109. 12:12

Llegamos a la plaza con el sol más limpio que ayer, como si alguien hubiera lavado el cielo durante la noche. No era un sol heroico; era un sol que cumple. La radio del maestro quedó en el centro, sobre una mesa plegable, como un altar pagano al que nadie le reza pero todos respetan. A un costado, tres computadoras con baterías externas y cables que parecían raíces buscando tierra. Del otro lado, dos columnas de texto impresas, sujetas con broches de madera, por si el mundo decidía volverse analógico justo hoy. Nadie se rió de esa previsión. Aprendimos.

La gente llegó sin consigna, que es la mejor manera de llegar. Con sanguchitos envueltos en papel manteca, con remeras estampadas a mano, con termos que ya tenían nombre propio. Llegaron niños con tiza y empezaron a escribir en el piso palabras sueltas: luz, decidir, ahora. Una mujer mayor dibujó un faro torcido y lo firmó con su apellido. Miré el reloj del celular. 12:09.

Lara se subió al banco conmigo. Estaba pálida, pero firme, co
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