114. La ciudad que canta
El amanecer llegó sin pedir permiso, como llegan las cosas que no se pueden frenar. La costa despertó envuelta en una neblina baja, espesa, que flotaba sobre las antenas del puerto y se deslizaba entre los edificios como una respiración lenta. El mar no se veía, pero se oía: un murmullo grave, constante, recordándonos que nada verdaderamente vivo está quieto.
No dormí ni un minuto. El cuerpo estaba cansado, sí, pero la cabeza seguía despierta, girando alrededor de una sola pregunta que no quería formular del todo. Fran, en cambio, sí durmió. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro y la respiración tranquila, profunda, como si el peligro fuera apenas un rumor lejano. A veces lo envidiaba por eso: por esa capacidad de confiar incluso cuando el mundo parecía sostenido con alfileres.
Mi pequeño lobito estaba enroscado a nuestros pies, dormido, ajeno al zumbido persistente de los servidores del nivel inferior. Sus patas se movían apenas, como si soñara que corría. Me bastaba mirarlo para re