Barreras Invisibles

A las nueve en punto de la mañana siguiente, Valeria entró en el gimnasio privado con la mochila al hombro y una botella de agua en la mano. Había dormido mal. Imágenes de un torso desnudo, ojos verdes furiosos y una voz grave resonaban en su cabeza más de lo que quería admitir. Se había repetido mil veces que era solo atracción física hacia un paciente atractivo —algo que pasaba a veces en la profesión—, pero sabía que con Fernando Casteli no iba a ser tan fácil mantener la distancia.

Él ya estaba allí.

Sentado en la silla junto a las paralelas, vestido con un pantalón de chándal negro y una camiseta gris de manga corta que se ajustaba a sus hombros como una segunda piel. El cabello húmedo, como si acabara de ducharse. La miró al entrar sin decir nada, solo un leve movimiento de cabeza que podía interpretarse como saludo o como desafío.

—Buenos días —dijo ella con tono profesional—. ¿Listo?

Fernando se encogió de hombros.

—Tan listo como se puede estar para sudar por nada.

Valeria dejó la mochila en el suelo y se acercó.

—Hoy empezamos con fortalecimiento de tronco y transferencia. Luego pasamos a paralelas con apoyo. Traje un plan progresivo de ocho semanas. Si lo sigues, en un mes notarás cambios.

Él soltó una risa seca.

—Ocho semanas. Qué optimista.

Ella ignoró el comentario y señaló la camilla.

—Primero calentamiento. Túmbate boca arriba.

Fernando maniobró la silla hasta la camilla y se trasladó con una facilidad que hablaba de meses de práctica. Se tumbó, brazos a los lados, mirada al techo.

Valeria empezó con movilizaciones pasivas: piernas, caderas, tobillos. Sus manos sobre la piel cálida de él, palpando músculos, guiando movimientos. Intentaba ser clínica, pero era imposible no notar la firmeza de los cuádriceps, el calor que irradiaba, la forma en que los tendones se marcaban cuando ella flexionaba la rodilla.

—Intenta ayudar un poco con la pierna derecha —pidió en un momento dado.

Él lo intentó. Un leve temblor, nada más.

—Nada —masculló.

—Algo hay. No te desanimes.

Siguieron con ejercicios de puente: Valeria colocaba una mano bajo la zona lumbar para guiar, la otra sobre el abdomen inferior para sentir contracción.

—Sube la pelvis todo lo que puedas.

Fernando apretó dientes y empujó con los brazos. La pelvis se levantó apenas cinco centímetros antes de caer.

—Joder —gruñó.

—Otra vez.

Lo intentó cinco veces más. En la última, consiguió mantenerlo tres segundos. Sudor en la frente, respiración agitada.

—Bien —dijo ella—. Eso es progreso.

Él la miró de reojo.

—¿Progreso? Apenas he levantado el culo.

Valeria sonrió por primera vez.

—El culo de noventa y cinco kilos. Sí, es progreso.

Fernando parpadeó, sorprendido por el comentario. Una media sonrisa asomó en sus labios antes de desaparecer.

Pasaron a sentado en la camilla. Ejercicios de equilibrio: Valeria de pie frente a él, sujetándole las manos mientras él intentaba mantener el tronco erguido sin apoyo.

—Suelta mis manos poco a poco.

Él lo hizo. Se mantuvo dos segundos, luego se inclinó hacia delante. Ella lo sujetó por los hombros instintivamente.

El contacto fue eléctrico.

Sus manos sobre los músculos duros de los hombros, los dedos rozando la nuca. Fernando levantó la vista. Estaban muy cerca. Ella podía ver las motas doradas en sus ojos verdes, el sudor perlándole la sien, el pulso latiendo en su cuello.

—Siento… —empezó a decir ella, retirando las manos.

—No lo sientas —la cortó él en voz baja—. Sigue.

Volvieron a intentarlo. Esta vez él se mantuvo cinco segundos. Luego diez. El torso temblaba por el esfuerzo, los abdominales marcados bajo la camiseta pegada al cuerpo por el sudor.

Valeria notó cómo su propia respiración se aceleraba. El olor de él —sudor limpio, colonia residual, masculinidad pura— la envolvía. Intentó concentrarse.

—Perfecto. Ahora vamos a paralelas.

Lo ayudó a trasladarse a la silla y luego a las paralelas. Colocó un taburete bajo para apoyo parcial de pies. Se situó detrás de él, manos en su cintura para estabilizar.

—Agárrate fuerte y levanta el peso todo lo que puedas.

Fernando agarró las barras con fuerza. Los brazos se hincharon, venas marcadas. Intentó elevar el cuerpo. Nada. Las piernas colgaban inertes.

—Otra vez.

Lo intentó repetidamente. En la séptima, consiguió elevarse dos centímetros. El cuerpo entero temblaba.

Valeria apretó más las manos en su cintura, sintiendo los oblicuos contraerse bajo sus palmas.

—Ahí está. Mantén.

Él gruñó de esfuerzo. Sudor cayéndole por la nuca, empapando la camiseta. Valeria notó cómo su propio corazón latía desbocado. La cercanía era peligrosa: su pecho casi rozando la espalda de él, las manos deslizándose ligeramente por el sudor.

De pronto, Fernando perdió fuerza y cayó de golpe sobre el taburete. El movimiento brusco hizo que Valeria se inclinara hacia delante para sujetarlo. Sus cuerpos se pegaron un instante: el pecho de ella contra la espalda de él, las manos deslizándose por accidente hacia los laterales del abdomen.

El tiempo se detuvo.

Fernando giró la cabeza lentamente. Sus rostros estaban a centímetros. Respiraciones entrecortadas mezclándose. Ella sintió el calor de su piel a través de la camiseta húmeda, el latido acelerado bajo sus dedos.

—Quítame las manos de encima —dijo él en voz baja, ronca.

Valeria retiró las manos como si quemaran.

—Perdón. Fue instinto.

Él se apartó con la silla, respirando fuerte. La miró con una intensidad que la dejó clavada en el sitio.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Sujetarte para que no te caigas?

—No. Tocarme como si… —se detuvo, apretando la mandíbula—. Como si te importara.

Valeria tragó saliva.

—Me importa que avances. Es mi trabajo.

Fernando soltó una risa amarga.

—Tu trabajo. Claro.

Se alejó hacia la ventana, mirando la ciudad. El silencio se alargó.

Valeria recogió la botella de agua y se la tendió.

—Bebe. Necesitas hidratarte.

Él la tomó sin mirarla. Bebió largo, el cuello trabajando al tragar. Cuando terminó, dejó la botella con fuerza en la mesa.

—¿Por qué lo haces? —preguntó de pronto.

—¿El qué?

—Esto. Perder el tiempo conmigo. Hay pacientes que sí pueden mejorar de verdad. Niños, ancianos, gente que lo merece.

Valeria se acercó despacio.

—Tú también lo mereces.

Él giró la silla con violencia.

—No. Yo no. Fui un imbécil conduciendo como un loco. Me lo busqué. Ahora pago las consecuencias.

Ella negó con la cabeza.

—Todos cometemos errores. Lo que importa es qué hacemos después.

Fernando la miró largo rato. Algo en su expresión cambió: la rabia seguía ahí, pero debajo había algo más. Vulnerabilidad. Miedo.

—¿Y si no hay “después”? ¿Y si esto es todo lo que me queda?

Valeria se sentó en la camilla, a su altura.

—Entonces seguiremos trabajando hasta que estés fuerte en la silla. Hasta que puedas vivir sin depender de nadie. Pero yo creo que hay más. Creo que volverás a caminar. No al cien por cien, quizás, pero sí lo suficiente para tener una vida plena.

Él bajó la mirada por primera vez.

—No sé si quiero esa esperanza —admitió en voz tan baja que casi no lo oyó—. Porque si falla…

Valeria extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarlo.

—Entonces fallará. Pero al menos lo habrás intentado.

Silencio.

Fernando levantó la vista de nuevo. Sus ojos recorrieron el rostro de ella: los ojos miel, los labios ligeramente separados, el rubor sutil en las mejillas por el esfuerzo y algo más.

—Tú no eres como las otras —dijo al fin.

—No —confirmó ella—. No lo soy.

Él asintió lentamente.

—Mañana a la misma hora.

—No faltes.

Fernando maniobró la silla hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Valeria.

—¿Sí?

—Gracias. Por no rendirte todavía.

Y se fue.

Valeria se quedó sola en la sala, el corazón latiéndole fuerte. Se tocó el pecho instintivamente, como si pudiera calmarlo.

No era solo profesional.

Lo sabía.

Y lo peor era que él también empezaba a saberlo.

Esa noche, mientras cenaba sola en su pequeño apartamento en Chamberí, Valeria recibió un mensaje de Elena Casteli:

“Fernando ha pedido que preparemos la sala de rehabilitación para sesiones diarias. Dos horas por la mañana. Dice que quiere probar tu plan de ocho semanas. Gracias, de verdad.”

Valeria sonrió a la pantalla.

Pero en el ático, Fernando, recién duchado y tumbado en la cama, miraba el techo con el puño cerrado.

Había sentido algo hoy. No en las piernas.

En otra parte.

El roce de las manos de ella en su cintura. El calor de su cuerpo contra la espalda. La voz firme que no admitía autocompasión.

Por primera vez en meses, su cuerpo había reaccionado como hombre. No como paciente.

Y eso lo aterrorizaba tanto como lo excitaba.

Mañana volvería a verla.

Y la barrera que ambos intentaban mantener empezaba a agrietarse

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