La llamada del deber

Valeria Cruz apretó el botón del ascensor privado con el pulgar ligeramente tembloroso. No era miedo, se repetía. Era adrenalina. El mismo cosquilleo que sentía antes de cada caso difícil, de cada paciente que los demás habían descartado. Pero esta vez el nombre del paciente pesaba más: Fernando Casteli.

Todo Madrid conocía a los Casteli. Construcciones Casteli había levantado la mitad de los rascacielos del norte de la ciudad, hoteles de cinco estrellas en Marbella, resorts en las Baleares. Y Fernando… antes del accidente, su cara salía en las revistas del corazón cada dos por tres: fiestas en yates, premieres con modelos colgadas de su brazo, portadas que lo llamaban “el tiburón más guapo de los negocios”. Ahora las mismas revistas publicaban fotos robadas de él en silla de ruedas saliendo de clínicas privadas, con titulares sensacionalistas sobre “el heredero roto”.

Valeria había leído el informe médico la noche anterior. Lesión medular incompleta T6-T7, pronóstico reservado pero con potencial de recuperación funcional si había compromiso del paciente. Las notas de las fisioterapeutas anteriores eran desoladoras: “paciente hostil”, “rechaza colaboración”, “agresividad verbal”. La última había renunciado tras una discusión en la que él le gritó que prefería quedarse paralítico a seguir siendo “un muñeco roto al que le dan palmaditas”.

Ella no era como las demás.

Tenía veintinueve años, el título de Fisioterapia por la Complutense con matrícula de honor, un máster en rehabilitación neurológica en Barcelona y cinco años de experiencia en la unidad de lesiones medulares del Hospital La Paz. Pero lo que realmente la impulsaba no estaba en su currículum.

Estaba en una foto que llevaba siempre en la cartera: su hermano mayor, Dani, sonriendo con el casco de moto bajo el brazo. El mismo accidente, la misma lesión, pero en su caso la sección había sido completa. Dos años de lucha, de promesas vacías, de ver cómo su hermano se apagaba poco a poco hasta que una infección nosocomial se lo llevó a los veintiocho años.

Desde entonces, Valeria se había jurado que ningún paciente suyo se rendiría mientras quedara una mínima posibilidad. Y menos uno que, según los informes, aún conservaba sensibilidad y algo de movimiento voluntario distal.

El ascensor se detuvo con un suave tintineo en la planta cuarenta y dos. Las puertas se abrieron directamente al recibidor del ático: un espacio amplio de mármol blanco y negro, con un enorme ramo de orquídeas blancas sobre una consola de diseño. Una mujer mayor, elegante, con el cabello perfectamente recogido, la esperaba de pie.

—¿Señorita Cruz? —preguntó con una sonrisa educada pero tensa.

—Valeria, por favor —respondió ella, estrechando la mano que le tendía—. Usted debe ser la señora Casteli.

—Elena, sí. Muchas gracias por aceptar el caso con tan poca antelación. Pase, por favor.

Valeria llevaba una mochila ligera con su material y un maletín pequeño con la historia clínica impresa. Vestía pantalones negros ajustados pero cómodos, zapatillas deportivas blancas y una camiseta técnica de manga larga gris que marcaba lo justo para ser profesional sin parecer descuidada. Su cabello castaño oscuro estaba recogido en una coleta alta, y apenas llevaba maquillaje: un poco de rímel y bálsamo labial. No necesitaba más. Sus ojos color miel y la curva natural de sus labios ya llamaban suficiente la atención.

Elena la guió por un pasillo amplio hasta una sala habilitada como gimnasio privado: suelo de madera noble, espejos de pared a pared, paralelas, cama de tratamiento, poleas, una piscina de rehabilitación visible al fondo a través de un cristal. Todo equipado con lo último en tecnología, valorado en cientos de miles de euros.

—Fernando está en su despacho —explicó Elena en voz baja—. Le he dicho que ya ha llegado usted. No… no ha respondido, pero sé que ha oído. A veces es así.

Valeria asintió con calma.

—No se preocupe. Es normal que haya resistencia al principio.

Elena la miró un segundo más, como evaluándola.

—Las otras chicas eran buenas profesionales, pero… él las hizo irse. No sé si usted…

—No soy como las otras —la interrumpió Valeria con una sonrisa serena—. Y él no me va a echar. No todavía.

Elena pareció aliviada, aunque no del todo convencida.

—La dejo entonces. Si necesita algo, pulse el intercomunicador. Hay servicio en la planta inferior.

Cuando se quedó sola, Valeria respiró hondo. Colocó el maletín sobre la camilla, sacó la tabla de evaluación y se ajustó la coleta. Se miró un segundo en el espejo: postura recta, expresión decidida. Lista.

Entonces oyó el zumbido suave de la silla de ruedas motorizada acercándose por el pasillo.

Fernando Casteli apareció en el umbral como una tormenta contenida.

Y Valeria, por primera vez en años, sintió que el aire se le escapaba un segundo de los pulmones.

Dios santo.

Las fotos no le hacían justicia.

Era… abrumador. Alto incluso sentado, hombros anchos que tensaban la camiseta negra de algodón caro, brazos definidos con venas marcadas apoyados en los reposabrazos. El cabello oscuro ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado las manos por él con rabia. Y esos ojos verdes, intensos, que la recorrieron de arriba abajo con una mezcla de desdén y algo más que ella no pudo identificar.

—¿Tú eres la nueva? —preguntó con voz grave, ronca, como si no la hubiera usado en días.

—Valeria Cruz —respondió ella, acercándose con paso firme y tendiéndole la mano—. Encantada.

Él miró la mano ofrecida un segundo largo. Luego la ignoró y maniobró la silla para entrar en la sala, pasando tan cerca que ella sintió el calor de su cuerpo y un leve aroma a colonia cara mezclada con algo más oscuro, más masculino.

—No me toques todavía —dijo sin mirarla—. Y no me des la mano como si esto fuera una entrevista de trabajo. No lo es. Es una puta pérdida de tiempo.

Valeria dejó caer la mano sin inmutarse.

—Perfecto. Entonces vamos directos al grano.

Se giró hacia la camilla y empezó a preparar el material: electrodos de estimulación, cinta métrica, goniómetro. Él la observó en silencio, con los brazos cruzados.

—¿Edad? —preguntó ella sin volverse.

—¿Perdona?

—Que cuántos años tienes. Para la ficha.

—Treinta y dos —respondió seco.

—Altura antes del accidente.

—Un metro noventa y dos.

—Peso aproximado actual.

—Noventa y cinco. Más o menos.

Ella anotó todo con letra rápida y clara. Luego se volvió hacia él.

—Bien. Hoy solo vamos a hacer evaluación inicial. Necesito ver tu rango de movimiento, fuerza residual, sensibilidad…

—No —la cortó él—. Hoy no vamos a hacer nada.

Valeria alzó una ceja.

—¿Disculpa?

—Que no. No estoy de humor. Vete. Dile a mi madre que lo intentaste y cobra tu hora. O el día entero, me da igual.

Ella soltó una risa corta, sin humor.

—No funciona así, Fernando. Me han contratado para rehabilitarte, no para hacerte masajes de ego. Si no colaboras, me quedaré aquí sentada hasta que cambies de opinión. Tengo todo el día.

Él giró la silla para mirarla de frente. Sus ojos se clavaron en los de ella como cuchillos.

—¿Todo el día? ¿En serio crees que vas a durar todo el día conmigo?

—He durado años con pacientes que me insultaban en tres idiomas. Tú no vas a ser diferente.

Fernando sonrió por primera vez. No era una sonrisa amable. Era depredadora.

—¿Ah, no? Pues prueba.

Se acercó más con la silla, invadiendo su espacio personal. Valeria no retrocedió. Sintió su calor, su olor, la intensidad de su mirada recorriéndola de nuevo, esta vez más despacio. De los tobillos a las caderas, de la cintura al pecho, hasta detenerse en su boca un segundo de más.

—Eres mona —dijo al fin, con voz baja—. Lástima que estés aquí para tocar a un lisiado en vez de para algo más… divertido.

Valeria sintió un calor inesperado subirle por el cuello, pero lo controló.

—Y tú eres exactamente tan encantador como decía el informe —replicó con calma—. Pero los encantos no me impresionan. Lo que me impresiona es el esfuerzo. Y hasta ahora, el tuyo es cero.

Él entrecerró los ojos.

—¿Qué quieres de mí, Valeria Cruz?

—Quiero que te quites la camiseta y te tumbes en la camilla. Quiero evaluar tu tronco, tu fuerza abdominal, tu sensibilidad torácica y lumbar. Y luego quiero que me digas, con honestidad, qué es lo que más te jode de todo esto. Porque hasta que no lo saques, no vamos a avanzar ni un centímetro.

Silencio.

Por un momento, Valeria pensó que iba a explotar. Que la echaría a gritos.

Pero Fernando solo la miró. Largo. Intensamente.

Y luego, con un movimiento lento y deliberado, se agarró la camiseta por el cuello y se la quitó de un tirón, quedándose con el torso desnudo.

Valeria tragó saliva sin querer.

Dios.

Era… perfecto. Pectorales marcados, abdominales que aún conservaban definición a pesar de los meses de inactividad, una línea de vello oscuro que bajaba desde el ombligo hasta la cintura del pantalón de chándal gris. Cicatrices quirúrgicas en el costado, pero incluso ellas parecían añadirle peligro.

Él sonrió al ver su reacción, aunque fue una sonrisa amarga.

—¿Te gusta lo que ves? Antes sí. Ahora es solo un envoltorio bonito para algo que no funciona.

Valeria recuperó la compostura al instante.

—Funciona más de lo que crees —dijo con voz profesional—. Y vamos a hacer que funcione mucho más.

Se acercó a la camilla y dio una palmada suave.

—Sube.

Fernando la miró un segundo más. Luego, con una fuerza que la sorprendió, se impulsó con los brazos, giró el cuerpo y se sentó en la camilla sin ayuda. Se tumbó boca arriba, cruzando los brazos bajo la cabeza, exponiendo todo su torso como un desafío.

—Adelante, señorita Cruz. Tócame. A ver si consigues que sienta algo.

Valeria respiró hondo.

El primer contacto estaba a punto de producirse.

Y ninguno de los dos sabía aún que ese roce inocente, profesional, iba a encender una chispa que amenazaba con quemarlos a los dos

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