110. Lluvia

Volvimos al KM 7 con la velocidad justita que evita chocar con el futuro. No corrimos: correrse de más también es una forma de perder. El camino a la sierra estaba húmedo, con ese brillo engañoso que deja la amenaza de lluvia. Nadie habló. El motor decía lo suficiente. Yo llevaba la llave con corazón en el bolsillo interno y una presión en el pecho que no era miedo; era urgencia con memoria.

El portón blanco estaba abierto, como boca que ya masticó y no tiene nada que ofrecer. Entramos por el respiradero otra vez, con el cuerpo aprendiendo la coreografía de bajar sin hacer ruido. Abajo, el olor a cables recién arrancados se mezclaba con el polvo del yeso. Había huellas de botas grandes, papeles dispersos como si alguien hubiera querido simular caos, y el rack… vacío. El eco de pasos se iba retirando en nuestra cabeza con puntualidad de reloj.

—¿Nos ganaron? —preguntó Mauro, sin derrota; con bronca prolija.

Fran no respondió enseguida. Se agachó, pasó la mano por la pared y señaló u
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