La rabia de Lía estalló y se le subió a la cabeza. Levantó la rodilla y le dio una patada fuerte en el muslo.
—Maldito perro, si sigues de cínico, te voy a llevar al veterinario para que te castren.
Damián rio entre dientes, con un tono burlón.
—¿No te la pasas diciéndole a todo el mundo que te quieres divorciar? Si no me ayudas a hacer la tarea, no vas a quedar embarazada. Te quedarás atrapada en la cárcel de este matrimonio, obligada a que nos veamos la cara con asco hasta que nos muramos.
Lía