Capítulo 5
—La cabina está cerrada, los pasajeros se encuentran en sus asientos y los compartimientos de equipaje asegurados. Toda la tripulación está en sus puestos; solicitamos autorización para el remolque.

Quince minutos antes del despegue, Damián escuchaba la voz de Lía a través del intercomunicador de la cabina de mando.

Era muy distinta a la mujer que apenas un rato antes le gritaba por haberle arruinado el maquillaje. En este momento, su tono era suave y profesional, como una caricia sutil que le recorría los sentidos.

Damián se quedó callado un par de segundos antes de presionar el botón de respuesta.

—Torre de control autorizó el remolque —respondió con una calma imperturbable—. El vehículo de apoyo está listo. Cabina, mantengan silencio en el sistema de voceo.

—Recibido —contestó ella.

El avión despegó sin contratiempos. Una hora después, el intercomunicador volvió a sonar.

—Capitán, el servicio a bordo ha comenzado. Algunos pasajeros mencionan que el aire acondicionado está muy bajo, así que ajustamos la temperatura a 25 grados. ¿Esto afecta en algo el equilibrio de la aeronave?

—No hay problema —aseguró Damián con seguridad—. El rango permitido en cabina es de los 22 a los 26 grados.

—Entendido.

A los costados, los copilotos se miraron entre sí y compartieron una sonrisa cómplice.

—La jefa Montiel tiene una voz increíble —comentó Santiago con una sonrisa—. Hasta se me erizó la piel al escucharla.

Matías, desde el otro asiento, le siguió el juego.

—No dejes que te engañe. No es tan dulce como suena. Cuando estaba en segundo año de la carrera, ya era famosa por ser fría con todos. Nadie podía acercársele.

—¿En serio es así? —preguntó Santiago con curiosidad—. ¿Será igual con su pareja? Qué aburrida debe ser una relación así, ¿no? Tan rígida.

Damián escuchaba todo sin decir una palabra.

“¿Rígida y aburrida?”, pensó.

Solo él sabía lo provocativa que Lía podía llegar a ser por las noches. Era como si toda su resistencia se desvaneciera bajo su tacto, volviéndose pura dulzura entre sus brazos. Sin embargo, fuera de esos momentos, la Lía de día era terca y difícil de domar.

Últimamente se estaba portando especialmente rebelde, al grado de dejarle un acuerdo de divorcio e irse de la casa.

La mirada de Damián se volvió más intensa.

—Capitán, ¿usted qué opina de Lía? —Quiso saber Santiago.

—No está mal —dijo Damián con indiferencia.

Santiago y Matías lo miraron de reojo. Por su expresión formal y la brevedad de su respuesta, pensaron que solo estaba siendo cortés.

“Quizás nos equivocamos y el capitán no tiene ningún interés en ella”, razonaron.

Matías notó el anillo de bodas en el dedo anular de la mano izquierda de Damián y trató de aligerar el ambiente.

—Bueno, el capitán tiene a una mujer maravillosa esperándolo en casa. Seguro para él su esposa es la mejor y nadie se le compara.

Damián no dijo nada, lo que ellos interpretaron como una confirmación.

Pero el intercomunicador seguía encendido.

Lía, que esperaba alguna instrucción técnica desde la cabina, terminó escuchando toda la conversación. Recordó lo que Luca le había dicho: muchos en el sector pensaban que Celeste era la esposa de Damián.

Cuando Matías dijo que “nadie se comparaba con su esposa”, se refería a Celeste. Y Damián no lo había desmentido.

“Vaya, así que para él solo soy una amante gratis y aburrida. Qué idiota me veo esperando algo más”, pensó con amargura.

Tras cuatro horas de vuelo, el avión aterrizó en el aeropuerto internacional de Silícea.

—El vuelo concluyó sin emergencias. Algunos pasajeros de la parte posterior de clase turista reportaron que un par de mesas plegables están flojas; ya quedó asentado en la bitácora de cabina.

Damián notó algo extraño al escucharla. El tono de Lía era sumamente seco, como si estuviera conteniendo el enojo. Uno que iba dirigido a él.

Arrugó la frente y presionó el botón del intercomunicador.

—Entendido, el equipo de mantenimiento se encargará de la revisión. Fue un vuelo sin incidentes, buen trabajo, Lía.

Esa última frase llevaba un matiz de curiosidad, intentando probar el terreno.

—El reporte de cabina se entregará al finalizar el turno. Hasta luego —respondió ella, ahora con una voz todavía más cortante.

Damián mostró su enojo con un resoplido.

“¿Ni siquiera me llamó capitán?”, pensó, molesto.

Cuando la conexión se cortó, Santiago hizo un gesto de escalofrío.

—¡Virgen santa! Es tan cortante como dicen. Cuando se pone así, cada palabra parece un dardo que te congela la sangre.

—Tiene demasiado carácter —agregó Matías—. No me imagino qué clase de persona podría lidiar con una mujer como ella.

Damián, con la cara endurecida por el enfado, se aflojó la corbata con una mano y salió de la cabina sin mirar atrás.

***

Lía se cambió de ropa en el área de descanso.

Al volver a Silícea, había alcanzado su límite de horas de servicio. Los últimos tres días de julio serían de descanso obligatorio; tendría que esperar hasta agosto para poder volver a hundirse en el trabajo y dejar de pensar en sus problemas.

Caminaba por el estacionamiento subterráneo del aeropuerto arrastrando su maleta cuando su celular comenzó a sonar. Era Luca.

—¿Ya terminaste tu turno?

—Sí, apenas voy saliendo.

—Espérame ahí en el aeropuerto. Voy para allá con Rocco a recogerte.

—No se molesten, mejor pido un taxi y ya.

—Bueno, está bien, pero ten cuidado. Pedí unos cortes para hacer una carne asada; hoy cenamos en casa.

Tras colgar, Lía se dirigió hacia los elevadores. En ese nivel solo había autos particulares; sería más fácil conseguir transporte en la zona de plataformas exteriores.

No había avanzado ni tres pasos cuando alguien la sujetó del brazo con fuerza.

—El auto está enfrente. ¿A dónde crees que vas? —La voz familiar de Damián resonó detrás de ella.

Lía se dio la vuelta y lo miró a sus ojos castaños.

—Si el capitán Villalobos quiere hablar sobre los trámites del divorcio, con gusto lo escucho. Si no es para eso, no tenemos nada de qué hablar. Quedé con unos amigos para cenar, así que si me disculpa... ¡¿Qué te pasa?

Antes de que pudiera terminar, Damián se agachó, se la echó al hombro y, mientras con un brazo sujetaba sus piernas para que no pataleara, con la otra mano tomó la maleta de ella y comenzó a caminar.

—¡Bájame! ¡Nos van a ver!

Él soltó una carcajada sarcástica.

—Grita más fuerte, te aseguro que todo el estacionamiento va a escuchar tus reclamos.

Lía se quedó callada, furiosa. En esa posición, con la cabeza colgando, sentía que la sangre se le subía a la cara y le costaba respirar.

Tras un momento de agitación, el mundo dejó de dar vueltas y se encontró sentada en el asiento trasero de un Bentley. Damián se acomodó a su lado y le dio una orden seca al chofer.

—Llévenos al Fraccionamiento Encinos.

—Enseguida, joven.

En cuanto el auto se puso en marcha y se le pasó el mareo, Lía intentó abrir la puerta para bajarse. Damián, que ya esperaba esa reacción, la rodeó con el brazo, la jaló hacia él hasta sentarla en su regazo y le apresó las muñecas.

Lía forcejeó, sintiendo un poco de dolor por la fuerza del agarre. Estaba que echaba chispas.

—¡¿Qué te pasa?! ¡Estás loco!

—¿Llevar a mi esposa de regreso a casa después de que se escapó cuenta como estar loco?

—¡Nadie se escapó! —reclamó ella con firmeza—. Estamos separados y vamos a divorciarnos.

Damián mantuvo el agarre en sus muñecas con una mano, mientras que con la otra la sujetaba por la cintura, obligándola a quedarse sentada de lado sobre sus piernas.

—Escúchame bien, señorita Montiel. Un divorcio no es como un truene de noviecitos de prepa. No puedes avisar que ya no quieres y largarte como si nada.

Lía trató de mantener la calma para razonar con él.

—Ya firmé ese acuerdo. Solo hace falta que pongas tu firma y podemos ir agendando la cita en el reg...

—Los rompí —la interrumpió Damián con frialdad.

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