Mundo ficciónIniciar sesiónSara llegó a las ocho y cincuenta y tres.
Siete minutos de margen. Los suficientes para no parecer ansiosa y los necesarios para no darle a Marcos Reyes ninguna razón de empezar el lunes con una reprimenda. La recepcionista rubia —Claudia, según la placa— la recibió con una expresión ligeramente menos glacial que el jueves. Solo ligeramente. —El señor Reyes ya está en su despacho. —Le entregó un tarjetón con su nombre grabado. Directora Creativa. Sara Navarro. — Su oficina es la 4B, pasillo izquierdo. Andrea, su asistente, la estará esperando. Sara asintió con la serenidad de alguien que no lleva el corazón intentando escapar por la garganta. La oficina 4B era todo lo que su estudio anterior no había sido nunca. Amplia. Luminosa. Con una mesa de diseño inclinada junto al ventanal, estanterías vacías esperando ser habitadas y un ordenador cuya pantalla era casi obscenamente grande. En el centro de la mesa, una tarjeta manuscrita. Solo cuatro palabras en tinta negra, letra apretada y vertical: Proyecto Arco. Hoy. 10h. Sin firma. No la necesitaba. Andrea, una chica de unos veinticinco años con gafas redondas y una tablet bajo el brazo, apareció en el umbral con una sonrisa que parecía genuinamente aliviada. —Bienvenida. Llevo tres semanas siendo la única persona creativa en este pasillo y estaba empezando a hablar sola. — Le tendió la mano. — Andrea Solís. Su asistente, su guía de supervivencia y, si me lo permite, su primera amiga en este edificio. Sara sonrió por primera vez en todo el día. —Sara Navarro. Y sí, me lo permites. —Perfecto. —Andrea entró y dejó la tablet sobre la mesa. — Le cuento lo esencial antes de la reunión. El señor Reyes no repite las instrucciones. Si no entiendes algo, me lo preguntas a mí después. No toma café pero siempre hay uno en su mesa, que nadie sabe quién pone. No sonríe, pero eso no significa que esté enfadado, significa que es lunes. O martes. O cualquier día de la semana. — Hizo una pausa. — ¿Tiene preguntas? —¿Cuánto duran las reuniones con él? —Lo que él decida. — Andrea recogió su tablet. — Y un consejo gratuito, de amiga a amiga: no lo mires demasiado tiempo a los ojos. Es… desconcertante. Sara pensó en los aguamarina del jueves. —Lo tendré en cuenta —dijo. A las diez en punto, las puertas del despacho principal se abrieron. Marcos Reyes no dijo buenos días. Dijo: —Siéntense. Y todos se sentaron. Éramos seis alrededor de la mesa de mármol negro. El director financiero, dos arquitectos del estudio asociado, Andrea con su tablet y Sara, que eligió el asiento que le daba el ángulo más discreto sobre el conjunto. No funcionó. Marcos habló durante veinte minutos sobre el Proyecto Arco. Un complejo cultural en el frente marítimo de Barcelona. Tres edificios. Un lenguaje visual único que debía conectarlos sin uniformizarlos. Identidad de marca, señalética, campaña de presentación y un concepto gráfico que, según sus palabras exactas, no podía parecerse a nada que ya existiera. Hablaba mirando los planos. Salvo cuando le hablaba a ella. —Navarro. El concepto visual que desarrolló en su trabajo personal. —No era una pregunta. — Quiero eso, pero aplicado a arquitectura viva. Espacios que respiran. —Sus ojos aguamarina la encontraron al otro lado de la mesa. — ¿Puede hacerlo? Todos la miraron. Sara dejó el bolígrafo sobre el cuaderno muy despacio. —Puedo hacerlo mejor —dijo. Silencio. Y entonces ocurrió algo que Andrea le describiría después como “un evento histórico en la empresa”: la comisura derecha de Marcos Reyes se movió. No llegó a ser una sonrisa. Pero estuvo cerca. —Bien. —Volvió a los planos. — Tienen dos semanas para el primer concepto. La reunión terminó a las once y cuarto. Todos salieron. Sara recogió sus notas. Cuando levantó la vista, Marcos seguía de pie junto a los planos extendidos sobre la mesa, y eran los dos solos en el despacho. Él no la miró. —Las referencias del proyecto están en el servidor. Carpeta Arco, acceso restringido. Le pediré a sistemas que le den clave hoy. —Pasó una página del plano. — ¿Alguna pregunta? —Una. —Sara se puso de pie. — ¿Por qué yo? Pausa. Breve, casi imperceptible. Pero Sara llevaba años leyendo el lenguaje del silencio. —Porque es la mejor opción disponible. —Sus ojos siguieron en los planos. — Eso es todo, Navarro. Sara asintió y caminó hacia la puerta. Ya conocía ese tono. Era el tono de alguien que había dado una respuesta preparada. No la verdadera. Marcos esperó a escuchar el clic de la puerta. Entonces soltó el aire que había estado conteniendo desde que Sara Navarro había dicho puedo hacerlo mejor con esa calma suya que no pedía aprobación a nadie. Se giró. El despacho estaba vacío pero todavía olía levemente a ella. Algo cítrico, limpio. Discreto de una manera que se te metía dentro sin pedir permiso. Marcos Reyes llevaba cuatro años sin dejar que nada se le metiera dentro sin permiso. Desde Isabel. Desde la noche en que encontró los mensajes. Los contratos firmados a su espalda. La sonrisa de ella al teléfono mientras él dormía a su lado creyendo que tenía un hogar. Apretó la mandíbula y volvió a los planos. Trabajo. Solo es trabajo. Se sentó en su sillón, abrió el ordenador, y durante exactamente ocho minutos intentó leer el informe financiero del tercer trimestre. No lo consiguió. Porque cerró los ojos un segundo — solo un segundo — y su cabeza hizo lo que llevaba semanas haciendo cada vez que el nombre Sara Navarro aparecía en su pantalla. Ella seguía en el despacho. En su cabeza, ella no se había ido. Estaba de pie junto al ventanal, con la luz de Barcelona cayendo sobre su perfil, y la falda de seda negra moviéndose apenas cuando se giró hacia él. Marcos se levantó despacio. No hubo palabras. No las necesitaba. Cruzó el despacho con esa calma suya que no era distancia sino control, y cuando estuvo detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su espalda, vio cómo la respiración de Sara cambiaba. —Señor Reyes… —empezó ella. —Marcos —corrigió él. Solo eso. Puso una mano en la cristalera, junto a la de ella. La otra encontró la abertura lateral de su falda con una suavidad que no tenía nada de inocente. Sus dedos avanzaron despacio, con una decisión absoluta, y Sara exhaló de golpe cuando él llegó a donde quería llegar, apartando la seda con la misma calma con la que firmaba un contrato. —Mira la ciudad —le dijo al oído. Grave. Bajo. Solo para ella. Ella obedeció. Y sus manos se aferraron al cristal cuando él… Marcos abrió los ojos. El informe financiero seguía en la pantalla. Se pasó una mano por la mandíbula y soltó el aire muy despacio. Maldita sea. Se levantó, fue hasta la ventana y apoyó la frente en el cristal frío un momento. Barcelona seguía ahí, indiferente y ruidosa, cuarenta y dos plantas más abajo. En el pasillo izquierdo, a veinte metros de distancia, Sara Navarro estaba descubriendo su nueva oficina. Y él estaba aquí. Perdiéndola. Esto no puede ocurrir, se dijo. Pero la frase sonó exactamente como todas las mentiras que uno se dice cuando ya sabe que es demasiado tarde.






