Mundo ficciónIniciar sesiónLa hermosa y caprichosa Alexandra Montclair, hija del hombre más rico del mundo, debía cumplir una sentencia por alterar el orden público: o pasaba un año de servicio comunitario… o se casaba. Su futuro esposo sería Gabriel Strauss, un hombre recto, disciplinado y con una vida marcada por la responsabilidad. No estaba dispuesto a convertirse en el juguete de una niña rica acostumbrada a lujos. Pero el trabajo de Gabriel no era usual: él vivía y viajaba con un circo itinerante que recorría el país, un mundo lleno de magia, sacrificio y disciplina. Para Alexandra, aquello era un castigo. Para Gabriel, era un deber. Sin embargo, entre carpas y luces de neón, entre animales, acróbatas y aplausos, ambos descubrirían algo inesperado: que detrás de la coraza de Alexandra había una mujer vulnerable que solo buscaba ser entendida, y que Gabriel, con toda su rigidez, también ocultaba un corazón dispuesto a aprender a amar.
Leer másEl problema no era casarse, el problema era casarse con él.
Alexandra Montclair lo observaba con descaro, analizando cada detalle de aquel hombre que el destino —y sobre todo su padre— había puesto frente a ella.
No era feo, de hecho, en sus facciones había cierto potencial… si tan solo se deshiciera de esa coleta ridícula que sujetaba su cabello oscuro, y de esa barba de candado que lo hacía parecer un depredador en potencia.
Lo había conocido apenas dos días atrás, justo después de que el juez dictara la sentencia: un año de servicio comunitario o casarse con el hombre que su padre eligiera.
La decisión había sido casi automática. Alexandra Montclair, la heredera más envidiada de Nueva York, jamás iba a dejarse ver recogiendo basura en las calles como una vulgar criminal.
Ahora estaba allí, frente al altar improvisado en el patio trasero de la mansión Montclair, con decenas de invitados que no eran realmente amigos, sino curiosos deseosos de verla tropezar.
Alexandra sabía perfectamente que todos esperaban lo mismo: que fallara, que cometiera un error, que les diera la excusa perfecta para llamarla caprichosa, malcriada o insufrible.
El juez de paz carraspeó, indicándole que repitiera las palabras del compromiso.
Alexandra alzó la barbilla con altivez y sonrió de manera desafiante, como si aquello fuera una pasarela más y no el día en que su vida se unía a un desconocido.
—Yo, Alexandra Montclair, te tomo a ti… —se detuvo.
El nombre no aparecía por ningún lugar en su memoria.
Rebuscó con rapidez entre todo el archivo mental que guardaba de las aburridas presentaciones con su padre, pero nada. Ni una sola pista. Lo único que recordaba era que tenía un porte demasiado recto, una voz grave que imponía respeto, y unos ojos fríos que no parecían pestañear nunca.
Pero su nombre… absolutamente borrado.
Los murmullos crecieron entre los invitados.
Ella podía sentir cómo los ojos se clavaban en su espalda, listos para reprenderla, para juzgarla, para decir que la mimada hija de Montclair no había cambiado ni un ápice.
La sonrisa de Alexandra se mantuvo, impecable, como la de una actriz entrenada para soportar los flashes de las cámaras.
Fingió que la pausa había sido intencional, que su silencio era un gesto calculado y no un olvido vergonzoso.
Giró apenas los ojos hacia él, hacia ese hombre de pie frente a ella, tan imperturbable que parecía tallado en piedra. Y entonces, como si lo hubiera hecho a propósito, arqueó una ceja.
—Recuérdame tu nombre —susurró, solo lo suficiente para que él lo escuchara, pero lo bastante bajo como para que los demás no supieran si realmente lo había dicho.
Un murmullo nervioso recorrió el salón. Él no se inmutó. Sus labios se movieron con calma, pronunciando su nombre con firmeza, como si estuviera acostumbrado a que nadie lo olvidara jamás.
Y Alexandra, con una media sonrisa victoriosa, repitió:
—… te tomo a ti, Gabriel Strauss, como mi esposo —pronunció finalmente, con una voz clara que retumbó en las paredes del salón privado. Su tono era tan teatral como una obra de Broadway, más propio de una actriz en un escenario que de una mujer en plena ceremonia matrimonial.
El juez asintió satisfecho y le indicó que continuara con el resto de la promesa. Alexandra lo hizo con la misma seguridad arrogante que la caracterizaba:
—Prometo respetarte, amarte y cuidarte en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte nos separe.
Las palabras rodaron por su lengua con una ironía deliciosa. “Riqueza y pobreza”, pensó, reprimiendo una carcajada. Ella jamás sabría lo que era la pobreza, y si Gabriel creía que este matrimonio la iba a transformar en una campesina humilde y devota, estaba muy equivocado.
Las cámaras de los invitados —porque, por supuesto, no faltaban— destellaban una y otra vez, captando cada gesto, cada sonrisa fingida, cada pestañeo de la heredera Montclair.
En la primera fila, algunas mujeres se inclinaban unas hacia otras para cuchichear; los hombres, en cambio, la observaban con la misma fascinación con la que se observa a una fiera salvaje que ha sido puesta en una jaula.
El juez giró hacia Gabriel, y el salón entero contuvo la respiración.
—Yo, Gabriel Strauss, te tomo a ti, Alexandra Montclair, como mi esposa. Prometo amarte, respetarte y cuidarte en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte nos separe.
No hubo titubeos. No hubo teatralidad. Solo verdad.
Sabía que no amaba a esa mujer, y quizás nunca llegara a hacerlo, pero la palabra dada era para él un vínculo sagrado. La mirada de Alexandra lo escrutó con curiosidad, como si buscara algún gesto, alguna grieta en su muralla de acero. No lo encontró.
—Por el poder que me ha sido conferido, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Un murmullo expectante se levantó entre los invitados. Alexandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba nerviosa, pero la idea de que Gabriel se acercara con esa seriedad impasible la incomodaba más de lo que quería admitir.
Él, en cambio, se inclinó con calma. No hubo pasión, ni ternura, ni siquiera una pizca de afecto. Fue un beso medido, breve, apenas un roce de labios que parecía más un contrato firmado que una muestra de unión.
—¡Cariño, felicidades! —la voz chillona de su madrastra rompió el murmullo elegante de la sala. Se abrió paso entre los invitados con la determinación de quien se sabe parte de la familia, aunque nunca lo haya sido realmente. Su perfume empalagoso llegó antes que ella, seguido de un abrazo demasiado fuerte, demasiado largo.
—Tú y Gabriel forman una pareja bellísima, espero que ambos tengan un matrimonio duradero —dijo con esa sonrisa de porcelana que jamás había convencido a Alexandra.
Alexandra respondió con la cortesía que la sociedad esperaba de ella. Una sonrisa ensayada, congelada en el rostro, perfecta para la foto, vacía para el corazón.
—Claro… duradero —susurró con ironía, apenas audible.
Soltó el abrazo de la madrastra con delicadeza y buscó con la mirada a su recién estrenado esposo. Gabriel la observaba desde lejos, serio, impenetrable. Con un movimiento en su cabeza la llamó. Alexandra para deshacerse de su madrastra se acercó.
—Es hora de irnos —soltó Gabriel con su voz grave, tajante, como si no hubiera lugar a réplica.
—¿Qué? —Alexandra lo miró incrédula, abriendo los brazos con gesto teatral—. Pero si los invitados aún esperan nuestro primer baile.
Él inclinó apenas la cabeza, sin una pizca de paciencia.
—Escucha, princesita de cristal. Tengo trabajo que hacer y necesito llegar a mi destino.El ceño de Alexandra se frunció de inmediato. No solo por el apodo que la hacía sentir tratada como una niña mimada, sino porque estaba quedando claro que su propia fiesta de bodas no era prioridad para su nuevo esposo.
—Puedes irte tú —respondió con frialdad, cruzándose de brazos—. Yo me quedaré a compartir con mis invitados.
Se dio la vuelta, dispuesta a dirigirse a la gran recepción. Pero Gabriel fue más rápido: tomó su mano con firmeza, sujetándola con la fuerza de alguien que no estaba acostumbrado a que lo desafiaran.
—Tenemos que irnos ya.
—No —Alexandra forcejeó, pero su agarre era como hierro—. Tú eres quien debería irse si tanto le urge hacerlo. Yo me quedaré.
tiempo no se detuvo, aunque a Alexandra a veces se lo pareciera.Las semanas pasaron entre consultas médicas, controles estrictos, seguridad constante y una calma tensa que nunca terminaba de asentarse. La herida del hombro sanaba bien, pero lo que había pasado dejó marcas más profundas. Gabriel no volvió a separarse de ella, aunque respetaba cada límite que Alexandra le marcaba; estaba presente sin invadir, atento sin exigir. Ethan y Mark seguían orbitando cerca, como anclas silenciosas. Y la prensa… la prensa nunca se fue del todo.Hasta que llegó ese mes.El mes en que el médico lo dijo con claridad: —En la próxima ecografía ya podremos ver el sexo del bebé.La noticia cayó como una piedra en agua quieta.Alexandra no lo celebró de inmediato. Esa noche se quedó sentada en el borde de la cama, con una mano sobre el vientre ya evidente, sintiendo cómo todo se volvía real de una forma distinta. No era solo un embarazo. Era una vida. Un futuro. Un nombre que aún no existía.Gabriel la
Las puertas automáticas del hospital se abrieron con un susurro mecánico, y el mundo les cayó encima.Primero fue el ruido.Un murmullo que creció en segundos hasta convertirse en un rugido ensordecedor. Voces superpuestas, gritos, preguntas lanzadas como proyectiles.—¡Gabriel Strauss!—¡Mírenlos aquí!—¿Es cierto que está casado?—¡Alexandra! ¡Alexandra, por favor!—¿El bebé está bien?—¿Es esta la heredera de los Strauss?Los flashes comenzaron a dispararse sin piedad, uno tras otro, cegadores, invasivos. Alexandra se detuvo en seco al sentir cómo la luz blanca le atravesaba los ojos y el estómago se le encogía de forma instintiva. Su mano fue directo a su vientre, en un gesto casi inconsciente.Gabriel reaccionó al instante.Se colocó frente a ella, girando ligeramente su cuerpo para cubrirla, y pasó un brazo firme alrededor de sus hombros, atrayéndola contra su pecho como si quisiera esconderla del mundo entero.—No mires —le murmuró, inclinado hacia ella—. Mírame a mí.Alexandra
—Señor, no puede entrar sin registrarse.La voz del personal de seguridad sonó firme en el pasillo, pero apenas terminó la frase, la puerta de la habitación se abrió de golpe. El sonido seco hizo que Alexandra se estremeciera y que Gabriel levantara la mirada de inmediato, el cuerpo tensándose como un resorte a punto de saltar.—Puede quedarse —dijo Gabriel sin apartar los ojos del recién llegado.Su tono no dejaba espacio a discusión. Había tomado la decisión horas atrás: nadie volvería a acercarse a Alexandra sin su consentimiento. La seguridad ya no era una opción, era una necesidad.El hombre que había entrado dio un paso más dentro de la habitación y, al quedar bajo la luz, Alexandra abrió los ojos con sorpresa.—¿Mark…? —murmuró.Mark estaba despeinado, con el abrigo mal puesto y el rostro desencajado. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera conducido sin parpadear desde que recibió la noticia. Al verla en la cama, con el hombro vendado y cables rodeándola, se le apretó el p
La ambulancia avanzaba con las sirenas abiertas, cortando la madrugada como una herida. Dentro, el espacio era reducido, blanco, saturado de luces frías y del olor metálico de la sangre. Alexandra yacía sobre la camilla, el rostro pálido, los labios apretados para no quejarse. Cada bache del camino le arrancaba un gemido ahogado.Gabriel iba sentado a su lado, sujetándole la mano con una fuerza desesperada, como si soltarla significara perderla.—Mírame, amor —le repetía—. No cierres los ojos, ¿sí? Háblame… dime cualquier cosa.—Me… me duele —susurró ella, con la voz temblorosa—. Pero… no quiero dormir.—No lo hagas —pidió él, inclinándose hasta casi tocar su rostro—. Aguanta un poco más, ya casi llegamos.Uno de los paramédicos revisaba los monitores mientras el otro presionaba con cuidado el vendaje del hombro.—La bala no parece haber atravesado —dijo en tono profesional—. Hay sangrado, pero está estable por ahora. El bebé no muestra signos de compromiso, pero necesitamos ecografía
Alexandra lo observó y analizó cada una de sus facciones, una sonrisa surco sus labios al pensar que su hijo, o hija iba ser un ser hermoso. Pero también estaba esa duda de si regresar o no regresar con él. Lo que tenía claro era que quería disfrutar de ese momento. Se pegó aún más al cuerpo de Gabriel y lo abrazó, el cuerpo de Gabriel se estremeció y pasó la mano por la cintura de Alexandra hasta tocar su vientre un poco abultado. — ¿Estoy soñando? — La voz ronca de Gabriel hizo eco en la habitación.— No. — Respondió Alexandra. — Es real.Sintió como Gabriel dejó un beso sobre su frente. — Te amoAlexandra ya no pudo contenerse.El llanto volvió con más fuerza, profundo, de esos que nacen en el pecho y aprietan la garganta hasta doler. Se cubrió el rostro con las manos, pero Gabriel no la dejó esconderse. La atrajo contra él con firmeza, envolviéndola en sus brazos como si quisiera protegerla incluso de sí misma.—No es justo… —repitió ella, con la voz rota—. No es justo que ahor
Alexandra dejó las llaves sobre la mesa sin encender la luz. El silencio del departamento le pesó más de lo habitual. Fue directo al sofá, abrió el portátil y escribió un solo apellido en el buscador:STRAUSSLo que apareció no fue una sola noticia, sino decenas. Titulares, columnas económicas, revistas de sociedad. Uno tras otro. Alexandra empezó a leer.LA DINASTÍA STRAUSS: EL PODER INMOBILIARIO QUE REDEFINE LAS GRANDES CIUDADESPor Redacción Economía Global | The Financial LedgerLa familia Strauss es considerada una de las dinastías inmobiliarias privadas más influyentes del mundo occidental. Con propiedades estratégicamente ubicadas en capitales financieras y zonas costeras de alto valor, el grupo Strauss controla una vasta red de edificios corporativos, complejos residenciales de lujo y desarrollos urbanos de alto impacto.Según registros públicos, la familia posee más de trescientas propiedades en al menos quince países, muchas de ellas gestionadas a través de sociedades pantal
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