Fernando
Había algo distinto en la forma en que Valeria se movía esos días. No era tristeza. Tampoco nostalgia pura. Era como si algo dentro de ella flotara más lento, como una corriente subterránea que solo yo podía percibir después de meses de aprender a leer cada gesto suyo.
La boda se acercaba con la velocidad implacable del tiempo que no perdona. Estábamos a apenas tres semanas del día en que prometeríamos ante testigos lo que ya veníamos cumpliendo desde hacía mucho: cuidarnos. Amarnos