Mundo ficciónIniciar sesiónEl lunes llegó con un cielo gris sobre Madrid y una tensión palpable en el ático. Valeria entró en la sala de rehabilitación con el pulso acelerado. El fin de semana había sido un torbellino de pensamientos: la mano de Fernando sobre la suya, sus palabras roncas, la forma en que la había mirado. Se había repetido mil veces que era su paciente, que los límites profesionales existían por una razón. Pero su cuerpo no escuchaba a la razón.
Fernando ya estaba allí, junto a la piscina de rehabilitación. Llevaba un bañador negro ajustado que dejaba poco a la imaginación: muslos poderosos, abdomen marcado, el bulto evidente bajo la tela húmeda por una ducha previa. La miró al entrar con una expresión que no era ni hostil ni amistosa. Era algo nuevo. Hambrienta.
—Buenos días —dijo ella, dejando la mochila—. Hoy trabajamos en el agua. Menos impacto, más resistencia.
Él asintió sin hablar. Se trasladó al borde de la piscina con facilidad y se dejó caer al agua con un chapuzo limpio. Valeria se quitó las zapatillas y entró por la escalera, vestida con un bañador deportivo negro de una pieza que abrazaba sus curvas. Se había recogido el pelo en un moño alto para evitar que se mojara.
El agua estaba templada, a treinta y dos grados perfectos para terapia. Valeria se acercó nadando hasta él.
—Primero flotación asistida. Tú boca arriba, yo te sostengo.
Fernando se colocó en posición. Ella pasó un brazo bajo su nuca y otro bajo las rodillas. El contacto fue inmediato e intenso: piel contra piel, agua resbalando entre ellos. Él flotaba, pero su cuerpo estaba tenso.
—Relaja —susurró ella cerca de su oído—. Deja que el agua te lleve.
Él respiró hondo y soltó el peso. Por primera vez, se dejó sostener completamente por ella. Valeria sintió el calor de su nuca contra su antebrazo, el roce de sus piernas contra las suyas bajo el agua.
Siguieron con ejercicios de marcha en el agua: Valeria sujetándole la cintura mientras él intentaba mover las piernas contra la resistencia. Cada paso era pequeño, pero real. El agua facilitaba el movimiento, y por primera vez Fernando sintió algo en las pantorrillas: un hormigueo débil, pero presente.
—Dios… lo noto —dijo con voz sorprendida.
Valeria sonrió contra su espalda.
—Te lo dije. Paso a paso.
Él giró la cabeza. Sus rostros quedaron a centímetros, gotas de agua resbalando por la mandíbula de él hasta el cuello.
—¿Siempre tienes razón, Cruz?
—Solo cuando se trata de cuerpos rotos —bromeó ella.
Fernando sonrió de verdad por primera vez. Una sonrisa amplia, peligrosa, que le iluminó los ojos verdes.
—Cuidado. Me estás empezando a gustar cuando eres arrogante.
El coqueteo fue directo, sin sarcasmo. Valeria sintió un calor que no venía del agua.
Siguieron trabajando. Ejercicios de equilibrio: Fernando de pie en el fondo poco profundo, Valeria frente a él sujetándole las manos. Las piernas temblaban, pero aguantaba más tiempo cada vez.
En un momento, perdió el equilibrio hacia delante. Valeria lo sujetó por la cintura instintivamente. Sus cuerpos se pegaron bajo el agua: pecho contra pecho, caderas alineadas. El bañador húmedo no ocultaba nada. Ella sintió la dureza creciente de él contra su vientre.
Fernando gruñó bajo.
—Joder, Valeria…
Ella intentó apartarse, pero él la sujetó por la cintura, manteniéndola cerca.
—No te muevas —susurró—. No todavía.
Sus ojos se clavaron en los de ella. Respiraciones agitadas. El agua chapoteaba suavemente alrededor.
—Esto no debería pasar —dijo ella, pero no se movió.
—Lo sé —respondió él, voz ronca—. Pero está pasando.
Uno de sus pulgares rozó la piel desnuda de su espalda baja, justo donde el bañador dejaba un trozo al descubierto. Valeria se estremeció.
—Fernando…
Él se inclinó despacio, como pidiendo permiso. Ella no se apartó.
El beso fue inevitable.
Sus labios se encontraron bajo el agua hasta el cuello: suave al principio, exploratorio. Luego más profundo. La lengua de él rozando la de ella, un gemido ahogado que escapó de su garganta. Las manos de Fernando subieron por la espalda de Valeria, apretándola contra él. Ella sintió toda su dureza, la prueba de que su deseo no estaba muerto en absoluto.
El beso se volvió urgente, hambriento. Años de frustración para él, meses de tensión para ambos. Las manos de ella subieron a su nuca, enredándose en el pelo húmedo.
Pero entonces, un ruido en la puerta.
Se separaron de golpe, jadeando.
Elena Casteli estaba en el umbral de la piscina, con expresión pálida. Llevaba un sobre en la mano y una mirada que era pura advertencia.
—Valeria, querida —dijo con voz calmada pero fría—. Cuando termines la sesión, ¿podrías pasar por mi despacho? Es importante.
Valeria asintió, la garganta seca.
—Claro, señora Casteli.
Elena miró a su hijo un segundo largo. Luego se fue sin decir más.
Fernando maldijo por lo bajo.
—Mierda.
Salieron del agua en silencio. Se secaron con toallas gruesas, evitando mirarse. La tensión era palpable, pero ahora teñida de culpa y miedo.
En el vestuario, Valeria se cambió rápido. El sabor de él aún en sus labios, el cuerpo palpitando.
Cuando salió, Fernando la esperaba en la silla, ya vestido.
—No deberíamos haber… —empezó ella.
—No digas que fue un error —la cortó él, voz dura—. Porque no lo fue.
Valeria lo miró.
—No. No lo fue. Pero es peligroso.
Él se acercó con la silla.
—Lo sé. Mi familia… no lo entenderán.
Ella asintió.
—Tengo que ir a hablar con tu madre.
Fernando la sujetó por la muñeca antes de que se fuera.
—Valeria. Lo que sentí ahí dentro… no es solo deseo. Es más.
Ella tragó saliva.
—Lo sé.
Se soltó con suavidad y se fue hacia el despacho de Elena.
La puerta estaba entreabierta. Elena la esperaba sentada tras un escritorio antiguo, con el sobre abierto delante.
—Pasa, cierra la puerta.
Valeria obedeció. El ambiente era gélido.
Elena empujó el sobre hacia ella.
—Esto es para ti.
Valeria lo abrió. Dentro había un cheque por una cantidad que le hizo abrir los ojos: cien mil euros. Y una carta mecanografiada.
“Estimada señorita Cruz,
Agradecemos su dedicación con nuestro hijo. Sin embargo, hemos decidido cambiar el enfoque de su rehabilitación hacia un centro especializado en Suiza, donde Fernando residirá los próximos meses.
Su contrato termina hoy. Adjuntamos compensación por la finalización anticipada.
Atentamente, Familia Casteli”
Valeria levantó la vista, pálida.
—No pueden hacer esto.
Elena suspiró.
—Podemos. Y lo hacemos por el bien de Fernando. Tú… lo estás distrayendo. Lo vi en la piscina. Esto no es profesional.
Valeria apretó el cheque.
—No voy a aceptarlo. Y no voy a renunciar a él.
Elena se levantó.
—No es una petición, Valeria. Es una orden. Si no te vas por las buenas, nos veremos obligados a tomar medidas legales. Acusaciones de abuso de confianza, de cruzar límites profesionales. Tu carrera se acabaría.
Valeria sintió el mundo tambalearse.
—¿Por un beso?
Elena palideció, pero se mantuvo firme.
—Por lo que sea que esté pasando. Fernando necesita centrarse en recuperarse, no en… romances imposibles. Tú no eres de nuestro mundo. Nunca lo serás.
Valeria dejó el cheque sobre el escritorio.
—No me iré. Hablaré con Fernando.
Elena negó con la cabeza.
—Fernando hará lo que sea mejor para la familia. Siempre lo ha hecho.
Valeria salió del despacho con el corazón en un puño.
En el pasillo, se encontró con Carlos Casteli, el hermano menor. Treinta años, guapo de forma más suave que Fernando, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Lástima —dijo él—. Eres buena en tu trabajo. Pero algunas líneas no se cruzan.
Valeria lo ignoró y siguió hacia el ascensor.
Cuando las puertas se cerraron, las lágrimas que había contenido finalmente cayeron.
En la sala, Fernando esperaba inquieto. Cuando vio su rostro, supo que algo iba mal.
—¿Qué ha pasado?
Ella se lo contó todo. El cheque, la amenaza, el traslado a Suiza.
Fernando palideció de rabia.
—No voy a ir a ningún sitio. Y tú no te irás de aquí.
La sujetó por la cintura y la atrajo hacia él, sentada en su regazo en la silla. La besó de nuevo, esta vez desesperado, como si quisiera borrar las palabras de su madre.
—No voy a dejar que te aparten de mí —murmuró contra sus labios—. No ahora que empiezo a sentir de nuevo.
Valeria se apartó, lágrimas en los ojos.
—No podemos luchar contra tu familia, Fernando. Tienen el poder.
Él apretó la mandíbula.
—Pues que vengan. Por primera vez en meses, tengo algo por lo que pelear además de mis piernas.
La besó otra vez, más profundo, las manos subiendo por su espalda.
Pero en el pasillo, Carlos escuchaba todo desde la sombra.
Y sonrió con frialdad mientras marcaba un número en su móvil.
—Papá, hay que acelerar el plan. Se están besando como adolescentes. Si no actuamos ya, será demasiado tarde.
La guerra acababa de empezar.
Y el amor prohibido entre Fernando y Valeria acababa de convertirse en el mayor peligro para ambos.







