111. La K en mayúscula

El viento de la madrugada traía olor a hierro húmedo y café recalentado, una mezcla que siempre me recordó a estaciones de tren y a decisiones tomadas sin aplauso. Afuera, la ciudad bostezaba con una parsimonia fingida; adentro, nadie dormía de verdad. Mi pequeño lobito estaba hecho bolita sobre mis pies, el pecho subiendo y bajando en un ritmo perfecto que contrastaba con el mío. Yo no había dormido en toda la noche. Desde la voz metálica en la radio —esa que dijo “El método no muere. Cambia d
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