Capítulo 3
Lía le devolvió el trozo de cerdo en salsa a Damián, dejándolo en su plato.

—Mi plato no es un basurero, no me tires tus desperdicios.

Damián arrugó la frente.

Celeste intervino para defenderlo:

—Dami no suele servirle comida a nadie, solo intentaba ser amable...

Lía la interrumpió:

—Con razón me pareció que había mucha luz aquí; resulta que era la coronita de Santa que traía puesta Celeste.

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.

La expresión de Catalina perdió cualquier rastro de afecto, reemplazada por el desprecio.

—¿Es esa forma de hablarle a Celeste? Estábamos teniendo una cena tranquila y ya lo arruinaste todo con tu negatividad.

El ambiente se volvió tenso.

—Ya basta. —Damián se metió a la boca la carne que ella había rechazado y comenzó a masticar con una expresión indiferente—. Mejor come y no hables, no te vayas a atragantar.

La anciana reprimió las ganas de mandarla a reflexionar y no dijo nada más. El comedor quedó sumergido en un silencio prolongado.

Eugenia dejó los cubiertos a un lado y habló con voz plana:

—Cuando termines, acompáñame a mi habitación.

Lía no tenía apetito, así que comió un par de bocados por compromiso y siguió a la madre de Damián hacia la planta alta.

En la alcoba, frente a un pequeño sofá junto a la ventana, Eugenia se sentó con elegancia. Su postura era arrogante mientras analizaba a su nuera con ojos hostiles.

—No olvides los trucos tan bajos que usaste para entrar a esta familia. Por tu culpa, Dami y Celeste no están juntos. ¿Cómo tienes el descaro de burlarte de ella?

Lía escuchaba los reproches sin decir una sola palabra.

“En aquel entonces no tuve otra salida. En realidad, mi objetivo era alguien más”.

Había escuchado que una mujer intentó meterse en la cama del hermano mayor de los Villalobos y que terminó perdiendo la razón, desapareciendo para siempre de Silícea. Lía le tenía terror al poder de Grupo TerraNova, así que jamás se habría atrevido a tramar algo contra Damián.

Sin embargo, al final, terminó pasando la noche con él en medio de una confusión. Creyó que la desaparecerían, pero para su sorpresa, terminaron casados. Aunque aquello fue un accidente, se sentía culpable con la familia; sabía que las circunstancias no habían sido honorables. Por eso, durante esos tres años, había soportado todos los desplantes de Eugenia y de la abuela.

¡Pam!

Eugenia golpeó la mesa con fuerza.

—¿Te atreves a ignorarme cuando te estoy hablando?

—Siga, la escucho —respondió Lía.

—¿Aún te acuerdas del acuerdo prenupcial que te hice firmar cuando se casaron?

—Lo recuerdo.

Eugenia mostró una mueca de burla.

—Disfrutaste de tres años de lujos gracias a los Villalobos, ya fuimos suficientemente generosos contigo. Ya solo quedan dos meses. ¿Cuándo piensas pedirle el divorcio a mi hijo?

—Ya se lo pedí.

Los ojos de Eugenia brillaron con interés.

—¿Y qué te dijo?

—Me respondió con una sola palabra.

Eugenia se quedó pensando un momento.

—¿Te dijo “acepto”?

Lía se mantuvo inexpresiva.

—Me dijo loca.

Eugenia se quedó sin palabras un instante, confundida por la actitud de su hijo.

—Seguro no elegiste el momento adecuado y sintió que lo ponías en evidencia, por eso no te tomó en serio. Busca otra oportunidad y díselo de manera formal.

Eugenia reflexionó un poco antes de continuar:

—De todos modos, él también debe querer el divorcio. Todo el mundo sabe que su prioridad es Celeste. Si no fuera por el escándalo que provocaste, ellos ya estarían casados.

Lía asintió.

Al salir de la habitación, no se detuvo y caminó hacia la salida de la residencia. En el estacionamiento, el auto deportivo ya no estaba. Un chofer estacionó un Bentley frente a ella.

—El joven Damián tuvo una emergencia en la aerolínea y tuvo que irse. Me pidió que la llevara de vuelta.

Lía notó que Celeste tampoco estaba en la propiedad.

—¿Emergencia? —dijo con una sonrisa amarga, tragándose el nudo en la garganta—. Qué excusa tan floja. Se fue con ella porque en ese auto solo cabe una persona más, ¿no?

Sus necesidades como esposa siempre quedaban en último lugar, muy por detrás de los caprichos de la “hermana” de Damián.

—Yo...

El chofer sonrió con incomodidad. Lía sentía una presión insoportable, pero no se desquitó con el empleado. Abrió la puerta trasera y subió al auto.

Al llegar al departamento, sacó dos maletas grandes y comenzó a empacar. Ya le había pedido el divorcio formalmente y, sin importar lo que él pensara, se iría de ahí.

Doña Petra, la empleada doméstica, se quedó de pie en la puerta del vestidor vigilándola como si fuera una ladrona.

—Todas las joyas y accesorios de alta gama son propiedad de los Villalobos. Tengo un registro de cuántas veces los usó, así que no puede llevárselos.

Lía soltó la caja de joyas y tomó un bolso de edición limitada.

—Damián me regaló esto en mi último cumpleaños. Lo que él me dio sí puedo llevármelo, ¿o no?

Petra hizo un gesto de desprecio.

—Se lo dio, pero salió del dinero de la familia. No olvide que firmó un acuerdo; si se divorcia, no tiene derecho a llevarse ni un centavo.

—Vaya, qué sorpresa. Resulta que en esta casa los regalos vienen con “derecho de uso”, pero no de propiedad.

Lía dejó escapar una risa sarcástica.

—¿Esto es idea de mi suegra o de Damián?

—Es orden de la señora, pero el joven está de acuerdo.

¿Damián estaba de acuerdo? Al parecer, él ya lo tenía todo calculado para que el divorcio fuera rápido y sin disputas de bienes. El corazón de Lía se hundió ante la cruda realidad. Durante esos tres años, para él solo fue una buena compañera de cama y nada más.

Al final, de las dos maletas solo ocupó una, y ni siquiera estaba llena. Solo empacó sus cosméticos, cremas y algo de ropa de temporada. Incluso la lencería fina la había comprado él, y como Petra no le quitaba los ojos de encima, fue tan tacaña que no la dejó llevarse ni sus prendas íntimas.

Dejó la demanda de divorcio firmada sobre el buró. Antes de salir, se dirigió a la empleada.

—Dígale a Damián que en cuanto pueda, me busque para ir al registro civil.

***

Lía había solicitado un cuarto en los dormitorios de la aerolínea, pero el trámite tardaría unos días. Tendría que quedarse en un hotel, pero acababa de usar su sueldo para pagar la clínica de rehabilitación de su madre. En su cuenta bancaria solo quedaban treinta dólares.

No tuvo más opción que llamar a Luca.

—¿Podrías prestarme algo de dinero?

Él se escuchó sorprendido al otro lado de la línea.

—¿Tu capitán no te da ni para el gasto? Se supone que eres la señora de TerraNova, ¿cómo que no tienes dinero?

Luca bajó la voz al mencionar a la familia. En la aerolínea, nadie sabía que Damián era el heredero del consorcio Villalobos.

—Tenemos un acuerdo prenupcial —explicó Lía con desánimo—. No compartimos gastos y hasta los regalos tengo que devolverlos si nos separamos.

—¡¿Qué?! —Luca no podía creerlo—. ¿Ese tipo es tan tacaño? ¿A poco los Villalobos se hicieron ricos cobrándoles a las ex? Qué negociazo, recuperación total de inversión.

Lía se rio y retomó el punto.

—Préstame doscientos dólares. Me salí de la casa y necesito un hotel mientras sale lo de mi dormitorio. Te los pago el próximo mes.

—Claro que te los presto, pero no tires tu dinero en un hotel. Si no te importa, quédate en mi departamento unos días. Te arreglo el cuarto de visitas.

—¿No será mucha molestia?

—Para nada, somos mejores amigos. Además, ya sabes que no me gustan las mujeres. Me interesa más tu marido que tú.

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