El Vuelo Final De Nuestro Matrimonio Secreto

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Lúvar Furia  Atualizado agora
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Índice

Después de tres años de matrimonio con Damián Villalobos, Lía Montiel pensaba que eran la pareja perfecta. Al menos, en la intimidad, todo fluía de maravilla. Con el tiempo, se dio cuenta de que esa conexión solo existía entre las sábanas. Para él, su prioridad siempre fue Celeste Navarro, esa hermana adoptiva que representaba su eterno amor platónico. Harta de ser siempre el segundo plato, Lía empacó sus cosas, abandonó la casa y le pidió el divorcio. *** A los ojos de la alta sociedad, ella no era más que una interesada que había trepado hasta la cima por pura astucia; todos juraban que era cuestión de tiempo para que Damián se cansara de ella y la echara a la calle. Mientras todos se frotaban las manos esperando ver su estrepitosa caída, ocurrió algo impensable. Alguien vio al impecable Damián en un callejón oscuro, de rodillas ante una mujer. Le besaba los dedos con desesperación, con la mirada empañada por la angustia y una humildad que nadie le conocía, como si fuera un pecador buscando el perdón. —Lía, por favor... No me dejes.

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Capítulo 1

Capítulo 1

A finales de julio, Lía Montiel terminó su último turno de vuelo del extranjero a Silícea.

Se cambió en el área de descanso y, cuando salía para entregar la bitácora de cabina, se encontró a Luca Serrano esperándola con su maleta en mano.

—Salió otro rumor sobre tu marido, ¿ya viste?

Luca era muy bien parecido y un gran amigo suyo desde la infancia; además, era de los pocos sobrecargos hombres en el equipo. Tenía ese estilo de galán que les encantaba a las señoras ricas de primera clase, aunque para mala suerte de ellas, él no tenía el más mínimo interés en las mujeres.

Lía se quedó un momento en silencio y, sin mostrar mucha importancia, siguió caminando con su maleta.

—¿Ahora qué? ¿Se estrelló el avión o quedó inválido por el accidente?

Luca soltó una carcajada.

—¿No se envenena el Capitán Villalobos con tus besos?

Ella solo sonrió divertida y continuó su camino.

Luca se le acercó al oído para susurrarle:

—Hace media hora, en cuanto aterrizó el vuelo de Damián, él mismo bajó cargando a una mujer que se veía muy mal para llevarla a urgencias. Ya investigué y se llama Celeste Navarro.

Celeste Navarro.

La sonrisa de Lía se desvaneció y apretó con fuerza el mango de su maleta.

Con razón.

Damián siempre se comportaba de manera impecable. Nadie lograba que perdiera los estribos, excepto esa mujer que era su eterno amor platónico y hermana adoptiva.

—Todo el equipo está hablando de eso —siguió Luca—. Muchos creen que esa tal Celeste es la esposa que el Capitán tiene tan escondida. Lía, esa tipa te está viendo la cara, ¿en serio no piensas hacer público tu matrimonio?

Al principio, como ambos trabajaban en la misma aerolínea, ella fue quien pidió mantener la relación en secreto. Aparte de sus familiares y amigos cercanos, el único colega que sabía que llevaban tres años casados era Luca.

Pero ahora, Lía sentía que ya no tenía sentido decirlo.

—Que haga lo que quiera —respondió ella, sin darle importancia.

Ese matrimonio había empezado por una mala jugada de su parte; Damián se vio obligado a casarse con ella y, en estos tres años, nadie en la familia Villalobos la había aceptado.

Ya había pasado mucho tiempo y todo estaba por terminar.

***

Por la noche, el ruido de los grillos se colaba por la ventana entreabierta de la recámara. Lía estaba recostada, leyendo un libro a la luz de la lámpara de noche.

De pronto, sintió el peso de alguien en el colchón y unas manos grandes la rodearon por la cintura. Su esposo habló con ese tono burlón que siempre usaba:

—Te vas a quedar ciega por leer a estas horas.

No le hizo caso y siguió pasando páginas.

Damián no se conformó con abrazarla; su aliento cálido comenzó a recorrerle la nuca y le dio unos besos intensos detrás de la oreja. Luego, estiró su brazo y le cerró el libro.

—Mi amor, ya es hora de cumplir con el deber.

Cualquiera pensaría que Damián era un hombre reservado y formal. Solo Lía sabía que, en la intimidad, era un animal insaciable.

Ignoró el escalofrío que recorrió su cuerpo y dijo de forma tajante:

—Hoy no tengo ganas.

En cuanto terminó de hablar, él usó su fuerza para voltearla y quedar encima de ella, besándola con intensidad. No se detuvo hasta que los labios de Lía quedaron rojos y encendidos.

—No te hagas la difícil conmigo —murmuró Damián con la respiración agitada—. Al rato que estés disfrutando, no vayas a gritar, a ver si así te suelto rápido.

Lía tenía que admitir que le gustaba estar con él. Al menos en ese aspecto, se entendían a la perfección. No era fácil encontrar a alguien con tan buena química en la cama. Si no se divorciaban, ¿podrían seguir así el resto de la vida?

Mientras se perdía en sus pensamientos, sintió la mano de él recorriendo el encaje de su camisón. Ese roce la hizo reaccionar.

—Primero báñate —le pidió, quitando la mano de su esposo.

Damián la cargó sin esfuerzo y caminó hacia el baño.

—Nos bañamos juntos.

—Yo ya me bañé.

—Pues otra vez.

Unas horas después.

Como Lía estuvo distraída durante todo el encuentro, Damián no pareció quedar satisfecho y se desquitó prolongando el momento más de la cuenta.

El sonido del agua se detuvo.

Damián salió del baño secándose el cabello con una toalla. El agua todavía resbalaba por sus músculos marcados y su cara reflejaba esa relajación propia de quien acaba de quedar muy satisfecho.

Miró hacia la cama, pero vio a Lía de pie junto a la ventana, sosteniendo un cigarrillo.

Entre el humo que salía de sus labios, su perfil se veía hermoso pero triste, como si tuviera muchas cosas en la cabeza. Casi no fumaba, y cuando lo hacía, era porque algo le preocupaba.

Damián arrugó la frente, se acercó y le quitó el cigarrillo de los dedos. Lía reaccionó y lo miró de reojo. Al ver que él se lo iba a fumar, lo detuvo.

—Tú tienes los tuyos, fuma de esos.

Él alzó una ceja con una sonrisa juguetona.

—Sabe mejor si es el de mi mujer.

Lía era un poco especial con la limpieza; podía besarlo, pero no le gustaba compartir comida u objetos que hubieran estado en contacto con la saliva de otra persona. Le arrebató el cigarrillo y lo aplastó en el cenicero.

—Tenemos que hablar.

Bajó la mirada y sus ojos perdieron brillo mientras terminaba de apagar la ceniza.

—Te escucho.

—Nosotros...

Antes de que pudiera continuar, el celular que estaba en la mesa de noche empezó a sonar.

Era el celular de Damián. Lía alcanzó a ver la pantalla cuando él se acercaba a contestar.

“Celeste”

Sintió una punzada y el aire pareció escapársele de los pulmones. Se puso pálida y apretó los puños.

Damián escuchó lo que decían al otro lado, se puso serio y contestó:

—Entiendo, voy para allá.

Colgó y entró al vestidor. Mientras se cambiaba, le dijo:

—Duérmete. Hablamos cuando regrese.

A Lía le dolían las palmas de las manos de tanto apretarlas. No era la primera vez que él se iba a mitad de la noche por una llamada de esa mujer. Estaba harta de la misma situación y decidió ser igual de desagradable con él.

—Qué prisa tienes, ¿ni un minuto me puedes dar? ¿Se está muriendo Celeste o qué? ¿Eres doctor o por qué siente que va a resucitar si vas a verla? ¿De plano te crees su medicina?

Damián, que se estaba abotonando la camisa, la miró con dureza.

—Ya bájale a tus escenitas.

—No voy a cambiar —respondió ella furiosa—. Si no te gusta, de una vez divórciate de...

¡Pum!

El fuerte golpe de la puerta al cerrarse cortó sus palabras.

En la habitación, el rastro de la pasión desapareció y solo quedó un silencio amargo. Lía abrió las cortinas y vio las luces rojas del auto deportivo alejarse en la oscuridad. Tenía los ojos rojos de tanto resistir las ganas de llorar.

Ese era el tipo del que llevaba siete años enamorada. No importaba qué tan cariñoso se portara en la cama, en cuanto Celeste llamaba, él salía disparado sin importar el clima o la hora.

A la mañana siguiente.

Lía se había quedado profundamente dormida por el cansancio. Al despertar, buscó por instinto a su lado en la cama.

La almohada estaba fría y lisa, sin rastro de que alguien se hubiera acostado ahí. Damián no volvió en toda la noche.

De pronto, sonó su celular. Era él.

Dudó un poco, pero terminó contestando. Se puso el celular en el oído sin decir nada.

—Qué floja me saliste —dijo él con tono burlón a través de la línea—, ¿todavía no te levantas?

Lía sintió otra punzada en el corazón.

Damián siempre hacía lo mismo. No importaba qué tan fuerte hubiera sido la pelea de la noche anterior, él siempre actuaba como si no hubiera pasado nada, con ese cinismo que tanto la lastimaba.

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