Marcos leyó el email tres veces. La primera rápido, como leía los informes financieros, buscando el dato central. Lo encontró en el segundo párrafo. La segunda vez despacio, línea por línea, con esa atención total suya que no dejaba escapar nada. La tercera vez sin darse cuenta de que lo estaba leyendo por tercera vez. Cuando levantó los ojos de la pantalla, Barcelona seguía ahí fuera y el reloj marcaba las doce menos diez y Marcos Reyes llevaba cuatro años siendo el hombre más controlado de cualquier sala en la que entrara. Esta noche, en su despacho vacío, con un email abierto en la pantalla, ese control tenía una grieta del tamaño exacto de una mujer con falda de seda negra y la costumbre de decir la verdad sin adornos. Se recostó en su sillón. Miró el techo. Aguamarina, entre el verde y el azul, que cuando me miras directamente tengo la sensación física de que me estás leyendo por dentro. Cerró los ojos. Tu olor se mezcla con algo que es simplemente tuyo y que no tiene
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