Mundo de ficçãoIniciar sessãoLos días empezaron a encadenarse en una rutina intensa. Dos horas cada mañana, de lunes a sábado. Valeria llegaba puntual a las nueve, con el pelo recogido en una trenza práctica y ropa deportiva que marcaba lo justo para ser funcional. Fernando ya la esperaba en la sala de rehabilitación, siempre con la misma expresión: una mezcla de resignación y desafío que, poco a poco, se iba tiñendo de algo más difícil de nombrar.
La quinta sesión fue la primera en la que algo cambió de verdad.
Valeria había preparado un circuito más exigente: transferencia silla-camilla sin ayuda, fortalecimiento de tronco con pelota medicinal, y finalmente intento de bipedestación en paralelas con arnés de descarga parcial de peso —un sistema de poleas que reducía el peso que soportaban las piernas.
Fernando miró el arnés colgado del techo con desconfianza.
—¿Eso es para mí? Parece un juguete sexual de los caros.
Valeria soltó una risa corta, la primera vez que él la oía reír de verdad.
—Es para quitarte un treinta por ciento del peso corporal. Así tus piernas sienten algo sin colapsar. No es juego rudo, aunque si quieres ataduras después, hablamos —bromeó sin pensar.
Las palabras salieron antes de que pudiera morderse la lengua. Fernando alzó una ceja, una sonrisa lenta y peligrosa curvando sus labios.
—¿Promesas, señorita Cruz?
Ella sintió el calor subirle al rostro, pero lo disimuló ajustando las correas.
—Sube a la silla de transferencia y póntelo.
Él obedeció, maniobrando con precisión. Cuando Valeria se acercó para ayudarle a pasar las correas por las axilas y la cintura, sus manos rozaron el torso de nuevo. Esta vez él llevaba una camiseta sin mangas negra, y la piel de sus hombros estaba al descubierto. El contacto fue breve, pero suficiente para que ambos notaran la electricidad.
Una vez colocado el arnés, lo guió hasta las paralelas. Ajustó la descarga de peso y colocó los pies de Fernando en posición.
—Agárrate fuerte. Cuando yo diga, intenta ponerte de pie. El arnés te ayudará.
Fernando agarró las barras. Los brazos se tensaron, venas marcadas. Respiró hondo.
—Ahora.
Empujó con toda su fuerza. El tronco se elevó, las piernas temblaron… y por primera vez desde el accidente, su cuerpo se enderezó casi por completo. No soportaba todo el peso —el arnés lo sostenía—, pero estaba de pie. Erguido. Mirando a Valeria desde su altura real: un metro noventa y dos de puro poder contenido.
Valeria lo miró desde abajo, boquiabierta.
—Fernando… lo has hecho.
Él miró sus propias piernas como si fueran de otro. Temblaban, sí, pero aguantaban.
—Joder —susurró.
Intentó dar un pequeño paso adelante, apoyando los pies en el suelo dentro de las paralelas. El derecho se movió apenas dos centímetros. El izquierdo no respondió.
El esfuerzo fue demasiado. Los brazos cedieron y cayó hacia delante.
Valeria se lanzó instintivamente, rodeándolo con los brazos para amortiguar la caída. El arnés evitó que se golpeara, pero el cuerpo de Fernando quedó pegado al de ella: pecho contra pecho, su rostro enterrado en el hueco del cuello femenino. El peso de él —pesado, caliente, sudoroso— la aplastó suavemente contra la barra.
Por un segundo eterno, ninguno se movió.
Valeria sintió el corazón de Fernando latiendo desbocado contra el suyo. El aliento caliente en su piel. Las manos de él, que se habían agarrado a sus caderas para no caer del todo, apretando con fuerza instintiva. Los dedos clavándose en la tela de los leggings, rozando la curva de su trasero.
—Suéltame —dijo él contra su cuello, voz ronca y temblorosa.
Pero no se apartó. Ninguno lo hizo.
Valeria tragó saliva. El olor de su sudor, la colonia residual, la masculinidad cruda la mareaban.
—Lo estás haciendo increíble —susurró ella, sin soltarlo—. Has estado de pie casi diez segundos.
Fernando levantó la cabeza despacio. Sus rostros quedaron a centímetros. Los ojos verdes oscurecidos por algo que ya no era solo rabia.
—No me digas increíble —murmuró—. No cuando no puedo ni mantenerme sin esta m****a de arnés.
Sus manos seguían en las caderas de ella. No las retiraba.
Valeria tampoco se apartaba.
—Diez segundos hoy. Veinte mañana. Un minuto en una semana. Paso a paso, Fernando.
Él soltó una risa amarga contra su boca, tan cerca que ella sintió el aliento.
—Paso a paso. Qué fácil lo dices.
Uno de sus pulgares rozó sin querer —o no tan sin querer— la piel desnuda justo encima de la cintura de los leggings. Valeria se estremeció.
Fernando lo notó. Sus ojos bajaron a los labios de ella un segundo.
—Valeria…
El nombre sonó como una advertencia. O como una súplica.
Ella puso las manos en su pecho para apartarlo suavemente, sintiendo los pectorales duros bajo la camiseta empapada.
—Basta por hoy —dijo con voz que pretendía ser firme—. Has hecho mucho.
Lo ayudó a bajar al arnés y luego a la silla. Cuando se sentó, Fernando respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando rápido. La miró mientras ella desajustaba las correas.
—¿Por qué lo haces? —preguntó de pronto, repitiendo la pregunta de días atrás—. ¿Por qué no te rindes conmigo como las otras?
Valeria se detuvo, mirándolo a los ojos.
—Porque veo lo que tú no quieres ver. Que sigues siendo el mismo hombre. Solo con un obstáculo nuevo.
Él apretó los reposabrazos hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—No soy el mismo. Antes podía tener a unac chica contra una pared. Ahora ni siquiera… —se detuvo, la mandíbula tensa.
Valeria sintió un calor traicionero entre las piernas al imaginarlo exactamente así: antes del accidente, dominante, poderoso, tomando lo que quería.
—Tu deseo no ha muerto, Fernando —dijo en voz baja—. Solo está dormido. Como tus piernas.
Él la miró fijamente.
—¿Y tú cómo sabes lo que deseo?
El silencio que siguió fue denso, cargado.
Valeria se agachó para recoger la botella de agua, rompiendo el contacto visual.
—Bebe. Y dúchate. Mañana repetimos.
Fernando tomó la botella, pero no bebió. La miró mientras ella recogía el material.
—Valeria.
Ella se volvió.
—Gracias —dijo él simplemente.
Era la segunda vez que se lo decía. Pero esta vez sonó diferente. Más profundo.
Esa tarde, después de que Valeria se fuera, Fernando se quedó solo en la sala. Se miró en el espejo de pared a pared: sudoroso, despeinado, con la camiseta pegada al cuerpo. Y por primera vez en meses, no odió del todo lo que vio.
Se trasladó a su habitación, se duchó con agua casi hirviendo y, al salir, se quedó desnudo frente al espejo del baño.
Bajó la vista a su entrepierna.
No estaba muerto.
La dureza no era completa —la lesión medular afectaba también la respuesta sexual—, pero había algo. Una semierección dolorosa, caliente, que no había sentido desde el accidente.
Y la causa tenía nombre: Valeria Cruz.
Sus manos temblando ligeramente, se tocó. Cerró los ojos y evocó el momento: el cuerpo de ella contra el suyo, el olor de su pelo, el calor de sus caderas bajo sus dedos.
Gimió bajo.
No llegó al orgasmo —aún no—, pero fue lo más cerca que había estado en seis meses.
Y supo que estaba perdido.
Al día siguiente, cuando Valeria llegó, Fernando la esperaba con una expresión distinta. Menos hostil. Más hambrienta.
La sesión fue brutal: más repeticiones, más peso quitado del arnés, más tiempo de pie. Y cada vez que caía, ella lo sujetaba. Cada vez que sus cuerpos se pegaban, la tensión crecía.
Al final, exhausto, Fernando se sentó en la camilla para recuperar aliento. Valeria le masajeaba los hombros para relajar la musculatura sobrecargada. Sus manos expertas, fuertes, bajando por la espalda.
Él giró la cabeza.
—No pares —dijo en voz baja.
Valeria siguió, pero más despacio. Los dedos rozando la nuca, los trapecios, los laterales del torso.
Fernando cerró los ojos.
Y por primera vez, dejó que alguien lo tocara sin rabia.
Lo que ninguno sabía era que, desde el pasillo, Elena Casteli los observaba en silencio. Su rostro era una máscara de preocupación.
Porque sabía algo que ellos aún no: su marido y su otro hijo estaban planeando algo para proteger el legado familiar.
Algo que incluía alejar a Valeria Cruz a toda costa.
Y el pequeño progreso de hoy, el abrazo impulsivo, el roce prolongado, acababa de encender una mecha que amenazaba con explotar todo.







