Entre sus pasos y mi corazón

Entre sus pasos y mi corazónES

Romance
Última actualización: 2025-07-29
S. Jung  En proceso
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10
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Resumen
Índice

Fernando Casteli lo tenía todo: poder, riqueza y un futuro brillante como heredero del imperio familiar. Pero un trágico accidente lo dejó en silla de ruedas, atrapado entre su orgullo herido y las exigencias de una familia que solo lo ve como el sucesor de su legado. Sumido en la desesperación y la rabia, Fernando cree que jamás volverá a caminar… ni a amar. Valeria Cruz es una fisioterapeuta dedicada, cuya vocación nació del dolor de perder a su hermano en un accidente similar. Cuando le asignan a Fernando, sabe que será un reto difícil: detrás de su sarcasmo y testarudez, se esconde un hombre roto que ha olvidado cómo creer en sí mismo. Lo que no espera es que, en cada roce accidental y cada mirada compartida, nazca una conexión que amenaza con cruzar los límites de lo profesional. Mientras Fernando lucha por recuperar sus pasos y Valeria por mantener su distancia, la familia Casteli hace todo lo posible por separarlos. Cuando la traición llega al punto más cruel, Valeria se convierte en su mayor refugio, demostrando que el verdadero valor de un hombre no se mide por su poder, sino por la fuerza de su corazón. Pero amar a Fernando significa enfrentarse a sus miedos y a un mundo dispuesto a destruirlos. ¿Será capaz de renunciar a su fortuna para elegir el amor? ¿Y podrá Valeria convencerlo de que juntos pueden caminar hacia un futuro donde los pasos no importan, sino los latidos que los guían? Una historia de superación, pasión y segundas oportunidades, donde cada paso dado es un triunfo y cada latido, una promesa. Porque a veces, el amor más grande es el que nos enseña a caminar de nuevo… incluso si debemos hacerlo con el alma.

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Capítulo 1

El heredero caído

Fernando Casteli observaba la ciudad desde el enorme ventanal de su ático en la milla de oro de Madrid. Era una noche fría de enero, y las luces del Paseo de la Castellana se reflejaban como ríos de oro líquido sobre el asfalto mojado. Los coches circulaban abajo, ajenos a todo, como siempre. Madrid seguía viva, vibrante, imparable.

Él, en cambio, se sentía muerto por dentro.

Seis meses. Exactamente seis meses y doce días desde que su vida se había partido en dos. Recordaba cada segundo de aquella noche: la carretera despejada, la música alta en los altavoces del Ferrari, la llamada de su hermano menor burlándose de que llegaba tarde a la cena familiar. Una curva cerrada, un camión que invadió su carril, el impacto brutal, el grito ahogado que nadie oyó.

Despertó tres días después en el hospital privado más exclusivo de la capital, con su madre llorando a los pies de la cama y su padre de pie junto a la ventana, con la espalda rígida y la expresión que siempre ponía cuando algo no salía según sus planes: una mezcla de furia y cálculo frío.

«Tienes una lesión medular incompleta T6-T7», le explicó el neurocirujano jefe, un hombre de sesenta años con voz calmada y manos temblorosas por la edad. «Hay daño, pero no sección total. Con rehabilitación intensiva, puedes recuperar función. Tal vez no al cien por cien, pero…»

Fernando dejó de escuchar en el momento en que entendió la palabra clave: paraplejia.

Desde entonces, su mundo se había reducido a este ático de quinientos metros cuadrados en la planta cuarenta y dos de una torre de cristal y acero. Un palacio moderno con suelos de mármol negro, muebles de diseño italiano y vistas que antes le parecían un símbolo de poder y ahora solo le recordaban lo lejos que estaba del suelo.

Sus manos, fuertes y grandes, se cerraron sobre los reposabrazos de la silla de ruedas. Era una pieza única, fabricada en titanio negro mate con detalles en fibra de carbono, valorada en más de treinta mil euros. Irónica costumbre de los Casteli: incluso sus discapacidades tenían que ser de lujo.

Antes del accidente, Fernando medía un metro noventa y dos, pesaba noventa y cinco kilos de músculo puro y era el tipo de hombre que entraba en una habitación y el aire cambiaba. Ojos verdes intensos, cabello oscuro siempre perfectamente cortado, una mandíbula que parecía tallada y una sonrisa peligrosa que había derretido bragas desde que tenía dieciséis años. Las revistas lo llamaban «el soltero de oro de España». Las mujeres hacían cola. Los hombres lo envidiaban.

Ahora seguía siendo atractivo —el rostro no había cambiado, y el torso seguía marcado por años de entrenamiento—, pero cuando la gente lo miraba, sus ojos bajaban inevitablemente a la silla. Y ahí estaba: la lástima. Esa puta lástima que lo corroía más que cualquier dolor físico.

—Fernando, hijo… —La voz de su madre lo sacó de sus pensamientos. Elena Casteli entró en el salón con una bandeja en las manos. Llevaba un vestido de lana gris perla y el collar de perlas que su padre le regaló en su vigésimo aniversario. Siempre elegante, siempre perfecta, siempre intentando mantener las apariencias—. Te he preparado algo ligero. Salmón ahumado y ensalada. Tienes que comer.

Él ni siquiera giró la cabeza.

—No tengo hambre.

Ella dejó la bandeja en la mesa baja de cristal, junto a la botella de Macallan 25 que él había abierto esa tarde.

—No puedes seguir así. Apenas has probado bocado en todo el día.

Fernando soltó una risa seca, sin humor.

—¿Y qué quieres que haga, madre? ¿Que celebre mi nueva vida con una cena familiar?

Elena se acercó con cautela, como quien se aproxima a un animal herido que puede morder.

—Tu padre quiere verte mañana en la oficina. Hay temas de la empresa que…

—Claro —la interrumpió él, con voz helada—. La empresa. Siempre la empresa.

Giró la silla con un movimiento brusco para mirarla de frente. Sus ojos verdes brillaban con una furia contenida que ella conocía demasiado bien.

—¿Sabes qué es lo peor? Que para él esto no es una tragedia personal. Es un problema logístico. «¿Cómo vamos a presentar al heredero en silla de ruedas en la próxima junta de accionistas?» Eso es lo que le quita el sueño, no que su hijo no pueda volver a caminar.

—Fernando, no digas eso. Tu padre te quiere…

—¿Me quiere? —repitió él, con sorna—. Me quiere como heredero. Como continuación del apellido. Como garantía de que el imperio Casteli no caiga en manos extrañas. Pero ¿a mí? ¿Al hombre que ya no puede ni mear de pie sin ayuda? Ese ya no le sirve.

Elena palideció. Bajó la mirada un segundo, luego la volvió a alzar con esa determinación que había heredado de su propia madre.

—Hemos contratado a una nueva fisioterapeuta. La mejor de Madrid, según las recomendaciones. Se llama Valeria Cruz. Tiene experiencia con casos como el tuyo y resultados extraordinarios. Empieza mañana por la mañana.

Fernando apretó los labios hasta formar una línea dura.

—Es la cuarta, ¿no? Las tres anteriores duraron menos de un mes.

—Esta es diferente. Es joven, pero muy profesional. Y no se deja intimidar fácilmente.

Él soltó otra risa amarga.

—¿Intimidar? ¿Eso es lo que crees que hago? ¿Intimidarlas? No, madre. Solo les muestro la realidad. Que no hay milagro posible. Que esto —golpeó con fuerza los reposabrazos de la silla— es permanente.

—No es permanente —replicó ella con firmeza—. Los médicos han dicho que hay esperanza. Pero necesitas colaborar. Necesitas querer recuperarte.

—¿Para qué? —preguntó él en voz baja, peligrosa—. ¿Para volver a ser el títere perfecto? ¿Para casarme con la hija de algún socio estratégico y producir herederos «aptos»? ¿Para fingir que todo está bien mientras por dentro estoy muerto?

Elena tragó saliva. Por un momento, pareció que iba a romperse, pero se mantuvo erguida.

—No estás muerto, Fernando. Estás enfadado. Y tienes derecho a estarlo. Pero no puedes dejar que eso te destruya.

Se acercó y, esta vez, él no se apartó cuando puso una mano en su hombro.

—Dale una oportunidad a esta chica. Solo te pido eso.

Fernando miró la mano de su madre. Pequeña, delicada, con las uñas perfectamente cuidadas. Recordó cuando era niño y esa mano le curaba las rodillas raspadas después de caer de la bici. Ahora no podía curar nada.

Finalmente, asintió con un gesto seco.

—Bien. Que venga. Pero no esperes milagros.

Elena sonrió con alivio y se inclinó para besar su frente, como cuando era pequeño.

—Gracias, hijo. Descansa.

Salió del salón dejando la bandeja intacta.

Fernando se quedó solo otra vez. El silencio del ático era opresivo. Se acercó al mueble bar, se sirvió un whisky doble en un vaso pesado de cristal tallado y lo bebió de un trago. El líquido ardiente bajó por su garganta, pero no calmó el fuego que llevaba dentro.

Se acercó de nuevo al ventanal. Apoyó la frente contra el cristal frío.

Pensó en todo lo que había perdido.

No solo las piernas.

También la libertad. La espontaneidad. El deseo.

Hacía seis meses que no tocaba a una mujer. Al principio, en el hospital, ni siquiera lo intentaba. Luego, cuando volvió a casa, contrató a una escort de lujo —una rubia despampanante que solía volverlo loco en otro tiempo—. Ella hizo todo lo posible: se desnudó despacio, lo besó, lo tocó. Pero su cuerpo respondió a medias. Erección parcial, placer apagado. Al final, la pagó el doble y la echó con una excusa.

Desde entonces, nada.

Ni siquiera se masturbaba con ganas. A veces, por la noche, intentaba recordar cómo era antes: follar contra la pared de un baño en una discoteca, tener a dos mujeres a la vez en su yate, despertar con una modelo desconocida en su cama. Pero los recuerdos se le escapaban, como arena entre los dedos.

Cerró los ojos con fuerza.

Mañana vendría otra fisioterapeuta. Otra mujer que lo tocaría por obligación profesional. Que lo miraría con esa mezcla de distancia y compasión que tanto odiaba.

La odiaría desde el primer segundo.

La haría renunciar como a las demás.

Porque si alguien intentaba devolverle la esperanza, solo conseguiría recordarle lo que ya nunca volvería a tener.

Lo que Fernando Casteli no sabía era que Valeria Cruz no era una mujer cualquiera.

Y que cuando sus mundos colisionaran al día siguiente, el fuego que llevaba meses apagado dentro de él empezaría a arder de nuevo… de una forma que nunca había imaginado.

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Eliana Diaz
Me encanta la historia. Fernando es muy lindo
2025-03-15 10:11:33
1
58 chapters
El heredero caído
La llamada del deber
Primer encuentro
Barreras Invisibles
Pasos dolorosos
Sombras del pasado
Tentación prohibida
Rabia contenida
Luces en la oscuridad
Límites borrosos
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