Al ver que ella ya había despertado, Damián sacó del bolsillo interior de su saco un pequeño estuche de regalo en negro y oro, y se lo puso en las manos.
—Ya no estés enojada, es mi forma de pedirte perdón.
Lía ni siquiera lo abrió; es más, ni lo miró. Lo tiró al suelo como si fuera basura.
—No me interesan los regalos que vienen con condiciones.
Él arrugó la frente.
—Si te lo di, es porque ahora es tuyo. No solo puedes usarlo, puedes hacer con él lo que se te dé la gana.
Por fin le dirigió una