112. La costa que no perdona
La carretera hacia la costa parecía infinita, un trazo gris estirado entre montañas que todavía dormían. El asfalto brillaba apenas con la humedad de la madrugada, como si alguien hubiera pasado un trapo por encima del mundo para dejarlo presentable. Mi pequeño lobito iba en mi regazo, atento, mirando por la ventana con el hocico apenas levantado, olfateando algo que no estaba en el aire sino más adelante, donde el mapa se vuelve decisión. Cada tanto apoyaba la cabeza contra mi brazo, confirmando que seguíamos juntos en eso.
Fran conducía sin decir mucho. El volante firme, los ojos atentos a una ruta que conocía de memoria y que, sin embargo, esa mañana parecía distinta. Cada tanto me tocaba el muslo con dos dedos, un gesto silencioso que decía estás acá, conmigo, y también no te vayas todavía. Yo le devolvía el contacto con una presión mínima. No hacía falta más.
Lara dormía apoyada contra la ventanilla, la respiración pareja, el vendaje asomando bajo la manga. En su descanso había