114. La ciudad que canta

El amanecer llegó sin pedir permiso, como llegan las cosas que no se pueden frenar. La costa despertó envuelta en una neblina baja, espesa, que flotaba sobre las antenas del puerto y se deslizaba entre los edificios como una respiración lenta. El mar no se veía, pero se oía: un murmullo grave, constante, recordándonos que nada verdaderamente vivo está quieto.

No dormí ni un minuto. El cuerpo estaba cansado, sí, pero la cabeza seguía despierta, girando alrededor de una sola pregunta que no quer
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