Mundo ficciónIniciar sesiónDiana sostenía aquel plástico con la mano temblorosa, rogaba a todos los santos habidos y por haber que, sus temores no fueran ciertos, que todo se tratase de un susto, miedo, reacción a lo ocurrido. Ella se había imaginado ser madre, claro que se había imaginado, pero no ahora, y menos de él, ¿Cómo podía ser? De él no, no podía, simplemente no podía. Este no era su plan de vida, estaba por irse a la universidad, si esto sucedía, su madre se sentiría sumamente decepcionada, ya bastante tenía con lo que sucedió como para salir con más problemas por lo ocurrido aquella noche. —¡Dios! ¡Dios, ayúdame! ¡Por favor! ¡Por favor, que no sea verdad! ¡Por favor! —dijo Diana con voz quebrada mientras abría de a poco los ojos, tal como si eso ayudara a que sus miedos no se hicieran realidad. Para todos, Diana era la hija problemática, rebelde y sin un futuro claro, mientras que Renata, había madurado con la edad y gracias a la compañía de Giovanni. Según lo dicho por su padre, le auguraba un futuro glorioso, puesto que se iría a estudiar negocios internacionales junto a Gio a Italia. Ambos tenían planes, y prácticamente, ya tenían todo listo; la universidad, el lugar donde vivirían y sabía que tras terminar la carrera, se casarían, Diana había venido a joderlo todo, ¿Cómo? Ni ella misma lo sabía o lo recordaba. Diana estaba tan perdida en sus pensamientos que, no se percato de que su madre llevaba rato llamándola, al menos no lo hizo hasta que esta entró al baño y la vio con prueba en la mano. —¡Diana! Dime por favor que esto no es lo que estoy pensando. —dijo Marina con cara pálida ante lo que se venía sobre su hija.
Leer másDiana sentía que estaba en un sueño, sí, eso debía ser, puesto que de no ser así, ¿de qué otra manera podría explicarse que en ese momento Giovanni estuviera aferrándose a su cuerpo y sus labios de un modo como si no hubiese mañana?
Aquella joven mujer, en muchas ocasiones muy en contra de lo que debía sentir o pensar, era traicionada por su subconsciente; lo que la llevaba a perderse en sueños despierta o dormida donde aquel joven la tomaba de la mano, la miraba con ternura, con amor, solo para decirle cuánto la amaba.
En este momento, el lugar no era algo que conociera, pero no importaba; él estaba ahí y eso bastaba. Todo parecía tan real, tan verdadero; más real se sintió cuando el calor que sentía en todo su cuerpo comenzó a pedir más, comenzó a exigir más y él lo entendió.
La respuesta a lo que ella pedía no tardó en llegar, puesto que aquel hombre le arrancó hasta la última prenda que llevaba puesta. Ambos quedaron desnudos; ella lo miraba como lo más maravilloso que hubiese visto en su vida. En ese momento sintió miedo, claramente lo pudo sentir, pero esto era un sueño y en definitiva no quería despertar.
El sentir como sus labios eran aprisionados por los de él en un apasionado beso, hizo que ella regresara al momento que estaba viviendo. De un momento a otro, los labios de aquel joven hombre comenzaron a trazar un camino desde su cuello hasta llegar a aquella zona que jamás antes había sido tocada.
Cada beso, cada caricia le iba dejando claro lo hambriento y sediento que estaba de ella. Ella, por su lado, ante la inexperiencia, ante todo lo nuevo, no paraba de retorcerse entre sus manos como un pez fuera del agua; no obstante, él no se veía dispuesto a dejarla ir por lo que con sus grandes manos la aprisionó y se aferró aún más a ella.
En el justo momento en que su cuerpo pedía a gritos algo más, el bello rostro de Giovanni apareció frente a ella, le sonrió y, luego de ello, volvió a aprisionar sus carnosos labios en otro apasionado beso. Tras aquello, Giovanni comenzó a invadir su centro; aquello dolió, ardió, quemó… Ella sintió miedo, quiso llorar, quiso gritar, pero ese grito fue ahogado con aquel beso.
Como reflejo de lo que sucedía, ella buscó consuelo en las manos de él, se aferró con fuerza y no supo en qué momento su cuerpo comenzó a pedir más. El dolor había pasado; ahora sentía algo que jamás había sentido, era algo embriagante, escalofriante, algo que por inercia la hizo gritar, sí, pero ahora era un grito de placer, uno que no había sido solitario, algo que había sido mutuo.
—Renata…
—Renata…
—Renata…
Diana podía escuchar el ruido propio de la ciudad despertando que provenía de muy lejos; de entre todo ese ruido, bien pudo escuchar la voz grave y gruesa de Gio pronunciando un nombre que no esperaba escuchar.
—Renata…
Al poner más atención rápidamente se despertó; cuando lo hizo, se incorporó de golpe, miró a su alrededor; nada de lo que veía ahí le era conocido.
Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando se percató de que no estaba en una muy buena situación; por inercia se llevó una mano a la boca tratando de callar el grito ante la impresión de lo que estaba viendo: estaba desnuda, estaba en una habitación que no era suya y no estaba sola.
—¡Dios! —dijo ella en voz alta.
Aquello hizo que el hombre que dormía plácidamente a su lado despertara.
—Rini… —dijo el joven aún adormilado.
Al enfocar más la mirada, por un momento creyó estar viendo mal, pues su Rini no tenía el cabello quebrado. Al poner más atención y percatarse del rostro asustado de su compañera de cama, el sueño se le espantó.
—¡DIANA! —dijo con sorpresa y miedo. —¿QUÉ DEMONIOS? ¿QUÉ… ¿QUÉ HACÉS TÚ AQUÍ?
Los ojos de Diana se llenaron de lágrimas; ella no tenía ni la menor idea de cómo había llegado ahí; esto definitivamente no había sido un sueño.
—¡TE HICE UNA MALDITA PREGUNTA! ¡RESPONDE! ¿QUÉ DEMONIOS HACES AQUÍ?
—¡No! —dijo ella moviendo la cabeza en negación, ante el shock que representaba lo que estaba viviendo en ese momento.
—¡MIERDA! ¡MIERDA! ¡TOMA TUS COSAS Y SAL DE MI CASA! ¡MALDITA SEA! —gritó Giovanni levantándose y saliendo lo más rápido que podía de su habitación.
La cabeza de Diana le daba vueltas, su cuerpo dolía como nunca antes, tenía la boca seca y no podía negar que, por más que intentaba encontrar una explicación a lo que estaba pasando, no la hallaba.
—¿Qué demonios había sucedido? -se dijo así misma, al tiempo que recogía con rapidez su ropa, la cual estaba desperdigada por todo el suelo.
Esa misma pregunta se hacía Giovanni mientras esperaba que la joven mujer saliera de su habitación, de su apartamento. Él trataba de recordar lo que había sucedido, pero por más que intentaba hacer memoria, nada, nada llegaba a su mente.
El joven se llevó las manos al rostro ante la frustración de no poder recordar nada de lo que había ocurrido horas antes.
¿Cómo demonios había sucedido esto? ¿En qué maldito momento él había terminado metido en esta situación? Lo último que él recordaba era haber ido a un bar después de la fuerte discusión que había tenido con Renata.
--- Flashback ---
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó el joven aun sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—Gio, estamos muy jóvenes, tenemos planes. ¡Entiende! Un bebé en estos momentos solo venía a complicar nuestra vida; además, esto no era algo que estuviera a discusión. —dijo Renata como si se tratara de cualquier cosa.
—¿Cómo? —preguntó el joven aún más incrédulo. —¿Cómo demonios dices eso? ¡Yo también debía opinar!
Giovanni no daba crédito a lo que estaba escuchando, menos a los que estaba viendo.
—¡No, Gio! ¡Es mi cuerpo, era mi decisión! Honestamente, no tenía por qué pedirte permiso; te estoy avisando porque no quiero que sea algo que a futuro cause problemas entre nosotros. —dijo Renata con toda la calma y frialdad del mundo, mientras le daba un trago a la copa de vino.
—¿Problemas? ¿A futuro? —cuestionó el joven molesto.
Gio observó todos y cada uno de sus movimientos; él simplemente no podía creerlo. ¿Cómo podía actuar de esa manera? Acababa de decirle que tenía una semana que había decidido abortar a su hijo. ¿Cómo Renata podía estar ahí como si nada?
El padre de Gio toda su vida lo había enseñado a hacer lo correcto; el hecho de que Renata le hubiese dicho que estaba embarazada, lo único que provocó fue que el joven llegara a la misma conclusión que había desde siempre: se casarían y formarían una familia como la que él veía con sus padres.
Giovanni en ese momento observó a Renata; esta no era una travesura, un berrinche o un capricho. Ella sola había decidido sobre el destino de una nueva vida, una que también le concernía a él.
—¡YO ERA EL MALDITO PADRE! ¿POR QUÉ DEMONIOS TOMASTE LA DECISIÓN SIN CONSULTARME? —gritó el joven levantándose de su silla.
Él no podía permanecer ni un minuto más ahí; sabía que si lo hacía diría o haría una locura.
—¡Gio! —dijo Renata sorprendida ante la inesperada reacción de su novio.
—¡NO, RENATA! ¡NO! —gritó el joven al ver que ella le tomaba la mano para no dejarlo ir. —¿ACASO PENSASTE EN LO QUE SENTIRÍA? ¿PENSASTE EN MÍ? ¡Te puedo asegurar que no! ¡Te puedo asegurar que, tal como en muchas otras ocasiones, no lo hiciste!
El rostro de Giovanni estaba enmarcado de decepción y dolor; esto no era un “perdón, se me olvidó que nos veríamos hoy”, “perdón, se me olvidó que era nuestro aniversario”, “perdón, es que se me hizo tarde con Alexa”, “perdón, tengo planes con amigos y ellos no te caen bien”; esto iba mucho más allá de un maldito perdón.
Finalmente, se zafó y salió de aquel lugar; tras conducir por varios minutos sin un rumbo fijo, decidió ir por un trago.
--- Fin de flashback ---
—Gi… Gio… —dijo Diana caminando hacia la puerta.
El hombre se notaba furioso; él no tenía ni una idea de cómo ella estaba ahí, pero, sin duda, debía tratarse de un maldito truco inmaduro de su parte, por lo que, sin pensarlo dos veces, caminó con furia hacia ella, la tomó del brazo y dijo:
—¡Ni una maldita palabra de esto! ¿Me oyes? Si por alguna razón se te ocurre abrir la maldita boca, créeme, el mundo como lo conoces se acaba. ¡Jamás en tu maldita vida te debiste meter conmigo! ¡Renata es tu hermana! ¿Por qué demonios no pudiste dejar atrás tu maldita obsesión por mí? ¿Eh? ¡Dime!
Diana se encontraba aterrada; solo quería salir de ese lugar. No tenía una respuesta lógica a lo que había sucedido, pero algo sí era seguro; Giovanni no estaba bromeando, si él quería podía destruirla con solo tronar sus dedos.
Giovanni miró cómo los ojos de Diana estaban llenos de terror y comprendió que estaba excediéndose, por lo que soltó aquel fuerte agarre y dijo:
—¡No estoy jugando, Diana! ¡Ni una maldita palabra de lo que sucedió aquí! ¿Te quedó claro?
Diana no tuvo el valor de pronunciar más palabras; torpemente buscó la manija de la puerta, la abrió y salió corriendo de aquel lugar del que no supo ni cómo había llegado.
Rafael acompañó a Diana al lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia; al llegar ahí, se percató de que los Barzinni habían puesto mucho ahínco en esto y, considerando la situación, la verdad le sorprendió; incluso miró que su sencillo vestido desentonaba con la escena de aquel lugar.Giovanni le había dicho a su familia que lo mejor era ir al registro civil, hacer el trámite y ya, pero su padre no tomó en cuenta su sugerencia, por lo que contrató personal para que organizaran una sencilla ceremonia.El hijo bien podía negarse, pero bien parecía que eso no era una opción, no cuando Marco Barzinni ya había decidido todo. El ver que ahora, sin importarle el pasado, su padre simplemente aceptaba a la mujer que le había destrozado la vida, le causaba un gran conflicto interno, pues él juraba y perjuraba que Diana no era más que una inmadura, caprichosa y mosca muerta.—Diana… —Escuchó la joven la voz gruesa de su padre.—Padre…—¿No vino mamá? ¿Verdad? —preguntó Diana al ver que solo su
Valeria no podía negar que, ver en ese estado a su hijo, le hacía tener sentimientos no muy correctos hacia su futura esposa, pero, en gran parte de toda esta situación, su amado esposo había impuesto su voluntad y, aun en contra de lo que ella quisiera, hasta su hijo estaba respetando esta dramática decisión.Aquella mujer reconocía que había hecho terriblemente mal en no contarle a Marco lo que sucedía, pero, en la situación en la que ambos se encontraban en este momento, consideró que aquello solo lo vendría a alterar y dio por hecho que era mejor arreglar las cosas solo entre ellos.El que Diana se hubiese desmayado en su casa aquella noche, solo había venido a complicar todo, pues Marco Barzinni se había enterado de todo lo que ocurría y, la decisión que tomó no era algo que le hubiese sorprendido.--- Flashback ---—¿Usted es Marco Barzinni?—Efectivamente, y ya me cansé de ver que nada más se hacen tontos y no toman las decisiones que deben tomar.—¿Qué decisión? —preguntó Dian
Diana se miraba al espejo; no daba crédito a lo que se reflejaba en este. Se suponía que este debía ser el día más feliz de su vida o, al menos, eso es lo que muchas personas solían decir; no obstante, la joven mujer que se miraba en aquel espejo distaba de estar feliz: su rostro estaba pálido, sus labios resecos, tenía ojeras y llevaba días con severo dolor de cabeza.—Sonríe, Diana, sonríe, que esas clases de actuación rindan frutos hoy. —Se dijo a sí misma, tratando malamente de darse ánimos.Tras aquellas palabras, Diana se puso un poco de brillo labial, puso más atención a lo que se veía en el espejo y llegó a la conclusión de que ahí no había nada extraordinario.Hoy se había puesto aquel sencillo vestido blanco que había ido a comprar en compañía de Julia, quien aún seguía demasiado apenada con ella, puesto que, si no hubiera abierto su boca, si tan solo hubiese hecho como si nada ocurriera, nada de esto le estaría ocurriendo a su amiga.Luego de echarle un último vistazo a su
El futuro glorioso que habían augurado los padres de Giovanni y Renata había cambiado bastante aquella noche de verano, en donde la vida o alguien había decidido torcer los caminos de tres personas.Todos suponían que, después de lo ocurrido, estas familias romperían lazos por completo y seguirían su camino. Renata se había mudado a Nueva York, Diana se había quedado en México, Gio seguía con su vida y los pocos planes que podía recuperar; no obstante, la vida les acababa de poner una prueba bastante dura de asimilar.—Señora Barzinni, espero que ya hayan pensado en una posible solución al tema que nos tiene aquí reunidos. —dijo Esteban Montemayor con el rostro marcado por la incomodidad y la molestia.—Señor Montemayor, creo que estamos hablando entre familias de honor, por lo que yo sugiero que deberíamos dejar que nuestros hijos decidan qué consideran correcto; además, ellos ya están en edad de tomar sus propias decisiones. —dijo Valeria tomando el control de la conversación.—¿Hon





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