Mundo de ficçãoIniciar sessão
El ascensor de cristal subía en silencio hacia la planta cuarenta y dos.
Sara Navarro observó su reflejo en las puertas pulidas y exhaló despacio. Falda de seda negra, blusa blanca perfectamente planchada, carpeta con su portfolio bajo el brazo. Tres años construyendo su estudio de diseño desde cero. Tres años que se habían derrumbado en una sola noche cuando su socio —su ex— se había llevado los clientes, los contratos y hasta la cafetera. Y ahora estaba aquí. En el edificio más imponente del Paseo de Gracia, pidiendo trabajo. Reyes Corporación. El nombre resonaba en el mundo empresarial como una advertencia. Marcos Reyes había convertido una empresa familiar en un imperio de arquitectura, diseño e inversión en menos de diez años. Nadie sabía muy bien cómo. Nadie preguntaba. Los que habían intentado competir con él simplemente… dejaban de aparecer en los rankings. Las puertas se abrieron. Sara salió al vestíbulo de dirección y casi chocó con el silencio. Era la clase de silencio que se compra. Moqueta de color marfil, paredes lacadas en negro mate, una única recepcionista rubia que la miró con la expresión de quien lleva toda la mañana descartando candidatos. —Sara Navarro. Tengo cita a las once. —Lleva tres minutos de retraso —dijo la mujer sin levantar la vista del ordenador. —El tráfico en… —El señor Reyes no tolera los retrasos. — Por fin la miró. — Siéntese. Si decide recibirla, le avisaré. Sara apretó la carpeta contra su pecho y se sentó. Si decide recibirla. Fantástico. Llevaba exactamente siete minutos estudiando la línea del horizonte barcelonés a través del ventanal cuando se abrió la puerta del despacho. No salió ningún asistente. Salió él. Y Sara entendió en ese instante por qué nadie en el sector hablaba de Marcos Reyes en voz baja. Era alto. Más de lo que cualquier traje debería permitir, con una anchura de hombros que ocupaba el marco de la puerta como si hubiera sido construido para él. Moreno, mandíbula marcada, cabello oscuro ligeramente despeinado con esa clase de descuido que cuesta dinero. Llevaba la corbata aflojada exactamente dos centímetros, las mangas de la camisa blanca subidas hasta los antebrazos. Un hombre que trabajaba de verdad, no uno que fingía hacerlo. Pero fueron los ojos lo que la detuvo. Aguamarina. Un color imposible, entre el verde y el azul, que no pedía permiso para mirarte. Que simplemente te encontraba y decidía quedarse. La estaban mirando ahora mismo. —¿Navarro? Su voz era exactamente lo que sus ojos prometían. Grave, directa, sin adornos. —Sí. —Sara se puso de pie con más calma de la que sentía. — Sara Navarro. Gracias por recibirme, señor Reyes. Él no respondió al agradecimiento. Sus ojos bajaron un instante a la carpeta que ella sostenía, luego volvieron a su rostro. —Tiene quince minutos. —Se giró hacia el despacho. — No los desperdicie. La sala era todo cristal y ciudad. El ventanal ocupaba la pared entera, convirtiendo Barcelona en un cuadro que cambiaba con la luz. Sara lo notó solo un segundo porque Marcos Reyes ya estaba sentado al otro lado de una mesa de mármol negro, con los dedos entrelazados y esa expresión que probablemente usaba para cerrar contratos y terminar conversaciones. —Portfolio. —Extendió una mano sin mirarla. Sara lo abrió sobre la mesa. Él hojeó las primeras páginas con la velocidad de alguien que sabe exactamente lo que busca. Una campaña de moda. Un rediseño de identidad corporativa para una cadena hotelera. La colección gráfica que había creado para un festival de arte contemporáneo en el Born y que había ganado tres premios internacionales. Se detuvo. Sara lo vio antes de que él dijera nada. Sus dedos se habían quedado quietos sobre la última pieza. Una ilustración conceptual que había creado hacía ocho meses, durante una noche de insomnio y demasiado vino, sin ningún cliente detrás. Una mujer de espaldas frente a una ciudad nocturna, construida con líneas geométricas que al mismo tiempo eran flores silvestres. Caos y orden. Fuerza y fragilidad en la misma imagen. La había subido a su perfil casi sin pensar. El silencio en el despacho cambió de textura. —¿Esto tiene cliente? —preguntó él. Y por primera vez, algo en su voz sonó distinto. No más cálido. Pero sí más… presente. —No. Es personal. Marcos Reyes levantó los ojos de la página. Los aguamarina la encontraron de lleno, y Sara tuvo la extraña sensación de que algo acababa de ocurrir en esa sala que ninguno de los dos sabría nombrar todavía. —¿Cuándo puede incorporarse? —dijo él. Sara parpadeó. —¿Perdón? —A trabajar. —Cerró el portfolio y lo deslizó hacia ella con un solo dedo. — ¿Cuándo puede incorporarse? —Yo… no hemos hablado de condiciones, ni del puesto, ni de… —Las condiciones las fijo yo. El puesto es directora creativa. — Se puso de pie, dando la conversación por cerrada. — Lunes a las nueve. No llegue tarde. Se giró hacia el ventanal, las manos en los bolsillos, la ciudad a sus pies. Sara recogió su carpeta. Caminó hacia la puerta. Ya tenía la mano en el pomo cuando su voz la detuvo. —Navarro. Ella se giró. Marcos Reyes seguía de espaldas, mirando Barcelona. —Esa ilustración. —Una pausa. — No la venda. Esa noche, en su apartamento del Eixample, Sara abrió un vino barato y brindó sola frente a la ventana. Tenía trabajo. Tenía un jefe que parecía tallado en piedra volcánica y que probablemente nunca había sonreído en su vida. Y tenía la extraña, irracional e incómoda sensación de que el lunes iba a cambiar algo que todavía no sabía definir. Bebió un sorbo larga y lentamente. No seas ridícula, Sara. A cuarenta y dos plantas de altura, Marcos Reyes seguía frente al ventanal. Tenía el portfolio de Sara Navarro abierto sobre la mesa. En la última página. En esa ilustración. Llevaba meses buscando algo. Una visión. Un lenguaje visual para el proyecto más importante de su carrera y que ninguno de los equipos creativos que había entrevistado había sabido darle. Una desconocida lo había encontrado en una noche de insomnio. Se sirvió dos dedos de whisky y no los tocó. No la venda, le había dicho. Lo que no le había dicho era por qué. Que llevaba ocho meses con esa imagen en la pantalla de su ordenador. Que la había buscado hasta encontrar el nombre detrás del perfil. Que la entrevista de hoy no había sido un proceso de selección. Había sido una decisión tomada mucho antes de que ella entrara por esa puerta.






