Mundo ficciónIniciar sesiónLa sesión del viernes terminó más tarde de lo habitual. Habían estado trabajando en transferencia independiente de silla a camilla y de vuelta, y Fernando había conseguido hacerlo dos veces seguidas sin ayuda. El sudor le empapaba la camiseta, el cabello oscuro pegado a la frente, y la respiración aún agitada cuando se dejó caer en la silla al final.
Valeria recogía el material en silencio, pero no podía evitar mirarlo de reojo. Cada día lo veía más fuerte, más determinado. La rabia inicial se había transformado en una concentración feroz que lo hacía aún más atractivo. Cuando conseguía un nuevo movimiento, sus ojos verdes brillaban con una mezcla de triunfo y sorpresa que le apretaba algo en el pecho.
—Hoy has estado impresionante —dijo al fin, rompiendo el silencio.
Fernando se pasó una mano por el pelo húmedo.
—No ha sido para tanto.
—Dos transferencias completas sin apoyo. Eso es mucho, Fernando. Hace dos semanas ni lo intentabas.
Él la miró un segundo largo. Luego desvió la vista hacia la piscina de rehabilitación, visible al fondo de la sala.
—¿Te apetece un café? —preguntó de pronto—. O algo frío. Hay una máquina en la cocina de servicio. No muerde.
Valeria parpadeó, sorprendida. Era la primera vez que él proponía algo fuera de la sesión.
—Tengo que irme en veinte minutos —respondió—. Tengo otra paciente a las doce.
—Diez minutos —insistió él—. No te estoy invitando a una cita, Cruz. Solo a un puto café.
Ella sonrió.
—Vale. Un café rápido.
Lo siguió por el pasillo hasta una cocina pequeña y funcional junto al gimnasio. Fernando abrió la nevera y sacó dos botellas de agua fría.
—Olvida el café. Con este calor, mejor esto.
Le tendió una. Sus dedos se rozaron al pasarla. Ninguno retiró la mano de inmediato.
Se sentaron en los taburetes altos junto a la encimera. El silencio era cómodo por primera vez. Valeria bebió un trago largo, sintiendo cómo el frío le bajaba por la garganta.
—¿Siempre has querido ser fisioterapeuta? —preguntó él de pronto.
Valeria bajó la botella lentamente.
—No siempre. Al principio quería ser médico. Traumatóloga, como los que me atendieron a mí de niña cuando me rompí el brazo cayendo del columpio.
Fernando la miró con curiosidad.
—¿Y qué cambió?
Ella respiró hondo. No solía hablar de esto con pacientes. Pero con él… con él era diferente.
—Mi hermano mayor, Dani. Tenía veintiséis años cuando tuvo un accidente de moto. Lesión medular C6 incompleta. Los médicos dijeron que tenía buen pronóstico, que con rehabilitación intensiva podría volver a caminar. Contratamos al mejor fisioterapeuta privado de Madrid.
Hizo una pausa. Fernando no dijo nada, solo la escuchaba con atención absoluta.
—Durante dos años luchamos. Sesiones diarias, clínicas en Suiza, terapias experimentales. Dani era fuerte, positivo. Nunca se rindió. Pero el fisio… era bueno, sí, pero distante. Trataba el cuerpo, no a la persona. Cuando Dani tenía días malos, lo ignoraba. Cuando lloraba de frustración, le decía que “se centrara”.
Valeria miró la botella en sus manos, girándola despacio.
—Al final, una infección hospitalaria se lo llevó. Tenía veintiocho años. Y yo diecinueve. En ese momento decidí que, si alguna vez trabajaba con alguien como él, sería diferente. Escucharía el dolor. No solo el físico.
El silencio se alargó. Fernando apretaba la botella con tanta fuerza que el plástico crujió.
—Lo siento —dijo al fin, voz grave—. No tenía ni idea.
Ella alzó la vista. Sus ojos miel estaban brillantes, pero no lloraba.
—No tienes que sentirlo. Es parte de lo que me hace buena en esto. Sé lo que es estar al otro lado. Sé lo que se siente cuando te dicen que “hay esperanza” y luego todo se derrumba.
Fernando tragó saliva.
—¿Y por qué yo? Podrías haber rechazado el caso. Sabías que era difícil.
Valeria sonrió con tristeza.
—Porque cuando leí tu informe vi a Dani. Un hombre joven, fuerte, con toda la vida por delante y un accidente que lo cambió todo. Pero también vi algo más: tú aún tienes más conducción nerviosa que la que él conservó al final. Tienes posibilidad real. Y no iba a dejar que te rindieras como… como otros dejaron que él se rindiera.
Fernando bajó la mirada. Por primera vez desde que lo conocía, parecía vulnerable de verdad.
—A veces pienso que sería más fácil rendirme —admitió en voz tan baja que casi fue un susurro—. Dejar de luchar. Aceptar que esto es lo que hay.
Valeria se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la encimera.
—No. No sería más fácil. Sería morir en vida. Y tú no eres de los que se mueren, Fernando Casteli. Eres de los que pelean hasta el final.
Él levantó la vista. Sus ojos estaban oscuros, intensos.
—¿Y si al final pierdo igual?
—Entonces habrás perdido peleando. Que es la única forma digna de perder.
El silencio volvió, pero esta vez era denso, cargado de emociones que ninguno quería nombrar.
De pronto, una lágrima traicionera rodó por la mejilla de Valeria. No se dio cuenta hasta que sintió el rastro húmedo.
—Mierda —murmuró, secándosela rápido con el dorso de la mano.
Fernando extendió el brazo sin pensarlo. Su mano grande cubrió la de ella sobre la encimera. Caliente. Fuerte.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo, Valeria —dijo con voz ronca—. No conmigo.
Ella lo miró. Otra lágrima cayó. Esta vez no la apartó.
—No lloro nunca delante de pacientes —susurró.
—No soy solo un paciente.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Valeria giró la mano bajo la de él, entrelazando los dedos sin darse cuenta. El contacto era cálido, reconfortante. Y algo más.
Fernando apretó suavemente.
—Gracias por contármelo. Por confiar en mí.
Ella asintió, incapaz de hablar.
Se quedaron así un minuto eterno. Mano con mano. Miradas entrelazadas.
Luego, Valeria retiró la mano despacio, secándose las mejillas.
—Tengo que irme.
Él asintió.
—Mañana no hay sesión. Es domingo.
—Lo sé.
Se levantó. Fernando la acompañó hasta el ascensor privado. Cuando las puertas se abrieron, ella entró y se volvió hacia él.
—Descansa mañana. Y… gracias por escuchar.
Fernando apoyó una mano en la puerta para evitar que se cerrara.
—Valeria.
—¿Sí?
Él dudó un segundo.
—Nada. Nos vemos el lunes.
Las puertas se cerraron.
Valeria se apoyó contra la pared del ascensor, el corazón latiéndole desbocado. La mano que él había tocado aún hormigueaba.
En el ático, Fernando se quedó mirando la puerta cerrada mucho rato.
Luego se fue a su habitación, se duchó y se tumbó en la cama desnudo, como cada noche.
Pero esta vez no miró el techo con rabia.
Cerró los ojos y evocó la mano pequeña de ella en la suya. Las lágrimas. La voz temblorosa contando su dolor.
Y por primera vez en meses, se tocó con ganas.
No fue solo deseo físico.
Fue algo más profundo.
Imaginó consolarla de otra forma. Rodeándola con los brazos. Besando esas lágrimas. Hundiéndose en ella hasta que ambos olvidaran el dolor.
La erección fue más completa que nunca desde el accidente. Dolorosa, urgente.
Gimió su nombre al correrse.
Y cuando terminó, jadeando, se sintió culpable y aliviado al mismo tiempo.
El lunes llegaría pronto.
Y con él, la certeza de que lo que sentía por Valeria Cruz ya no era solo gratitud.
Era deseo.
Era conexión.
Era peligro.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, mientras ellos compartían ese momento íntimo en la cocina, alguien más los había visto.
Carlos Casteli, el hermano menor de Fernando, había llegado de improviso al ático para hablar de negocios con su padre. Los vio desde el pasillo: sentados cerca, manos entrelazadas, miradas que decían demasiado.
Y cuando Valeria se fue, Carlos entró en el despacho de su padre con una expresión dura.
—Papá, tenemos que hablar de la fisioterapeuta esa. Se está acercando demasiado a Fernando.
El patriarca Casteli alzó la vista de los papeles.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que si Fernando se encapricha con una chica de clase media sin pedigree, el legado se va a la m****a. Ya sabes lo que dice el testamento del abuelo: el heredero debe casarse con alguien “apropiado” para acceder al control total de las acciones.
El padre frunció el ceño.
—¿Crees que es serio?
—Aún no. Pero si seguimos dejando que esa mujer venga todos los días… lo será.
El patriarca se recostó en la silla.
—Entonces hay que actuar. Antes de que sea tarde.
Carlos sonrió con frialdad.
—Déjamelo a mí.
Y así, mientras Fernando soñaba por primera vez con un futuro que incluía a Valeria, la familia empezaba a mover piezas para separarlos.
La tormenta se acercaba.
Y cuando estallara, ninguno de los dos estaría preparado.







