111. La K en mayúscula

El viento de la madrugada traía olor a hierro húmedo y café recalentado, una mezcla que siempre me recordó a estaciones de tren y a decisiones tomadas sin aplauso. Afuera, la ciudad bostezaba con una parsimonia fingida; adentro, nadie dormía de verdad. Mi pequeño lobito estaba hecho bolita sobre mis pies, el pecho subiendo y bajando en un ritmo perfecto que contrastaba con el mío. Yo no había dormido en toda la noche. Desde la voz metálica en la radio —esa que dijo “El método no muere. Cambia de nombre”— algo dentro de mí no encontraba reposo, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza que habíamos cruzado un umbral.

—Sara Krieger —leí el nombre en voz alta, probándolo como se prueban las palabras que pueden herir

Vera desplegaba mapas sobre la mesa larga de la cooperativa: costas, rutas secundarias, líneas ferroviarias que ya nadie usa pero que siguen ahí, tercas. Lara, sentada frente a mí, acomodaba vendas nuevas en su muñeca lastimada con una prolijidad que era casi una plegari
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