Capítulo 7
Don Sergio, que iba manejando en el asiento de adelante, ya sentía el sudor corriéndole por la frente.

“¡Virgen santa! Si cualquier otra persona se atreviera a insultar así al joven Damián, a estas horas ya estaría muerta”, pensó.

Escuchó toda la pelea y ahora temía que, en medio de su furia, su jefe decidiera deshacerse de él también para no dejar testigos.

Don Sergio quiso subir el panel divisorio, pero le dio miedo que el ruido llamara la atención de Damián y terminara descargando su furia contra él. No se atrevía ni a respirar, deseando en ese momento ser invisible.

A diferencia del pánico del chofer, Lía, que jamás había visto el lado oscuro de ese hombre, no sentía ni un poco de miedo.

Se mantuvo firme y, separando bien las palabras para que le dolieran, le dijo:

—En serio que eres un...

Antes de que terminara de decirle “miserable”, él la agarró de la nuca y la besó con una fuerza que buscaba callar esos labios venenosos.

Don Sergio respiró aliviado y, aprovechando el momento, subió el panel en silencio.

En la parte trasera, la temperatura subió.

Era un beso con sabor a castigo que no dejaba que Lía recuperara el aire. La besó hasta que sus mejillas se pusieron rojas por la falta de oxígeno y el aire a su alrededor se volvió pesado.

Damián notó que ella dejaba de resistirse y le dio un pequeño mordisco en el labio, deteniéndose solo cuando sintió el sabor metálico de la sangre.

—En estos tres años tú fuiste la que salió ganando —murmuró él con una sonrisa burlona—. Si en serio quisiera cobrarte la factura, solo pensaría en mi placer y te haría llorar cada noche.

Lía se mordió el labio herido y se quedó callada.

Siendo honesta, en ese aspecto Damián nunca la había tratado con brusquedad.

Él volvió a besarla, esta vez con suavidad, tratando de calmarla.

—¿Será que ya te va a bajar y por eso estás tan irritable? Ya me gritaste de todo, ¿ya te sientes mejor? Si todavía estás enojada, sígueme insultando.

De pronto, a Lía le ardieron los ojos.

Sintió una punzada y las lágrimas empezaron a salir sin control.

Si ella le había dicho cosas tan horribles, ¿por qué no le daba una cachetada para que ella pudiera odiarlo de una vez por todas?

Pero no, él prefería ser tierno y consentirla.

Lía no podía con eso. Esos tipos nefastos que usan palabras dulces son los que más confunden. Hacían que se hundiera estando consciente; aunque sabía que después de la dulzura venía el veneno, no podía evitar querer probarlo.

Aparte de aquel hombre, y cuando Celeste no estaba, Damián era el hombre más paciente y cariñoso que había conocido

—Ya, preciosa, deja de pelear, ¿sí?

Damián sentía sus dedos un poco ásperos y, por miedo a lastimar la piel de su mujer, tomó un pañuelo para secarle las lágrimas con mucho cuidado. La besaba de vez en cuando, mostrándose muy paciente.

Lía se apoyó en su pecho mientras estaba sentada en sus piernas. Por ratos lloraba sin parar y luego, al acordarse de sus asuntos con Celeste, le soltaba un par de puñetazos. Él los recibía todos sin quejarse, como si no tuviera carácter.

Después de unos diez minutos, Lía se cansó de llorar y de pegarle, y se quedó recargada en él sin fuerzas. Damián le acomodó el cabello que se le había pegado a la cara y le habló con un tono suave, pero que no dejaba lugar a dudas.

—Cuando estés de malas puedes desquitarte, pero Lía, no vuelvas a mencionar lo del divorcio, ¿me escuchaste?

Lía abrió los ojos y sus pestañas estaban empapadas. Después de desahogarse, solo le quedaba la lógica. No podía dejarse engañar por este mentiroso. Por fuera la trataba bien, pero a sus espaldas siempre mantenía sus bienes bien separados de ella; se estaba protegiendo.

Si no quería divorciarse, ¿sería porque todavía quería sacarle algo?

—¿Qué es lo que quieres para dejarme libre? —preguntó ella para probarlo.

Esta vez, Lía vio cómo la mirada de Damián se volvía sombría y su actitud se tornaba más indiferente.

—¿En serio es lo único que quieres?

Un matrimonio no se trataba solo de sexo. Que se llevaran bien en la cama no significaba que pudieran estar juntos toda la vida. Al contrato de tres años solo le quedaban dos meses. En la familia Villalobos nadie la quería. Celeste siempre sería una espina clavada en su garganta. Y Damián no era tan honesto como aparentaba.

Lía asintió.

—Sí, me quiero divorciar a como dé lugar.

Damián la miró con resentimiento y, después de un momento, sonrió con amargura. Parecía que se burlaba de sí mismo o tal vez de ella.

—Está bien, nos divorciamos, pero con una condición.

Lía sintió un escalofrío. Sabía que había algo detrás.

—¿Qué condición?

—Tienes que darme un hijo para que te pueda dejar ir —soltó él con naturalidad.

Lía abrió los ojos de par en par, asombrada.

—¡¿Estás loco?!

Damián se molestó.

—Ese es el precio por haberme provocado desde el principio, y es lo que te voy a cobrar ahora.

Lía no lo entendía. Si ya se iban a separar, ¿para qué quería un hijo con ella? ¿Celeste no podía tener hijos?

Mientras más lo pensaba, más miedo le daba recordar cómo empezó su matrimonio. ¿Sería que, como Celeste era estéril, Damián la eligió a ella solo para asegurar la descendencia de la familia?

Él la sujetó de la cintura con una mano y mostró una sonrisa maliciosa.

—¿Qué dices? ¿Lo vas a pensar?

A Lía le temblaban las manos del coraje.

—¡Jamás!

Para ella, un bebé debía nacer en una familia donde hubiera amor. Ella misma había sufrido mucho por el divorcio de sus padres cuando era niña; no iba a traer a alguien al mundo solo para obtener el divorcio, y mucho menos le dejaría un hijo a los Villalobos.

Damián se rio entre dientes, fingiendo lástima.

—Entonces no hay trato. Si no nos ponemos de acuerdo, no te vas a librar de mí en toda tu vida.

Se quitó la corbata y, con unos movimientos rápidos, le amarró las muñecas por encima de la cabeza, presionándolas contra el vidrio del auto.

Lía entendió lo que venía.

—¡No te atrevas!

Él se desabrochó los botones con una mano y se quitó la camisa de seda oscura. Usó la prenda para taparle los ojos a ella. Luego, se inclinó para besarla y callar sus protestas. Ya no iba a contenerse.

—¿No que te urge el divorcio? Solo te estoy ayudando a que cumplas tu deseo más rápido.

—¡Eres un maldito! ¡Un animal! ¡Poco hombre!

Lía gritaba y lloraba al mismo tiempo. Damián pegó su frente a la de ella, respirando agitado, sin intenciones de detenerse.

—Qué bonito me hablas, mi amor.

El lujoso auto se detuvo lentamente frente a la entrada del Fraccionamiento Encinos.

El Bentley tenía vidrios oscuros que no dejaban ver nada hacia adentro, y el panel divisorio bloqueaba cualquier imagen y casi todo el sonido. Pero don Sergio podía sentir el ligero movimiento del auto. Siendo un hombre con experiencia, se bajó y se alejó de ahí.

—Ya llegó el joven.

Doña Petra escuchó el motor y salió corriendo, muy atenta, para recibirlos.

El conductor la detuvo antes de que se acercara al vehículo.

—El jefe está de malas y está castigando a la señora. Mejor no vayas a buscar problemas. Tráeme una botella de agua, que me muero de sed.

La empleada doméstica no sabía a qué tipo de castigo se refería, pero como le encantaba ver que Damián se enojara con Lía, se fue muy contenta a casa por el agua.

***

Pasó más de una hora. Lía se quedó sin voz de tanto gritar y terminó quedándose dormida por el cansancio.

Damián la envolvió en su camisa y, así, con el torso descubierto, la cargó para bajarla del auto. El hombre tenía marcas de mordidas en el hombro y varios rasguños en la espalda; parecía que él era quien había salido perdiendo en la pelea.

Cuando Lía despertó, todavía era de noche.

Se escuchaba el agua en el baño; Damián se estaba bañando. Ya no traía el vestido, sino un camisón, y sentía la piel limpia y con aroma a jabón. Era obvio que él la había aseado.

Al acordarse de que Luca y Rocco la estaban esperando para la carne asada, agarró su celular y escribió un mensaje.

“Perdón, Luca, me surgió algo y tuve que regresar a casa. Luego los invito a comer a ti y a Rocco”.

Dejó el celular y abrió el cajón del buró para sacar un frasco blanco. Sacó una pastilla anticonceptiva y trató de tragársela con esfuerzo. Sabía que este matrimonio iba a terminar tarde o temprano, así que nunca pasó por su mente tener un hijo de ese tipo.

—¿Qué te estás comiendo a escondidas?

Esa voz profunda y burlona sonó a su lado. Damián ya había salido del baño y ella ni cuenta se había dado.

Del susto, a Lía le tembló la mano.

¡Clac!

El frasco se le resbaló de la mano, cayó al suelo y rodó hasta detenerse en los pies de Damián. Él, con una sonrisa, se agachó para recogerlo.

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