113. Vidrio
El pasillo de servicio bajaba en espiral, como si el edificio hubiera decidido tragarnos de a poco. Cada escalón devolvía un sonido seco, metálico, amplificado por las paredes curvas. No era un eco cualquiera: era un registro, una constancia de que seguíamos avanzando. A medida que descendíamos, el aire se volvía más denso, más frío, cargado de una humedad que no era del todo salina ni del todo artificial. Sentía el rumor del mar filtrándose por las grietas invisibles, una respiración enorme acompañándonos desde abajo.
Fran iba delante, el cuerpo tenso pero seguro, como alguien que entiende los peligros sin necesidad de nombrarlos. Vera caminaba apenas detrás, con el mapa digital proyectado en su muñeca, alternando miradas entre la pantalla y el entorno real, buscando discrepancias. Lara cerraba la formación, atenta, silenciosa, cada músculo preparado para reaccionar. Yo iba en el medio, con la llave con corazón colgando del cuello. A veces la tocaba sin pensar, solo para asegurarme