Lía tardó un segundo en procesar lo que él decía. “¿Rompió... los papeles?”
—¿Por qué los rompiste?
¿No se moría de ganas de darle su lugar a esa “hermana” que tanto adoraba? Él debería ser el primer interesado en agilizar el divorcio.
Sus miradas se cruzaron. Damián arqueó una ceja y respondió con un tono de fastidio:
—Tu letra es horrible, no soporto ver cosas feas.
Era una excusa tan absurda como provocadora. Lía sintió que la sangre le hervía.
—En serio estás idiota. Cuando naciste, ¿la doctora te cortó el cerebro junto con el cordón umbilical?
Damián, lejos de molestarse, recorrió sus labios con la mirada y soltó un sonido de aprobación.
—Qué boquita. ¿Te pusiste labial con veneno hoy?
Prefirió ignorarlo. Él siempre hacía lo mismo: usaba esos comentarios sarcásticos para minimizar su furia y sus penas, haciendo que todo pareciera un berrinche sin importancia.
El auto salió del estacionamiento. La intensa luz del verano se coló por la ventana, permitiendo ver con claridad la profundidad en los ojos de Damián. Con la yema de los dedos, él empezó a acariciar la tela del vestido en la cintura de ella.
—¿Dónde te estás quedando?
Lía desvió la cara y se mantuvo en silencio. Sintió un ligero apretón en el costado, una presión que se sintió como una advertencia silenciosa.
—Si no quieres decirme, no importa. Lo puedo averiguar por mi cuenta.
La expresión de ella cambió. Ser capitán en la aerolínea nacional era solo el trabajo respetable que el segundo joven de la familia Villalobos mostraba al mundo; ella sabía bien que él controlaba varios de los clubes más exclusivos y manejaba una red de información inmensa en Silícea.
Se decía que estaba involucrado en los secretos más oscuros de las grandes familias, algo que ella nunca había presenciado, pero que le causaba terror. Si permitía que él investigara por su cuenta y descubría que estaba con Luca, sería capaz de desquitarse con su amigo.
Trató de calmarse y optó por la verdad:
—Pedí un dormitorio en la zona de empleados de la aerolínea. Mientras aprueban mi solicitud, me estoy quedando en el departamento de Luca.
—¿Luca? —Damián tardó unos segundos en reconocer el nombre—. ¿Ese sobrecargo con el que creciste?
—Sí.
Las facciones de él se endurecieron y su mirada perdió todo brillo; la furia estaba a punto de desbordarse.
—¿Te fuiste a meter a la casa de otro para vivir y comer con él? —Apretó la mandíbula y soltó las palabras con un rencor obvio—. ¿Estoy muerto para que me ignores así?
—No vivo sola con él —aclaró ella.
—¿También está su pareja?
Lía asintió tras pensarlo un momento.
—Algo así. Ellos comparten una habitación y yo uso la otra.
En realidad, solo había pasado una noche ahí. Los otros dos días estuvo trabajando en vuelos internacionales y durmió en los hoteles que asignaba la empresa.
—Tengo maletas en su casa y quedé de verme con ellos para una carne asada hoy. Dile al chofer que se detenga para que pueda bajarme —añadió.
La expresión de Damián se suavizó apenas un poco.
—Dame la dirección. Te acompaño por el equipaje.
—Lo importante no es la maleta, es la cena. No puedo quedarles mal.
Él se rio con sequedad, sacó el celular de su bolsillo y marcó un número.
—Doña Petra, mi mujer quiere carne asada hoy. Asegúrate de que preparen un banquete.
Lía se quedó atónita ante su arrogancia.
—Estás mal, Damián.
Él dejó el celular a un lado y deslizó sus dedos por la curva de su espalda hasta llegar a la parte baja, donde empezó a dibujar círculos lentos. Sus ojos oscuros tenían un brillo hipnotizante.
—Mi amor, si en serio la tuviera mal, ni siquiera tendrías oportunidad de quejarte.
Esa mirada le trajo a la memoria imágenes que no quería recordar. Se obligó a recuperar la compostura y a sacar esos pensamientos de su mente.
—Si lo que te dije la última vez no fue suficiente, te lo voy a repetir con toda la seriedad del mundo. —Lo miró fijamente a los ojos—. Me quiero divorciar.
Él bajó las pestañas, ocultando la oscuridad de sus pupilas.
—¿Es en serio?
—Sí.
—Dame una razón.
Lía buscó una respuesta que fuera diplomática para ambos.
—Nuestro matrimonio ya no funciona. Tenemos diferencias irreconciliables.
Él se rio entre dientes, como si lo que acabara de escuchar fuera un chiste de mal gusto. Tras un silencio tenso, su mirada se volvió de nuevo agresiva.
—¿Ya tienes a alguien más?
A Lía se le subió la sangre a la cabeza.
—El que tiene a otra eres tú.
"Y es una mujer de lo peor que se hace la santa para engañar a todos", pensó.
—Para decir algo así necesitas pruebas —respondió él con cinismo—. ¿Me has visto con alguien? ¿Huelo a otra mujer?
No supo qué decir. Podía intuir que, por respeto a las apariencias, él aún no había tenido un contacto físico íntimo con Celeste. Además, la supuesta fragilidad de la salud de esa mujer tampoco permitía que llegaran muy lejos. Pero precisamente por eso, durante todos esos años, los reclamos de Lía siempre terminaban pareciendo ataques de una loca celosa.
Todo el mundo sabía cuánto le importaba su hermana adoptiva.
En su aniversario de bodas, mientras Lía preparaba una cena especial, él se quedó todo el día en el hospital cuidándola e incluso le compró un regalo de “aniversario” también.
En la víspera de Año Nuevo, tras una pelea monumental, él no regresó a casa por irse a una montaña a ver los fuegos artificiales con Celeste.
Situaciones así se repitieron hasta el cansancio durante tres años. Y cada vez que Lía colapsaba emocionalmente, todos la señalaban a ella. Decían que solo eran hermanos, que era una envidiosa y que no debía tener celos de una enferma. Al final, ella siempre terminaba como la villana.
Esa relación tóxica y triangular la estaba destruyendo por dentro. Sintió que su furia se transformaba en una profunda impotencia. Bajó la mirada para ocultar las lágrimas que empezaban a asomarse y, con la voz apenas contenida, murmuró:
—En serio ya no puedo seguir contigo.
El ambiente dentro del auto se volvió pesado y asfixiante. Pasaron un par de minutos antes de que él volviera a hablar, ahora con una voz cortante.
—No olvides por qué nos casamos. A la familia Villalobos no se entra y se sale cuando a uno le da la gana.
Lía palideció.
—Lo que pasó esa vez... tuve mis motivos. Además —dijo con cierta culpa—, fue un accidente.
Esa última palabra hizo que se pusiera furioso. La tomó con fuerza del mentón, obligándola a sostenerle la mirada.
—No me importan tus motivos. Tú fuiste la que me provocó primero, y hasta que no termine de cobrarme lo que me debes, no vas a librarte de mí.
Siempre se había sentido culpable por aquel incidente, pero jamás lo obligó a casarse. Hubiera preferido que él la echara de la ciudad, como hizo su hermano mayor con otra mujer en una situación similar, en lugar de tenerla así: atrapada entre su deseo carnal por ella y su amor devoto por Celeste.
Lía explotó. El maltrato de su suegra, la actitud de la empleada y la presencia constante de Celeste como una espina en la garganta habían sido demasiado. Ya no pensaba tragarse nada más; era hora de arrancar esa espina y devolvérsela.
—Solo me acosté contigo una vez —le dijo con sarcasmo—. En estos tres años, ¿cuántas veces nos hemos acostado? ¿Todavía no cubro el maldito interés? La tienes a ella en un pedestal, pero te revuelcas conmigo todas las noches. ¿No te sientes un hipócrita? Damián, ¿no te das cuenta de lo patético que eres?
Él apretó con más fuerza. Sus ojos brillaban con un rojo peligroso, como si una tormenta estuviera a punto de desatarse.
—¿Te atreves a repetirlo?