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CAPÍTULO 3 — Líneas rojas

El Proyecto Arco olía a posibilidad.

Sara llevaba tres días con los planos extendidos sobre su mesa, las referencias del servidor abiertas en dos pantallas y el cuaderno lleno de bocetos que todavía no eran nada pero que empezaban a parecerse a algo. Esa fase la conocía bien. El momento justo antes de que el caos encontrara su forma. Frágil, volátil, absolutamente suyo.

Hasta que llamaron a su puerta.

—Adelante.

Marcos Reyes entró sin esperar respuesta. Lo cual, sospechaba Sara, era exactamente lo que hacía siempre.

Llevaba el mismo tipo de traje oscuro de los días anteriores, la corbata perfectamente anudada hoy, y traía en la mano una tableta con algo que Sara reconoció antes de que él la dejara sobre su mesa.

Sus bocetos.

Escaneados. Ampliados. Con anotaciones en tinta roja encima.

—Esto no funciona. —Señaló el primero con un dedo. — El eje central del edificio B no dialoga con la propuesta gráfica. Está mirando hacia adentro cuando el proyecto mira hacia el mar.

Sara dejó el bolígrafo muy despacio.

—Con todo el respeto —dijo —, llevamos setenta y dos horas en el proyecto.

—Lo sé.

—Y estos son bocetos preliminares. No una propuesta final.

—También lo sé. —Sus ojos aguamarina la miraron fijo. — Por eso estoy aquí ahora y no en dos semanas.

Sara se levantó. No porque necesitara ponerse de pie. Sino porque sentada con él de pie se sentía en desventaja y eso no era algo que estuviera dispuesta a permitir.

Tomó la tableta. Estudió las anotaciones rojas durante diez segundos.

—¿Puedo ser directa, señor Reyes?

—Es lo único que le voy a pedir en este trabajo.

—Bien. —Dejó la tableta sobre la mesa y lo miró. — Estas correcciones me dicen lo que usted no quiere. Pero llevan tres días sin decirme lo que usted sí quiere. Y no puedo construir un lenguaje visual sobre ausencias. —Hizo una pausa. — Necesito que me hable del proyecto como si no fuera un informe. Como si le importara. ¿Le importa, señor Reyes?

El silencio que siguió tenía peso.

Marcos la miraba con una expresión que Sara no supo descifrar. No era rabia. Todavía no. Era algo anterior a la rabia. El momento exacto en que alguien decide si va a cruzar una línea o dar un paso atrás.

—Este proyecto —dijo él, con una voz que había bajado medio tono —lleva cuatro años en mi cabeza. Antes de los planos. Antes del terreno. —Sus ojos no se apartaron de los suyos. — Nació de una idea sobre lo que Barcelona podría ser si alguien se atreviera a construir para las personas y no para los inversores.

Sara no dijo nada. Esperó.

—Quiero que quien entre en ese espacio sienta que pertenece ahí. Que la ciudad es suya. —Una pausa breve, casi imperceptible, como si no estuviera acostumbrado a decir estas cosas en voz alta. — Eso es lo que quiero.

Sara lo miró un momento.

Luego tomó un lápiz, se giró hacia los planos y trazó una línea curva que conectaba los tres edificios como una respiración.

—Entonces empezamos de aquí —dijo.

Marcos bajó los ojos a la línea.

Y no dijo nada más.

Pero tampoco se fue.

Eran casi las dos cuando Sara salió de su oficina en busca de agua y algo que comer antes de que el hambre se convirtiera en mal humor.

El vestíbulo de dirección estaba en calma.

Claudia hablaba en voz baja por teléfono detrás de su mesa. El ascensor de cristal subía desde los pisos inferiores con ese silencio caro que tenía todo en este edificio.

Las puertas se abrieron.

Y Sara la vio.

Alta. Esbelta con esa clase de delgadez que parece esculpida. Un traje de chaqueta color crema que debía costar lo que Sara ganaba en un mes, con un bolso que costaba probablemente el doble. Pelirroja, con el cabello recogido en un moño bajo que no tenía un solo pelo fuera de lugar. Pendientes de diamantes pequeños, discretos, absolutamente reales.

Caminó hacia recepción como si el suelo fuera suyo.

Como si todo lo que pisara le perteneciera por derecho.

Sus ojos pasaron sobre Sara con la misma atención con que habrían pasado sobre una silla o una planta decorativa.

Ni un parpadeo. Ni un gesto.

Invisible.

—Isabel Montoya para el señor Reyes —le dijo a Claudia con una voz que sonaba a seda cara y bordes afilados. — No tengo cita. No la necesito.

Claudia cogió el teléfono sin rechistar.

Sara siguió caminando hacia la máquina de agua.

Pero algo en su pecho había dado un vuelco extraño que no supo nombrar.

Isabel.

Marcos estaba mirando la línea curva que Sara había trazado sobre los planos cuando Claudia llamó a su puerta.

Tres palabras.

Y algo que llevaba cuatro años enterrado se movió en algún lugar que creía haber sellado.

—Dígale que estoy en una reunión.

—Señor, dice que…

—Que estoy en una reunión, Claudia.

Una pausa al otro lado de la puerta.

—Entendido.

Marcos soltó el aire. Puso las manos sobre la mesa y miró la línea del plano sin verla durante treinta segundos.

Luego la vio.

Y pensó, sin quererlo, en otra línea. La que Sara había trazado sin dudar, con esa seguridad tranquila suya que no necesitaba aprobación para existir.

Entonces empezamos de aquí, había dicho.

Como si fuera así de simple.

Como si construir algo sobre ruinas fuera solo cuestión de saber dónde poner la primera línea.

Apretó la mandíbula.

Y volvió al trabajo.

Isabel Montoya salió del edificio cuatro minutos después.

Sin prisa. Con la espalda perfectamente recta y esa sonrisa suya que no era alegría sino estrategia.

Había conseguido lo que quería.

Saber que Marcos seguía aquí.

Que el partido no había terminado.

En su bolso, su teléfono vibró con un mensaje de su asistente. Lo ignoró.

Paró un taxi en el Paseo de Gracia y mientras subía lanzó una última mirada al edificio de cristal.

No había visto a nadie relevante en ese vestíbulo.

Solo una chica de falda negra con cara de estar empezando.

Isabel sonrió para sí misma.

Qué aburrido debe ser, pensó, empezar.

Esa tarde, Sara trazó la primera propuesta real del Proyecto Arco.

Líneas que respiraban. Formas que pertenecían al mar y a la ciudad al mismo tiempo. Un lenguaje visual que nacía de lo que Marcos le había dicho con la voz baja de quien no está acostumbrado a decir la verdad en voz alta.

A las siete, cuando el edificio empezaba a vaciarse, escuchó pasos en el pasillo.

Se detuvieron frente a su puerta.

No llamaron.

Pero tampoco siguieron.

Sara no levantó la vista de su mesa.

—Buenas noches, señor Reyes —dijo en voz alta.

Una pausa.

—Buenas noches, Navarro.

Los pasos continuaron.

Y Sara permitió que la comisura de sus labios se curvara apenas, en la intimidad de su oficina vacía, sin que nadie pudiera verlo.

Esa noche Marcos no durmió.

No fue una decisión. Simplemente ocurrió, como todo lo que últimamente no controlaba.

Se quedó en el salón de su apartamento del Eixample con un vaso de whisky que tampoco bebió, mirando las luces de la ciudad desde el ventanal.

Isabel había venido.

Cuatro años. Y seguía apareciendo como si el tiempo fuera una puerta giratoria y no una pared.

Pero lo que le quitaba el sueño esta noche no era Isabel.

Era una línea curva sobre un plano.

Y una voz que le había dicho ¿le importa, señor Reyes? con esa calma que era en realidad la forma más valiente de desafiarlo que había conocido en mucho tiempo.

Le importaba.

Demasiado.

El proyecto. Solo el proyecto.

Cerró los ojos.

Y su cabeza, como siempre, fue exactamente adonde no debía.

El despacho en penumbra. Solo las luces de Barcelona al otro lado del cristal.

Sara seguía trabajando, inclinada sobre su mesa, sin saber que él estaba en el umbral mirándola.

Marcos cruzó el despacho en silencio. Ella levantó la vista cuando lo sintió cerca y antes de que pudiera decir nada él tomó su mano, la ayudó a ponerse de pie con una suavidad que no esperaba de él, y la llevó hasta el ventanal.

—Marcos… —empezó ella.

—Dime que no —dijo él en voz baja, con la ciudad entera detrás. — Solo eso. Dímelo y me voy.

Sara lo miró.

Y no dijo nada.

Él tomó eso como lo que era.

Sus manos encontraron su cintura primero, con esa calma suya que era también urgencia contenida. Luego la espalda. Luego la nuca. Y cuando la atrajo hacia él y su boca encontró la de ella, Barcelona siguió ahí fuera, indiferente y luminosa, sin saber que algo acababa de romperse para siempre en la planta cuarenta y dos.

Marcos abrió los ojos.

Las luces de la ciudad. El whisky sin tocar.

Se pasó una mano por la cara y soltó el aire con fuerza.

Esto, se dijo, es un problema.

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