Sara llegó al apartamento de Marcos a las ocho y media.
Tenía la llave desde el domingo. Un gesto pequeño y enorme al mismo tiempo — de esos que Marcos hacía sin dramatismo, sin declaración, como si fuera lo más natural del mundo y precisamente por eso pesaban más que cualquier discurso.
Abrió la puerta.
El apartamento estaba en penumbra. Solo la lámpara del salón encendida y Barcelona al otro lado del ventanal con su indiferencia luminosa de siempre.
Marcos estaba de pie junto a la ventana