La euforia del primer paso duró exactamente hasta la cena familiar del viernes.
Elena Casteli había insistido en que Fernando bajara al comedor principal del ático por primera vez en meses. “Una cena tranquila, solo nosotros cuatro”, dijo por teléfono interno. Fernando aceptó porque estaba de buen humor y porque quería demostrarles, sin palabras, que su progreso era real. Valeria no estaba invitada, por supuesto, pero él llevaba su sabor en los labios desde el beso robado de esa mañana.
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