Mundo ficciónIniciar sesiónEn una ciudad donde las luces se apagan por orden y el silencio es obediencia, Mile Laurent intenta empezar de nuevo lejos de su pequeño pueblo. Solo la acompaña su perro -Su pequeño lobito, su única familia- y una certeza: si nadie dice nada, todo seguirá igual. Su llegada a la capital la lanza al corazón de una red secreta que controla cada decisión, cada respiración, cada miedo. Y ahí, entre conspiraciones y verdades que duelen, conoce a Fran Devereux: un joven ingeniero de mirada verde y pasado roto que puede ser su salvación... o su caída. Juntos descubrirán que el miedo puede programarse, que el amor puede ser peligroso, y que incluso en medio del apagón, si dos almas deciden encenderse, nada puede detener la luz. Entre besos bajo la lluvia, secretos que pesan mas que la sangre y un método capaz de manipular la voluntad de todo un país, Mile y Fran aprenderán que amar también es un acto de resistencia. "No era el fin del mundo, Era el inicio de lo que por fin nos atrevimos a decir"
Leer másLa capital huele a lluvia incluso cuando el cielo está limpio. Es un olor a asfalto tibio y café quemado que se pega a la ropa, recordándome que ya no estoy en mi pueblo.
—Vamos, mi pequeño lobito —le dije a mi Yorkshire mientras empujaba la puerta del edificio—, tú y yo contra el mundo. Mis tacones resbalan un poco. El guardia de seguridad me mira con la mezcla de curiosidad y burocracia típica de la ciudad. —¿Nombre? —pregunta. —Mile Laurent. Agencia de publicidad, piso quince. El ascensor tarda una eternidad. Mi reflejo me devuelve una versión de mí misma que aún intento reconocer, pero dispuesta a fingir que no. “Solo respira”, me repito, fingiendo que el miedo se evapora si lo miro de frente. Cuando las puertas se abren, el edificio me traga en un mar de trajes, perfumes caros y miradas que pesan.Camino apretando mi bolso, mi pequeño lobito asoma el hocico curioso. El lugar es brillante, ruidoso y perfecto… demasiado perfecto.
En la recepción, una chica sonríe sin mirarme demasiado. —¿Primera vez, Mile? No solemos aceptar mascotas. —Él es tranquilo, no molesta —miento con una sonrisa. Me entrega una tarjeta magnética con la rapidez de quien ya tomó esa decisión muchas veces. Avanzo entre escritorios. En la pared hay una frase enorme: “La creatividad ama las ciudades grandes.” Y pienso: las ciudades grandes aman tragarse a las chicas pequeñas. Me asignan una mesa junto a una ventana. Desde allí, puedo ver cómo el tráfico late. Miro a mi perro. —Sobreviviremos, ¿verdad? —Él me mira como si dudara. Un hombre pasa detrás de mí y mi pequeño lobito, traidor, salta del bolso directo a sus pies. El tipo se detiene. Se inclina, lo toma en brazos y el perrito lo lame como si lo conociera de antes. Gracias lobito, nos enviaran al pueblo cuanto antes. Rubio, ojos verdes, traje gris, mirada que corta el aire. Lo perfecto en persona. —¿Tuyo? —pregunta. —Sí. Perdón. No suele hacer eso —digo, nerviosa. —No parece arrepentido —responde. Su voz es baja, controlada, como si midiera cada palabra. —¿Fran Devereux? —pregunta una compañera desde lejos. Él asiente apenas y me devuelve al perro con delicadeza. —Ten más cuidado. Los ascensores son territorio hostil —dice antes de alejarse. Su nombre se me queda en la cabeza: Fran Devereux. Y el resto del día se vuelve una sombra con su voz al fondo. Al final de la jornada, la agencia convoca una reunión general. A las 6:25 estoy en una sala llena de rostros desconocidos. La ciudad brilla tras el vidrio. Llega él. No me mira, o quizá sí. Me cuesta respirar. El director habla, la luz parpadea… y se apaga. Oscuridad total. Mi pequeño lobito gime en mi bolso. Siento una mano en mi hombro. Me giro. Es Él. Con la luz del celular iluminando su rostro. —No te muevas —susurra—. El ascensor se bloqueó entre pisos. Y alguien está adentro. Un golpe seco. Un grito lejano. Y por primera vez, la ciudad me parece demasiado viva.El amanecer llegó sin pedir permiso, como llegan las cosas que no se pueden frenar. La costa despertó envuelta en una neblina baja, espesa, que flotaba sobre las antenas del puerto y se deslizaba entre los edificios como una respiración lenta. El mar no se veía, pero se oía: un murmullo grave, constante, recordándonos que nada verdaderamente vivo está quieto. No dormí ni un minuto. El cuerpo estaba cansado, sí, pero la cabeza seguía despierta, girando alrededor de una sola pregunta que no quería formular del todo. Fran, en cambio, sí durmió. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro y la respiración tranquila, profunda, como si el peligro fuera apenas un rumor lejano. A veces lo envidiaba por eso: por esa capacidad de confiar incluso cuando el mundo parecía sostenido con alfileres. Mi pequeño lobito estaba enroscado a nuestros pies, dormido, ajeno al zumbido persistente de los servidores del nivel inferior. Sus patas se movían apenas, como si soñara que corría. Me bastaba mirarlo para re
El pasillo de servicio bajaba en espiral, como si el edificio hubiera decidido tragarnos de a poco. Cada escalón devolvía un sonido seco, metálico, amplificado por las paredes curvas. No era un eco cualquiera: era un registro, una constancia de que seguíamos avanzando. A medida que descendíamos, el aire se volvía más denso, más frío, cargado de una humedad que no era del todo salina ni del todo artificial. Sentía el rumor del mar filtrándose por las grietas invisibles, una respiración enorme acompañándonos desde abajo. Fran iba delante, el cuerpo tenso pero seguro, como alguien que entiende los peligros sin necesidad de nombrarlos. Vera caminaba apenas detrás, con el mapa digital proyectado en su muñeca, alternando miradas entre la pantalla y el entorno real, buscando discrepancias. Lara cerraba la formación, atenta, silenciosa, cada músculo preparado para reaccionar. Yo iba en el medio, con la llave con corazón colgando del cuello. A veces la tocaba sin pensar, solo para asegurarme
La carretera hacia la costa parecía infinita, un trazo gris estirado entre montañas que todavía dormían. El asfalto brillaba apenas con la humedad de la madrugada, como si alguien hubiera pasado un trapo por encima del mundo para dejarlo presentable. Mi pequeño lobito iba en mi regazo, atento, mirando por la ventana con el hocico apenas levantado, olfateando algo que no estaba en el aire sino más adelante, donde el mapa se vuelve decisión. Cada tanto apoyaba la cabeza contra mi brazo, confirmando que seguíamos juntos en eso. Fran conducía sin decir mucho. El volante firme, los ojos atentos a una ruta que conocía de memoria y que, sin embargo, esa mañana parecía distinta. Cada tanto me tocaba el muslo con dos dedos, un gesto silencioso que decía estás acá, conmigo, y también no te vayas todavía. Yo le devolvía el contacto con una presión mínima. No hacía falta más. Lara dormía apoyada contra la ventanilla, la respiración pareja, el vendaje asomando bajo la manga. En su descanso había
El viento de la madrugada traía olor a hierro húmedo y café recalentado, una mezcla que siempre me recordó a estaciones de tren y a decisiones tomadas sin aplauso. Afuera, la ciudad bostezaba con una parsimonia fingida; adentro, nadie dormía de verdad. Mi pequeño lobito estaba hecho bolita sobre mis pies, el pecho subiendo y bajando en un ritmo perfecto que contrastaba con el mío. Yo no había dormido en toda la noche. Desde la voz metálica en la radio —esa que dijo “El método no muere. Cambia de nombre”— algo dentro de mí no encontraba reposo, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza que habíamos cruzado un umbral. —Sara Krieger —leí el nombre en voz alta, probándolo como se prueban las palabras que pueden herirVera desplegaba mapas sobre la mesa larga de la cooperativa: costas, rutas secundarias, líneas ferroviarias que ya nadie usa pero que siguen ahí, tercas. Lara, sentada frente a mí, acomodaba vendas nuevas en su muñeca lastimada con una prolijidad que era casi una plegari
Volvimos al KM 7 con la velocidad justita que evita chocar con el futuro. No corrimos: correrse de más también es una forma de perder. El camino a la sierra estaba húmedo, con ese brillo engañoso que deja la amenaza de lluvia. Nadie habló. El motor decía lo suficiente. Yo llevaba la llave con corazón en el bolsillo interno y una presión en el pecho que no era miedo; era urgencia con memoria. El portón blanco estaba abierto, como boca que ya masticó y no tiene nada que ofrecer. Entramos por el respiradero otra vez, con el cuerpo aprendiendo la coreografía de bajar sin hacer ruido. Abajo, el olor a cables recién arrancados se mezclaba con el polvo del yeso. Había huellas de botas grandes, papeles dispersos como si alguien hubiera querido simular caos, y el rack… vacío. El eco de pasos se iba retirando en nuestra cabeza con puntualidad de reloj. —¿Nos ganaron? —preguntó Mauro, sin derrota; con bronca prolija. Fran no respondió enseguida. Se agachó, pasó la mano por la pared y señaló u
Llegamos a la plaza con el sol más limpio que ayer, como si alguien hubiera lavado el cielo durante la noche. No era un sol heroico; era un sol que cumple. La radio del maestro quedó en el centro, sobre una mesa plegable, como un altar pagano al que nadie le reza pero todos respetan. A un costado, tres computadoras con baterías externas y cables que parecían raíces buscando tierra. Del otro lado, dos columnas de texto impresas, sujetas con broches de madera, por si el mundo decidía volverse analógico justo hoy. Nadie se rió de esa previsión. Aprendimos. La gente llegó sin consigna, que es la mejor manera de llegar. Con sanguchitos envueltos en papel manteca, con remeras estampadas a mano, con termos que ya tenían nombre propio. Llegaron niños con tiza y empezaron a escribir en el piso palabras sueltas: luz, decidir, ahora. Una mujer mayor dibujó un faro torcido y lo firmó con su apellido. Miré el reloj del celular. 12:09. Lara se subió al banco conmigo. Estaba pálida, pero firme, co
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