Mundo ficciónIniciar sesiónLorenzo Fernández no cree en nadie ni, mucho menos, en el amor. Tras una traición del pasado, construyó su vida bajo una sola regla: el control absoluto. Es un tiburón de los negocios que sabe usar los problemas ajenos para ganar siempre. Pero el destino le cambia el juego. De un día para otro, su exesposa desaparece y le deja en la puerta a una hija de cinco años que lo mira como a un monstruo. Sin idea de cómo ser papá y con el miedo de que un juez le quite a la niña, Lorenzo necesita una solución urgente: una esposa que lo haga ver como un hombre de familia ante la ley. La garantía perfecta aparece con la deuda vencida de un empresario. A cambio de borrarla, Lorenzo exige a su hija mayor, Liliana Margarita. Ella es una maestra de jardín rebelde, apasionada y con el don exacto para controlar el caos de su casa sin dejarse pisar por él. El contrato es frío y con fecha de vencimiento. Las reglas están claras: nada de sentimientos. Ella es solo una esposa prestada, pero el único problema de los tratos sin amor… es que siempre hay alguien dispuesto a romper las reglas.
Leer másLorenzo
—Lamentablemente el plazo ha caducado. Tu empresa pasará a mis manos en exactamente setenta y dos horas, y la despedazaré para conseguir mi pago.
Existen personas en este mundo que aún creen en la magia. Yo, en cambio, solo creo en levantarme temprano, dormir poco, trabajar duro y poner en su lugar a quienes intentan burlarse de mí o me toman por un imbécil filántropo que hace obras de caridad.
—Pero, señor Fernández… Deme otra oportunidad, por favor —discierno la hipocresía en la expresión del sujeto que tengo enfrente.
—Las oportunidades vacías no dejan dinero. Pero, si estás tan interesado en no perder tu empresa, necesito una garantía.
El hombre sentado frente a mí se queda sin habla por un segundo.
—¿A… a qué se refiere, señor Fernández?
—¿Quién sabe? —entrelazo las manos, apoyo los codos sobre el escritorio y me inclino hacia adelante invadiendo su espacio para disfrutar del miedo que muestra —. Tienes dos hijas, ¿no? —Esbozo una sonrisa ladeada al ver como sus ojos se abren y su respiración se acelera casi al punto de provocarle un infarto—. Puede que alguna de las dos me interese. Pero, por supuesto, ese es tu problema, no el mío.
…
Siete días antes…
—Mariela… —digo, pronunciando su nombre como si fuera una maldición en mi vida, justo antes de que la mujer al otro lado de la línea pueda articular una palabra.
Nunca fui capaz de borrar su número de teléfono. De esa manera, siempre recordaría la traición de la que fui objeto por parte de la mujer que una vez fue mi esposa.
—Sí, Lorenzo Fernández, soy yo, tu exesposa —no puedo evitar gruñir ante la avalancha de recuerdos que se agolpan en mi mente.
Ya no duele; solo queda un extenso vacío en el lugar donde alguna vez tuve un corazón lleno de sentimientos. No me considero un hombre débil, pero tampoco estoy recubierto de acero. La rabia bulle por mis venas como lava hirviendo al escuchar la voz de esa mujer traicionera.
¡Traicionera como todas!
—Y ¿a qué debo tan desagradable sorpresa? —Me recuesto cómodamente en el respaldo de mi lujoso sillón de cuero—. Porque dinero no pienso darte. Ahora, si necesitas cariño, afecto o cualquier ridiculez de ese tipo, tal vez podría recomendarte a alguien.
—Eres una verdadera m****a, Lorenzo Fernández. Deberías pensar en que Dios te ve desde arriba haciendo tus maldades.
—¿Maldades, dices? Mi querida Mariela, aquí la única que actuó de mala fe fuiste tú, engañándome y largándote con mi mejor amigo. Creo que no deberías juzgar a nadie cuando tienes un pasado tan desagradable —escupo sin ningún tipo de pudor.
No me considero la mejor persona del mundo y tampoco creo en la gente buena, pero tengo muy claro que todo en esta vida se paga, y se paga aquí mismo, en el momento y lugar donde estés.
Mariela Morales no solo actuó con malicia; ni siquiera tuvo la delicadeza de decirme que nunca me amó o que quería el divorcio. En complicidad con el hombre que consideraba mi hermano, desfalcaron mi empresa y huyeron juntos. Un par de joyas que no compraría de nuevo ni por error.
—No, ¡qué va! Si es que el señor ahora es un ángel colgado en la pared, como un Cristo Redentor —rueda los ojos a través del teléfono.
Cierro los ojos, arañando la paciencia de las paredes y repitiéndome que es una dama y no debo insultarla, por más que se lo merezca.
—No soy un santo, Mariela. Pero yo jamás te habría engañado. Sabes perfectamente que mi boca carece de filtro para decir las cosas; te habría dicho que te largaras en la cara.
—Lorenzo, no te llamé para hablar de nuestros conflictos pasados. Lo hice solo para decirte que tienes una hija de cinco años a la que ya no puedo seguir manteniendo. En tres días estará frente a tu hermosa mansión, esperando a que llegues.
Los oídos me chirrían y mi cuerpo se levanta del sillón de un salto, impulsado por el impacto.
—¡Repite eso, Mariela!
—Sé que lo escuchaste perfectamente. María de los Ángeles estará frente a tu casa exactamente en tres días, porque ese es el tiempo que tardaré en llegar a Madrid…
…
Observo el rostro de la niñita que me mira con horror, tal como si fuera el monstruo bajo su cama. Ha llorado todo el rato después de que una supuesta amiga de Mariela la dejara en mi puerta; los sollozos la ahogan y no deja que me acerque. No me queda duda de que es mi hija y de que esa mujer es un verdadero… demonio. Los hijos son de la madre, eso era lo que mi padre siempre decía o, por lo menos, lo que escuchaba cuando estaba en casa.
—Creo que ya está bien de llanto, jovencita.
Me mira con horror. Necesito saber qué es lo que voy a hacer contigo.
—¡Yo quiero a mi mami! —Su expresión es exacta a la mía cuando algo no me gusta—. ¡Dile a mi mami que venga, no quiero estar contigo! —grita, y siento que mis oídos van a reventar.
Saco el teléfono para llamar a mi asistente, pero es imposible hablar con el escándalo que tengo detrás. La niña llama a su mamá y yo quiero lanzarme del tercer piso de la mansión. Mi asistente responde, pero no escucho nada de nada. Cierro los ojos para calmar mi mal humor y no gritar, pero la mocosa no ayuda en nada.
—¡Silencio! —Me giro con el teléfono en la mano. Ella abre los ojos desmesuradamente—. Déjame resolver el lío en el que estoy metido y no me pidas regresar con tu mamá, porque si te dejó conmigo es porque…
—¡No eres mi padre, no te quiero! —espeta, lanzándome un juguete de goma directo a la cara—. Yo no quería venir, pero la abuela se fue al cielo y ahora tú eres un… un… —grita, ahogada en llanto. Ruedo los ojos.
—¡Que cierres la boca! —Ahora grito yo y ella se calla enseguida—. Excelente. Necesito silencio para resolver, mocosa imprudente…
—Y tú eres horrible, eres un papá malo y odioso. Mi mami me dijo que no me ibas a querer…
Y nunca se calló…
Liliana Muerde mi labio inferior de una manera que mi cuerpo reacción ante ello. Me arrodillo en la cama para hacer que profundice el beso, jamás me había gustado tanto que me besaran hasta que Lorenzo Fernández me besó en el altar. Se que es peligroso ya que esto es temporal, pero no puedo evitar que me agrade.Su lengua pide permiso y lo acepto, recorre mi boca como si fuese el dueño de ella y me hace suspirar por más. Intento acercarme y entonces se retira, no solo corta el beso, sino que casi caigo desparramada en el piso porque se levantó con una premura que me deja sin habla.—Liliana yo —miro ese par de pozos oscuros que me hacen suspirar —. Necesito que hablemos, no creas que he olvidado lo que dijo Marcos, si bien no le permito a ningún hombre que diga esas barbaridades de una mujer —abre y cierra la boca por un momento y cierra los ojos —, necesito saber… lo necesito ¿si me entiendes?—Claro que entiendo, Lorenzo no soy idiota —siento como las lágrimas se agolpan en mis ojo
LilianaAbro los ojos y lo primero que veo son un par de noches oscuras y sin estrellas: los ojos de Lorenzo y su expresión de preocupación. Quedo sin aliento, pasmada por lo que tengo enfrente. —Hola —saludo porque no tengo idea de que más hacer.—Hola ¡Dios! pensé que me despertarías nunca —ahora su cara de preocupación muta a molestia —. Liliana, no puedes desmayarte de ese modo y pretender que yo no me preocupe. Ya deberías haber aprendido a calmarte y respirar para que no te desmayes todo el tiempo —lo dice como si yo quisiera hacerlo, entonces me molesto. Me levanto y lo aparto sin ningún tipo de sutileza. —Y ¿qué te hace pensar que a mí me gusta desmayarme? o por lo menos perder el sentido cuando tengo un ataque de pánico. Se queda sin habla al escuchar lo que le he dicho, cierra los ojos. —Nada me hace pensar eso y no digo que lo hagas a propósito, pero a estas alturas ya debería reconocer los síntomas y tomar medidas al respecto para poder contenerlo. Debería ser un poco
Liliana Casi choco con Marcos al querer entrar al ascensor. Doy unos cuantos pasos atrás para que ni siquiera me llegue cerca. Se le nota altivo. No puedo negar que muy atractivo, pero su aura oscura, peligrosamente gris me abruma al instante. Me coloco la mascara de indiferencia que me ha ayudado a mantenerme erguida y a salvo del imbécil y sonrío de lo mas falso para que se den cuenta de que ninguno es bienvenido a este sitio.—Vaya, vaya. Pero miren quien está saliendo casi a la carrera —la voz de Marcela es sugerente, desagradable. No me pasa desapercibido el brazo de ella agarrado del de Marcos —. La esposa abnegada y madre puritana ¿sabe tu amado esposo que has salido? Porque Lorenzo Fernandesz es el hombre mas desconfiado del mundo, cariño. A menos que no sea un matrimonio real —su manera de hablar me asquea y mas cuando se retuerce apretando el brazo del… tonto Marcos.—Ni creas que estoy celoso, zorrita —doy un paso al frente y piso mas fuerte de lo debido, Marcos salta en s
Liliana Siento el calor que emana su pecho y eso me da fuerzas para continuar. Poco a poco vuelvo a respirar con tranquilidad, ya la presencia de Marcela con su aire peligroso me parece ahora efímera cuando me miro en sus preciosos ojos castaños, que se ven más oscuros que antes.Sus últimas palabras resuenan en mi cabeza y es lo que más ánimo me da. Se que no me lastimará y es porque no está interesado en mi de manera romántica, es más bien como una amistad lejana, pero escuchar que: “nadie nos vencerá estando juntos”. Es como si me declarara su amor y eso sí que es peligroso al menos para mi.Mantengo los ojos puestos en los suyos y poco a poco van sonriendo igual que sus perfectos labios se van estira do y en lugar de una crisis de pánico, me abrasa un fuego que me calienta todo el cuerpo y me devuelve el aire a los pulmones. Me siento mucho mejor.—¿Todo bien Sra. Fernández? —me indica en tono burlón pasando los dedos por mi frente perlada de sudor —. Creo que le tomo la palabra





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