Don Sergio, que iba manejando en el asiento de adelante, ya sentía el sudor corriéndole por la frente.“¡Virgen santa! Si cualquier otra persona se atreviera a insultar así al joven Damián, a estas horas ya estaría muerta”, pensó.Escuchó toda la pelea y ahora temía que, en medio de su furia, su jefe decidiera deshacerse de él también para no dejar testigos.Don Sergio quiso subir el panel divisorio, pero le dio miedo que el ruido llamara la atención de Damián y terminara descargando su furia contra él. No se atrevía ni a respirar, deseando en ese momento ser invisible.A diferencia del pánico del chofer, Lía, que jamás había visto el lado oscuro de ese hombre, no sentía ni un poco de miedo.Se mantuvo firme y, separando bien las palabras para que le dolieran, le dijo:—En serio que eres un...Antes de que terminara de decirle “miserable”, él la agarró de la nuca y la besó con una fuerza que buscaba callar esos labios venenosos.Don Sergio respiró aliviado y, aprovechando el momento, s
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