del Ejército. Brandon nunca me contó el motivo de su baja, pero yo sabía que aquello lo atormentaba.
A veces, me quedo pensando... Si no lo hubieran dado de baja, no nos habríamos conocido. ¿Seguiría él con vida?
No lograba prestar atención a las palabras del pastor James. Mis ojos estaban clavados en el ataúd de Brandon. Al igual que su espíritu, tras el funeral, su cuerpo también se marcharía.
Algo se agitó dentro de mí y, cuando desvié la mirada, encontré otra que me observaba fijamente. Era un hombre que estaba allí de pie, examinándome. Su expresión no demostraba tristeza. Su mirada era afilada, evaluadora. Noté que sus ojos eran castaños, al igual que su cabello. Vestía de negro, impecable. Incluso a través de la ropa, se podían notar sus músculos bien definidos. Había algo en su postura que lo diferenciaba de los demás.
¿Quién era él? ¿Y por qué no me quitaba los ojos de encima? ¿Habría servido también con Brandon?
Me percaté de que a su lado estaba Jackson Reynolds. Él también había servido con Brandon, pero, a diferencia de mi prometido, que fue dado de baja, Jack solicitó el retiro. De vez en cuando, conseguía trabajos como seguridad para Brandon en una empresa de Houston.
Sentí las manos de Susan sujetando las mías. Aparté la vista del hombre misterioso y me volví hacia ella.
— Ha llegado el momento.
El corazón se me subió a la boca. Era esto. Aquí terminaba el camino de Brandon. ¿Y qué sería de mí? ¿Cómo voy a vivir sin él?
Por un breve instante, me negué a levantarme. Sabía que, en cuanto llegara al ataúd, lo bajarían y nunca más volvería a verlo. Sentí que mis manos temblaban y, poco después, todo mi cuerpo.
Ya había pasado por esto antes y sabía que el dolor nunca se marcharía. Me despedí de mis padres y ahora... me despediría del amor de mi vida.
Las lágrimas comenzaron a brotar a raudales. Susan me miraba preocupada. Tom me puso una mano en el hombro, pero fue Robert quien captó mi atención al agacharse frente a mí.
Con sus manos, comenzó a secar delicadamente mis lágrimas. El mismo gesto que hizo en el funeral de mis padres.
— Recuerda, Evie, nunca es un adiós. Sino un hasta luego.
La voz de Robert era baja, para que solo yo la escuchara. Me dijo las mismas palabras de hace cinco años, cuando el desespero se apoderó de mí porque sabía que en ese instante no quedaría nadie más para mí. Mi padre era huérfano y mis abuelos maternos fallecieron cuando yo aún era pequeña; mis padres eran la única familia que tenía.
— Lo siento... No puedo.
Mi voz no era más que un susurro. Robert, siempre comprensivo, me dio un beso en la frente y me permitió quedarme sentada. Todos se levantaron y Abby corrió a sentarse a mi lado, abrazándome para consolarme. Cuando todo terminó, las personas pasaban a saludar a los Anderson y después se dirigían a mí; el cementerio estaba prácticamente vacío.
— Puedes venir a quedarte con nosotros en Houston, Evie. Tal vez te haga bien un cambio de aires.
Susan siempre fue un amor conmigo. Cuando supo que Brady me había pedido matrimonio, organizó una fiesta. Siempre apoyó nuestra relación y solía insistirnos en que nos casáramos pronto para "darle nietos", según decía.
— Se lo agradezco. Lo pensaré y les aviso.
Nos despedimos. Yo quise quedarme un tiempo más allí. En menos de dos horas anochecería, pero aún no quería marcharme.
— Me quedo contigo —me dijo Abby con aire preocupado.
— Gracias, pero quiero estar a solas con él.
Miré hacia la tumba de Brandon. El personal del ceremonial ya lo había retirado todo. Abby intentó protestar, pero la convencí de que estaría bien.
Tom fue el último en despedirse. En cuanto me quedé sola, me senté en el suelo.
Sentía el cuerpo pesado, al igual que los ojos. Desde que supe de su muerte, no había pegado ojo. Quise pasar cada minuto posible a su lado… hasta el momento en que no pudiera más. Como ahora.
— ¿Qué voy a hacer sin ti? Dime... ¿Cómo vivir en un mundo donde tú no estés?
En ese instante, me prometí a mí misma: Nunca más amar. Nunca más entregarme.
Y entonces... las lágrimas, esas que insistían en caer desde hacía días, regresaron.
Me acosté al lado de su tumba y me quedé allí, sin decir una palabra, con la mano sobre la hierba —como si ese trocito de tierra fuera él.
Solo quería estar allí, como hacía cuando él llegaba cansado de uno de sus viajes y yo me recostaba en su pecho, simplemente escuchando los latidos de su corazón mientras lo acariciaba.
Y, cuando él despertaba, aunque fuera a mitad de la noche, decía: — Tus caricias son tan relajantes que parecen acariciar mi alma.
Aquellas palabras siempre me conmovían, y yo solo lograba conciliar el sueño después de que él decía: — Dime esas palabritas. — ¿Solo esas palabritas? —preguntaba yo siempre lo mismo.
Él asentía, dándome un beso suave.
Suspiré, cerré los ojos y susurré: — Te amo, Brady. Hoy y siempre.
Mi mente cedió y mi cuerpo la siguió. Me entregué al sueño, tal como siempre hacía en sus brazos. Sentí como si alguien se aproximara a mí, pero no abrí los ojos y, antes de desvanecerme, escuché: — También te amo, Evie.
Capítulo 311 – Amira Khaled.BrandonHablé con Jeff y después me reuní con los muchachos. Nuestras conversaciones durante el desayuno no tienen nada de convencionales. Creo que lo más normal son los comentarios de Jack.Con todo decidido, antes de salir hacia el aeropuerto, fui a ver a mi mujer. Todos nosotros, después de lo que pasó, sentimos una necesidad extrema de estar con nuestras mujeres, sentirlas y tener la certeza de que están bien.—Hola, baby… —susurré en su oído, abrazándola por la espalda. Ella observaba a las niñeras paseando por el jardín con los bebés y nuestra pequeña Maria.—Hola, amor —respondió, girándose hacia mí—. ¿Todo bien? —me preguntó Alessa.—Mejor ahora —respondí, atrayéndola para darle un beso, lento, delicioso, de esos que piden un «buenas tardes» aunque todavía sea de día.—¿Vas a salir?—Dentro de poco, con tu hermano y los míos —le respondí, rozando mi nariz por su cuello—. Solo vine a verte, a darte un beso —pegué mi boca a la suya en un beso rápido
Capítulo 310 – Como si fueran pocos.AlexanderDespués de mi conversación con Brandon, terminé mis series y volví a mi habitación para ducharme. Oí que la puerta se abría y vi a Evelyn mirándome fijamente, apoyada en el marco. Terminé, me sequé y caminé hacia el vestidor, y ella se mantuvo en silencio.Y esa actitud me decía mucho más que si estuviera hablando sin parar.—Dime, mi amor… —dije mientras me vestía.—Oí a Jack y a Ben hablando —dijo ella, viniendo en mi dirección—. Comentaban que llegaba más gente, ¿necesito preparar habitaciones? —me preguntó mientras terminaba de ayudarme con los botones de la camisa.—No. Ni siquiera quería que la reunión fuera aquí, pero estoy en terreno desconocido. Tengo influencia y gente aquí, pero todavía no es mi territorio.Evie pasó la mano por mi pecho como si estuviera alisando mi camisa, después me rodeó el cuello con los brazos y deslizó la nariz por mi barbilla.—¿Por qué tengo la impresión de que me estás ocultando algo?La tomé por la c
Capítulo 309 – Siempre cierro la puerta.BrandonHe pasado por tantas cosas, he vivido tantas pérdidas. Pero si aquel avión explotara y perdiera a Alessa y a mi hijo… no quiero ni pensarlo.Ben consiguió una casa para que nos quedáramos, y es genial. Después de llegar, me negué a salir de la habitación; necesité sentir a mi mujer, probarla, tomarla, una y otra vez, solo para asegurarme de que era real. De que estaba bien y conmigo.Pero en cuanto la noche terminara y el sol nos diera el placer de su compañía… el infierno regresaría.Sentí la luz entrar por la ventana; Alessa estaba enredada en mí. No quería abrir los ojos ni apartarla de allí, pero, conociendo a mi hermano, si no me levantaba por mi cuenta, pronto mandaría a alguien o vendría en persona a sacarme de aquí.Con cuidado, comencé a retirar su pierna, luego su brazo. Cuando la acomodé en la cama, me quedé atrapado en la belleza de mi mujer. Su rostro delicado y expresivo al mismo tempo, sus cabellos largos que ahora parecí
Capítulo 308 – ¡El puto amo de todo!AlexanderDespués de la noche maravillosa con mi mujer, logré descansar hasta cierto momento, porque luego desperté y mi mente no paró de trabajar.Me gusta ir un paso por delante, y tenía la sensación de que se me había escapado algo, y eso me sacaba de quicio.Me puse a repasar todo desde el instante en que abrimos la caja fuerte de Brandon. Vito. Paola. El descubrimiento de que ellos, junto con Lorenzo, trabajaban con Robert. Los Dones, los secuestros, las muertes, terroristas… ¿Qué falta, cuál es la pieza?Miré a Evelyn entre mis brazos; dormía tranquila, como si aquel fuera su puerto seguro. Le di un beso en los labios, un pico, una caricia. Aun adormilada, murmuró un «te amo» y yo sonreí.Decidí levantarme antes de que sonara la alarma. Siempre he sido un tipo de rutinas, y cuando me sacan de ellas, me pongo de mal humor. Benjamin, sabiéndolo de sobra, consiguió una casa con gimnasio, pues solo funciono tras despejar la mente con ejercicio.Y










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