Tragó saliva para soportar el nudo en la garganta y asintió.
—Apúrate a arreglarte. Voy a pasar por ti para ir a la casa de mi abuela —ordenó Damián.
—¿Por qué tenemos que ir otra vez?
A Lía no le gustaba para nada ir ahí; sabía que en ese lugar nadie quería verla.
—Llevas semanas trabajando sin parar. Mi abuela llamó en la mañana para preguntar por ti; lo mínimo que puedes hacer ahora que estás libre es ir a verla, es lo que corresponde —explicó él.
Lía se quedó callada unos segundos antes de decir:
—¿Y por qué no vas con Celeste? ¿Vas a tener el corazón para dejarla sola en el hospital?
Su tono no era nada amable, era sarcástico.
Damián respondió de manera cortante:
—No entiendo por qué la metes a ella en esto si no viene al caso. Llego en veinte minutos, espero que estés lista.
Él colgó sin darle oportunidad de responder.
Lía se rio con amargura. Siempre pasaba lo mismo: en cuanto mencionaba a Celeste, él se ponía a la defensiva. Era obvio que adoraba a su hermana adoptiva por encima de todo.
Al poco tiempo, el auto deportivo se detuvo frente a la entrada de la casa. Ver ese mismo vehículo en el que él había salido corriendo la noche anterior para ir a ver a Celeste, y que ahora usaba para pasar por ella, le pareció un detalle de lo más irónico.
Damián bajó la ventanilla y comentó con burla:
—¿Tan importante es la princesa que necesita que alguien baje a invitarla a subir?
Antes de que Lía pudiera decir algo, él bajó del auto, caminó hacia el lado del copiloto y le abrió la puerta.
—Adelante, “su majestad” —dijo con una sonrisa ladeada.
Él mismo la ayudó a entrar y le abrochó el cinturón de seguridad. Incluso cuando el auto ya estaba en marcha, ella seguía un poco confundida. Siempre que Celeste no estaba presente, Lía no podía evitar hacerse ilusiones.
Se preguntaba si, muy en el fondo, Damián sentía algo por ella. Si no fuera así, ¿por qué se habría casado con ella después de que lo “obligó” a acostarse con ella de esa forma tan cuestionable? Si lo suyo fue un error, él podría haberla mandado lejos, como hizo su hermano con otras mujeres, pero en lugar de eso, la hizo su esposa.
Se quedó mirando el paisaje por la ventana mientras el camino se perdía a sus espaldas. Damián la observaba de reojo con una mirada muy seria. No cruzaron palabra en todo el trayecto.
Al llegar a La Cantera, Lía seguía absorta en sus pensamientos. Él notó su desánimo y arrugó la frente. Antes de casarse, ella siempre estaba sonriendo, pero ahora esa alegría parecía haber desaparecido.
—¿Qué era lo que me querías decir anoche? —preguntó tras aclararse la garganta.
Ella reaccionó y se dio cuenta de que ya estaban frente a la mansión. Miró a esos ojos oscuros y profundos, mientras apretaba el cinturón con nerviosismo. La lógica le decía que debía ser directa.
—Quería decirte que nosotros...
Toc, toc.
Alguien llamó a la ventanilla del copiloto. Lía bajó el vidrio y se encontró con Celeste. Siempre se veía pálida y frágil, como si cualquier brisa pudiera enfermarla, tenía una apariencia delicada que solía despertar el instinto de protección en los hombres.
Saludó con una sonrisa dulce.
—Sigues enferma, ¿qué haces aquí en lugar de estar descansando en el hospital? —preguntó él con un gesto de molestia por la preocupación.
Lía se decepcionó. Resultaba que Damián no la había llevado a la casa por atención, sino porque temía que su consentida no resistiera el ajetreo y no planeaba llevarla a la reunión familiar. Qué ingenua fue al pensar que él se preocupaba por ella. El amor era lo que él sentía por Celeste: estaba pendiente de cada una de sus necesidades.
Celeste fingió no notar la frialdad de Lía y le respondió a Damián:
—Sabiendo que te preocupas por mí, me recupero rápido. Mi abuela me dijo que vendrían a comer y quise venir a saludarlos.
Los tres caminaron por el enorme jardín de la entrada. Lía, que originalmente iba al lado derecho de Damián, se movió con discreción hasta quedar en medio de los dos. Él pareció darse cuenta de su presencia en ese momento.
—Me ibas a decir algo, ¿no? —insistió.
Lía miró a Celeste de reojo. Estando ella presente, no dudó ni un segundo y respondió con firmeza:
—Quiero el divorcio.
Los tres se detuvieron en seco. Celeste no pudo ocultar un brillo de alegría en sus ojos, aunque puso cara de preocupación.
—No digas esas cosas ni de broma, se pueden cumplir si las repites mucho —dijo Celeste, mirando de reojo la reacción de Damián.
Lía también lo observaba. Damián se puso furioso y la miró con desprecio antes de decirle:
—Loca.
Se dio la vuelta y se alejó hacia la casa principal.
—Si Dami hizo algo que te molestó, dímelo y yo hablo con él, pero no te divorcies, piénsalo bien —insistió Celeste tomándola de la mano con una confianza que no tenían.
Lía se quitó la mano de encima sin ninguna expresión:
—¿Y con qué autoridad o bajo qué título crees que puedes regañar a mi esposo?
Celeste se quedó muda por un momento. Lía sonrió y suavizó el tono, aunque sus palabras llevaban veneno.
—Tienes razón, acepto tu consejo y ya no me voy a divorciar. Así que, cuñadita, ¿por qué no me saludas como se debe?
Celeste se puso morada del coraje, sintiéndose acorralada. Lía se rio burlona, la rodeó y siguió su camino hacia la casa.
Durante la comida, el ambiente parecía perfecto y acogedor, pero Eugenia y doña Catalina solo tenían ojos para Celeste.
—Pedí que te hicieran un caldo de pollo especial para que recuperes fuerzas, te ves muy débil —dijo Eugenia con cariño.
Celeste probó un poco y sonrió con dulzura.
—Está riquísimo, gracias, mamá.
Doña Catalina también se encargó de servirle la mejor pieza.
—Me dijeron que te pusiste malita ayer, ¿fue por el calor? —preguntó la abuela.
—No, solo fue una recaída de lo mismo de siempre —respondió Celeste bajando la mirada con timidez—. Pero gracias a que Damián estuvo conmigo, ya me siento mucho mejor.
Eugenia y doña Catalina intercambiaron una mirada de complicidad.
—Dami —dijo Eugenia dándole una señal para que atendiera a Celeste—, sé más atento.
Lía apretó los cubiertos con fuerza, pero prefirió ignorar el comentario, manteniendo la cabeza baja mientras comía. Aunque Celeste era técnicamente la hija adoptiva y ni siquiera llevaba el apellido Villalobos, en esa casa era la consentida de todos. En cambio, ella, a los ojos de su suegra y la abuela, no era más que una vividora que se había aprovechado de una situación para casarse.
De hecho, cuando Damián estaba de viaje y no iba a la casa, ni siquiera la dejaban sentarse a la mesa. Eugenia la obligaba a servirle a Celeste y luego la mandaba a comer con los empleados.
Mientras recordaba eso, vio que alguien ponía algo en su plato. Damián le había servido un trozo de cerdo en salsa.
—Come más, te noto muy flaca —dijo él sin darle importancia.
Lía quedó confundida mirando la carne. ¿Él no había entendido la indirecta? Su madre le había pedido que atendiera a Celeste.
Las otras tres mujeres en la mesa se quedaron en silencio con un gesto de incomodidad.
—Qué envidia me das, Lía —comentó Celeste con una sonrisa forzada—. Yo no puedo ni tocar ese tipo de comida con tanta grasa por lo delicada que estoy.
Lía sintió que se le caía la cara de vergüenza. Al final resultó que Damián solo le estaba dando lo que la otra no podía comer.