Mundo ficciónIniciar sesiónFernando Casteli lo tenía todo: poder, riqueza y un futuro brillante como heredero del imperio familiar. Pero un trágico accidente lo dejó en silla de ruedas, atrapado entre su orgullo herido y las exigencias de una familia que solo lo ve como el sucesor de su legado. Sumido en la desesperación y la rabia, Fernando cree que jamás volverá a caminar… ni a amar. Valeria Cruz es una fisioterapeuta dedicada, cuya vocación nació del dolor de perder a su hermano en un accidente similar. Cuando le asignan a Fernando, sabe que será un reto difícil: detrás de su sarcasmo y testarudez, se esconde un hombre roto que ha olvidado cómo creer en sí mismo. Lo que no espera es que, en cada roce accidental y cada mirada compartida, nazca una conexión que amenaza con cruzar los límites de lo profesional. Mientras Fernando lucha por recuperar sus pasos y Valeria por mantener su distancia, la familia Casteli hace todo lo posible por separarlos. Cuando la traición llega al punto más cruel, Valeria se convierte en su mayor refugio, demostrando que el verdadero valor de un hombre no se mide por su poder, sino por la fuerza de su corazón. Pero amar a Fernando significa enfrentarse a sus miedos y a un mundo dispuesto a destruirlos. ¿Será capaz de renunciar a su fortuna para elegir el amor? ¿Y podrá Valeria convencerlo de que juntos pueden caminar hacia un futuro donde los pasos no importan, sino los latidos que los guían? Una historia de superación, pasión y segundas oportunidades, donde cada paso dado es un triunfo y cada latido, una promesa. Porque a veces, el amor más grande es el que nos enseña a caminar de nuevo… incluso si debemos hacerlo con el alma.
Leer másFernandoNo sé cuántas veces miré el reloj esa noche. Los números verdes del despertador se burlaban de mí desde la mesita de noche: 11:47 PM, 12:23 AM, 1:15 AM. Cada vez que cerraba los ojos, mi mente se activaba como una máquina descompuesta, repasando cada detalle del día que se acercaba, cada posible escenario, cada cosa que podría salir mal.Era tarde, demasiado tarde para estar despierto, pero el sueño me eludía por completo. El centro estaba sumido en un silencio profundo que se extendía por los pasillos como una manta pesada, y por primera vez en mucho tiempo, esa quietud que solía tranquilizarme se había vuelto inquietante. Era una noche sin ruido exterior, sin el tráfico lejano que normalmente arrullaba mis horas de insomnio, sin movimiento en las habitaciones contiguas... y, lo más difícil de todo, sin Valeria a mi lado.La idea de no tenerla en la cama por una sola noche—la única que habíamos decidido pasar separados por tradición, costumbre, o esa superstición romántica q
ValeriaSabía que algo estaba pasando. Lo había sabido durante días, quizás semanas, pero no había querido nombrarlo, como si darle voz a mis sospechas fuera a empeorar las cosas. Lo notaba en su manera de caminar, más cuidadosa de lo habitual, como si cada paso fuera calculado y medido. En los músculos de sus brazos más tensos que de costumbre cuando se apoyaba en el bastón. En el leve rastro de dolor que se escondía tras sus sonrisas, esas expresiones que solo alguien que lo ama tanto como yo podía detectar. En la forma en que se quedaba mirando por la ventana durante el desayuno, perdido en pensamientos que no compartía.Fernando había vuelto a encerrarse en ese modo suyo de lucha silenciosa, ese que conocía demasiado bien porque lo había acompañado durante su proceso de rehabilitación. Lo había hecho antes: cuando decidió salir definitivamente de la casa familiar, cuando se negó a volver a usar el apellido Casteli como escudo, cuando eligió vivir en lugar de simplemente existir. E
FernandoHabía algo distinto en la forma en que Valeria se movía esos días. No era tristeza. Tampoco nostalgia pura. Era como si algo dentro de ella flotara más lento, como una corriente subterránea que solo yo podía percibir después de meses de aprender a leer cada gesto suyo. La boda se acercaba con la velocidad implacable del tiempo que no perdona. Estábamos a apenas tres semanas del día en que prometeríamos ante testigos lo que ya veníamos cumpliendo desde hacía mucho: cuidarnos. Amarnos sin condiciones. Construir juntos algo más grande que nosotros mismos. Y, aun así, había una mirada que se le escapaba al horizonte cuando pensaba que no la observaba, una pausa inexplicable en sus risas, un silencio que aparecía justo después de elegir los detalles más felices de nuestra celebración.Al principio pensé que eran los nervios normales de cualquier novia. Los últimos ajustes del vestido, la coordinación con el catering, las llamadas interminables con proveedores. Pero había algo má
ValeriaNunca imaginé que planear una boda podría sentirse así: entre lo sublime y lo caótico, entre la risa nerviosa y la ternura más honda. Cada día traía una decisión, una visita al jardín, una prueba de sabores o una conversación infinita sobre flores. Los últimos meses habían sido un torbellino de emociones y decisiones que jamás pensé que tendría que tomar. ¿Rosas blancas o lirios? ¿Menú de tres tiempos o buffet? ¿Música clásica o jazz suave? Cada detalle parecía monumental, como si de él dependiera el resto de nuestras vidas.Pero también, cada noche, me encontraba con Fernando en la cama y lo veía sonreír de una manera distinta. Como si, por primera vez en su vida, sintiera que el futuro lo esperaba con los brazos abiertos. Esa sonrisa nueva, serena y esperanzadora, era mi recompensa diaria. Había reemplazado a aquella mueca de dolor constante que conocí cuando lo encontré en el hospital, meses atrás. Ahora, cuando lo veía dormido, su rostro reflejaba paz. Una paz que habíamos
FernandoNunca creí que llegaría este día.Había algo en las puertas de vidrio del centro, recién abiertas, que me revolvía el estómago. No por nervios. Era más profundo. Más real. Era la sensación de estar parado en un sueño, y que ahora tenía paredes, ventanas, personal contratado y un cartel en la entrada: Centro de Rehabilitación Emiliano, en memoria de aquel hermano que Valeria perdió, y que con su ausencia nos había dado un propósito.El cartel brillaba bajo el sol matutino. Las letras doradas contrastaban con el fondo blanco, sobrio pero elegante. Había sido idea de Valeria que fuera simple. "Emiliano no era de ostentaciones", me había dicho mientras revisábamos los diseños. "Le habría gustado algo que hablara por sí mismo."A mi lado, ella respiraba hondo, igual que yo. Había dormido poco la noche anterior, repasando listas, detalles del catering para el equipo, confirmaciones de última hora. La había escuchado levantarse a las tres de la madrugada para revisar que las habitac
ValeriaHabía algo diferente en el aire desde que comenzó la construcción del centro. No solo en las paredes que crecían día a día, sino también en nosotros. En cómo hablábamos, cómo nos mirábamos, cómo respirábamos. Era como si algo se hubiese desbloqueado. Como si, por fin, estuviésemos permitiéndonos vivir la vida que tanto habíamos soñado.Y no estábamos solos.Durante esos meses, Fernando y yo habíamos empezado a construir algo más que planos y estructuras: habíamos empezado a construir comunidad. Amigos. Apoyos. Una red real de personas que no nos conocían desde la tragedia, sino desde la esperanza.Martina, la arquitecta principal del centro, se convirtió en una de mis personas favoritas. Tenía un carácter fuerte y un humor ácido que me hacía reír en los días más agotadores. Me regaló un cuaderno con tapas de cuero, diciéndome: “Para que anotes todo lo que tu mente no quiera olvidar, y todo lo que tu corazón necesite soltar”. Desde entonces, escribía casi a diario.Fernando tam





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