Fernando Casteli observaba la ciudad desde el enorme ventanal de su ático en la milla de oro de Madrid. Era una noche fría de enero, y las luces del Paseo de la Castellana se reflejaban como ríos de oro líquido sobre el asfalto mojado. Los coches circulaban abajo, ajenos a todo, como siempre. Madrid seguía viva, vibrante, imparable.Él, en cambio, se sentía muerto por dentro.Seis meses. Exactamente seis meses y doce días desde que su vida se había partido en dos. Recordaba cada segundo de aquella noche: la carretera despejada, la música alta en los altavoces del Ferrari, la llamada de su hermano menor burlándose de que llegaba tarde a la cena familiar. Una curva cerrada, un camión que invadió su carril, el impacto brutal, el grito ahogado que nadie oyó.Despertó tres días después en el hospital privado más exclusivo de la capital, con su madre llorando a los pies de la cama y su padre de pie junto a la ventana, con la espalda rígida y la expresión que siempre ponía cuando algo no salí
Ler mais