Primer encuentro

Valeria se acercó a la camilla con paso firme, aunque por dentro sentía un leve temblor que no quería reconocer. El torso desnudo de Fernando Casteli era una obra de arte rota: músculos tensos, piel bronceada incluso en invierno, cicatrices quirúrgicas que cruzaban el costado izquierdo como líneas plateadas sobre el oro. El vello oscuro descendía en una línea perfecta desde el pecho hasta perderse bajo la cintura del pantalón de chándal gris, que colgaba bajo en sus caderas, revelando el inicio de esa V que antes volvía locas a las mujeres y que ahora parecía un desafío silencioso.

«Profesional, Valeria. Solo profesional», se repitió.

Fernando la observaba con los brazos cruzados bajo la nuca, los bíceps marcados, los ojos verdes fijos en ella como un depredador midiendo a su presa. No había sonrisa, solo una intensidad que hacía que el aire de la sala se sintiera más denso.

—Empieza cuando quieras —dijo con voz grave—. No tengo todo el día.

Valeria ignoró el sarcasmo y se colocó a su lado derecho. Tomó el goniómetro y empezó por lo básico: rango de movilidad pasiva de caderas y rodillas.

—Relaja las piernas —ordenó con tono neutro.

Él soltó un bufido.

—¿Relajar? Claro, como si fuera tan fácil.

Aun así, dejó caer el peso de las piernas. Valeria agarró su tobillo derecho con cuidado, palpando primero el pulso pedio para confirmar circulación. La piel estaba caliente, el músculo aún firme a pesar de la atrofia inicial. Movió la pierna lentamente, flexionando la rodilla hacia el pecho.

Fernando no dijo nada, pero ella notó cómo se tensaba el abdomen cada vez que la articulación llegaba al límite.

—Dolor aquí? —preguntó al llegar a noventa grados.

—No.

Mentía. Lo vio en el leve apretar de mandíbula.

Siguió con la izquierda. Mismo procedimiento. Cuando terminó con las caderas, pasó a la sensibilidad.

—Voy a tocarte con esto —mostró un pincel suave de cerdas—. Cierra los ojos y dime si lo sientes y dónde.

Fernando alzó una ceja.

—¿En serio? ¿Jueguecitos?

—Es protocolo. Hazlo.

Por primera vez, obedeció. Cerró los ojos.

Valeria empezó por el pecho, justo bajo la clavícula. Bajó despacio por el esternón, rozando apenas la piel. Él respiró hondo, el pecho subiendo y bajando.

—Aquí lo siento —dijo con voz más baja.

Continuó hacia abajo, rodeando el pezón izquierdo sin tocarlo directamente. La piel se erizó ligeramente. Fernando abrió los ojos un segundo, la miró, luego los cerró de nuevo.

—Sigo sintiendo.

Bien. Sensibilidad conservada hasta T6. Bajó más, cruzando las costillas, el abdomen. Cuando llegó al ombligo, él tragó saliva.

—También.

Valeria anotó mentalmente. Ahora venía la zona crítica. Bajó hasta la cadera, luego por el interior de su muslo. Tocó con el pincel la parte interna del muslo derecho, a medio camino entre la ingle y la rodilla.

Fernando se tensó entero.

—¿Aquí?

Silencio.

—¿Fernando?

—No —admitió al fin, con rabia contenida—. Nada.

Valeria cambió al lado izquierdo. Mismo resultado: pérdida de sensibilidad a partir de T10 aproximadamente. No era completo, había zonas irregulares donde sí sentía algo, pero era parcial.

Dejó el pincel y pasó a la evaluación manual. Palpó los abdominales superiores: contracción voluntaria débil pero presente. Inferiores: nada.

—Intenta contraer el abdomen como si quisieras toser fuerte.

Él lo hizo. Los superiores se marcaron, los inferiores permanecieron flácidos.

—Otra vez.

Lo intentó tres veces más. Sudor leve en la frente.

Valeria se movió a los pies de la camilla. Tomó su pie derecho y lo flexionó dorsalmente.

—Empuja contra mi mano.

Nada.

—Intenta otra vez, con más fuerza.

Un leve movimiento del dedo gordo. Apenas perceptible.

—¡Ahí! —dijo ella, sin poder ocultar la excitación profesional—. Has movido el hallux. ¿Lo has sentido tú?

Fernando abrió los ojos y miró su pie como si fuera un extraño.

—No.

—Pero lo has movido. Eso es el extensor largo del dedo gordo. Significa que hay conducción nerviosa.

Él apartó la mirada.

—Un puto dedo. Qué gran logro.

Valeria ignoró el comentario y repitió con el izquierdo. Mismo resultado: movimiento mínimo pero real.

Terminó la evaluación con pruebas de reflejos y espasticidad. Cuando golpeó suavemente bajo la rótula con el martillo, la pierna dio un pequeño salto.

—Reflejo vivo —anotó—. Hiperreflexia moderada. Normal en lesión incompleta.

Se apartó un paso y lo miró.

—Puedes incorporarte.

Fernando se sentó con un impulso de brazos, giró el torso y quedó sentado en el borde de la camilla, piernas colgando. El pantalón se subió ligeramente, revelando muslos poderosos que aún conservaban volumen. Valeria no pudo evitar mirar un segundo de más.

Él lo notó. Una sonrisa torcida asomó en sus labios.

—¿Te gusta el espectáculo, señorita Cruz?

Ella levantó la vista sin inmutarse.

—Lo que me gusta es que hay potencial. Más del que crees.

Fernando bajó de la camilla con un movimiento fluido y poderoso, agarrándose a los reposabrazos y dejando caer el peso en la silla. Se colocó la camiseta de nuevo, cubriendo ese torso que había dejado a Valeria con la boca seca más de lo que quería admitir.

—Potencial —repitió con sorna—. Todos dicen lo mismo al principio. Luego se cansan de mis malos días y se van.

—No me voy a cansar —dijo ella, recogiendo el material—. Empezamos mañana a las nueve. Sesión de hora y media. Trae ropa cómoda y ganas de trabajar.

Él maniobró la silla hasta quedar frente a ella, muy cerca. Tanto que Valeria tuvo que alzar la barbilla para mirarlo a los ojos.

—¿Y si no tengo ganas?

—Las tendrás —respondió ella con seguridad—. Porque por primera vez desde el accidente, alguien te está diciendo la verdad: puedes mejorar. Pero solo si dejas de autocompadecerte y empiezas a pelear.

Los ojos de Fernando se oscurecieron.

—¿Autocompadecer? ¿Eso es lo que crees que hago?

—Es lo que haces cada vez que dices que no sirve de nada. Cada vez que echas a una terapeuta. Cada vez que te niegas a intentarlo.

Él se inclinó hacia delante, invadiendo su espacio. El olor a su colonia —algo caro, amaderado, con un toque de cítrico— la envolvió.

—¿Y tú qué sabes de mí, Valeria Cruz? ¿Cuántos pacientes como yo has tenido de verdad? ¿Cuántos has “salvado”?

Ella no retrocedió.

—Ninguno exactamente como tú. Pero sí he tenido pacientes que creían que estaban acabados. Y algunos lo estaban. Otros no. La diferencia siempre fue si querían seguir vivos o solo sobrevivir.

Fernando la miró largo rato. El silencio entre ellos era eléctrico, cargado de algo que ninguno quería nombrar.

Luego, él se apartó bruscamente y giró la silla hacia la puerta.

—Mañana a las nueve —dijo sin mirarla—. Pero si vuelves a hablarme de autocompasión, te echo.

Valeria sonrió a su espalda.

—No lo harás.

Él se detuvo en el umbral.

—No estés tan segura.

Y se fue, dejando tras de sí el zumbido de la silla y un rastro de tensión que flotaba en el aire.

Valeria soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo. Se apoyó en la camilla un segundo, el corazón latiéndole más rápido de lo normal.

No era solo profesional.

El hombre era magnético. Peligroso. Roto de una forma que hacía que quisiera arreglarlo más de lo debido.

Sacudió la cabeza y recogió sus cosas.

«Mañana empieza de verdad», pensó.

Lo que no imaginaba era que, durante la sesión siguiente, un roce accidental —sus manos sobre los muslos de él, el calor traspasando la tela, una mirada que duraría demasiado— iba a cambiarlo todo.

Y que Fernando, en la soledad de su habitación esa noche, se tocaría por primera vez en meses pensando en los ojos miel de una mujer que lo había desafiado como nadie

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