Mundo ficciónIniciar sesiónEl miércoles de la segunda semana, Reyes Corporación amaneció con visita.
Sara lo supo antes de llegar a su oficina. Bastó con ver la expresión de Andrea en el pasillo — esa mezcla específica de alerta profesional y curiosidad contenida que solo producían dos cosas: una auditoría financiera o Isabel Montoya. —Está en la sala de juntas —susurró Andrea cayendo a su lado mientras caminaban. — Llegó a las ocho y media. Con el señor Reyes. —¿Reunión programada? —No en mi agenda. —Una pausa significativa. — Nunca están en mi agenda. Sara asintió y siguió caminando. No era asunto suyo. Tenía una presentación preliminar del Proyecto Arco en cuatro días y todavía le faltaba desarrollar el sistema de señalética y la paleta cromática definitiva. Isabel Montoya podía reunirse con quien quisiera. Entró a su oficina, dejó el café sobre la mesa y abrió los planos. Duró exactamente veinte minutos concentrada. Entonces se abrió la puerta. Isabel Montoya entró como entraba a todos los sitios. Como si hubiera sido convocada. Hoy llevaba un vestido de punto color vino, escotado con la precisión matemática de quien sabe exactamente hasta dónde llegar, y los mismos pendientes de diamantes del otro día. Su mirada recorrió la oficina con la velocidad de una tasación — los planos, las pantallas, los bocetos pegados en la pared — antes de posarse sobre Sara con una expresión que era casi amable. Casi. —Tú debes ser la nueva directora creativa. —No era una pregunta. Era una clasificación. — Isabel Montoya. —No extendió la mano. Sara dejó el lápiz sobre la mesa. —Sara Navarro. —Sí extendió la suya. Un segundo de pausa. Isabel la estrechó brevemente, con la presión justa para que no fuera un desaire pero tampoco un gesto real. —He visto algunos de tus bocetos del Proyecto Arco. —Se acercó a la pared donde Sara había pegado las referencias visuales y los inclinó la cabeza levemente, como quien evalúa algo en un mercadillo. — Interesante. Un poco… arriesgado, quizás. —El proyecto lo requiere —dijo Sara. —Marcos es conservador en el fondo. —Isabel se giró con una sonrisa que llevaba filo debajo. — Aunque no lo parezca. Lleva años así. Hay que saber leerlo. Lleva años así. El posesivo implícito flotó en el aire de la oficina como perfume caro. Sara la miró un momento. —Gracias por el consejo —dijo con una amabilidad perfectamente calibrada. — Aunque en las tres reuniones que hemos tenido, el señor Reyes ha sido bastante directo sobre lo que quiere. Algo cruzó los ojos de Isabel. Rápido. Casi invisible. —Tres reuniones en dos semanas. —Su sonrisa no cambió. — Qué atento. —Es un proyecto importante. Supongo que le dedica tiempo a lo que le importa. —Sara tomó su lápiz. — Si me disculpas, tengo una presentación el viernes. Isabel no se movió durante dos segundos exactos. Luego asintió con la cabeza, con esa elegancia suya que no admitía la derrota porque no reconocía haberla tenido. —Por supuesto. —Se giró hacia la puerta. Ya en el umbral, se detuvo sin volverse del todo. — Bonita oficina, por cierto. La anterior directora creativa duró seis semanas. Y salió. Sara miró la puerta cerrada durante tres segundos. Luego tomó su café, dio un sorbo largo y volvió a los planos. Seis semanas, pensó. Pues que tomara nota. Marcos los vio desde el pasillo. No había planeado pasar por delante de la oficina de Sara en ese momento. Simplemente ocurrió, como demasiadas cosas últimamente que no planeaba. La puerta estaba entreabierta y alcanzó a ver el final de la conversación. A Isabel de espaldas, con esa postura suya de quien ocupa el espacio por derecho divino. Y a Sara al otro lado de la mesa, mirándola con esa calma que no era sumisión sino algo mucho más difícil de desestabilizar. Vio a Isabel salir. Vio a Sara dar un sorbo de café y volver a sus planos sin perder ni un segundo. Algo en su pecho se movió con una fuerza que no esperaba. No era ternura exactamente. Era reconocimiento. Isabel lo encontró en el pasillo. Su expresión era la de siempre — serena, perfecta, construida — pero Marcos la conocía demasiado bien. O la había conocido. Sabía leer lo que había debajo de esa superficie cuando algo la había rozado. —Tu nueva directora es interesante —dijo Isabel con ligereza. —Es la mejor opción para el proyecto. —Siguió caminando. Isabel lo acompañó, un paso atrás, como siempre había hecho. Cerca suficiente para recordarle que existía. Lejos suficiente para no parecer que lo seguía. —Marcos. —Su voz bajó un tono. El tono que antes funcionaba. — Tenemos que hablar. Del proyecto conjunto con Montoya Consulting. Los números han cambiado y creo que podríamos… —Mándame un informe. —Se detuvo frente a la puerta de su despacho y la miró por primera vez desde que había salido del ascensor esa mañana. — Por los canales habituales, Isabel. Como cualquier colaborador externo. Una pausa milimétrica. —¿Colaborador externo? —repitió ella, como si las palabras tuvieran un sabor extraño. —Es lo que eres. —Lo dijo sin crueldad y sin calor. Con la misma voz con que firmaba contratos. — Buenos días. Entró a su despacho y cerró la puerta. Isabel Montoya esperó en el pasillo exactamente el tiempo que necesitaba para recomponerse. Tres respiraciones. Hombros atrás. Mentón arriba. Luego caminó hacia el ascensor con paso firme y esa sonrisa suya que nadie sabía leer correctamente. Colaborador externo. Cuatro años. Y la estaba tratando como a cualquier proveedor de servicios. Pulsó el botón del ascensor y mientras esperaba dejó que su mirada viajara, casi sin querer, hacia el pasillo izquierdo. La puerta de la oficina 4B estaba cerrada. Isabel inclinó la cabeza levemente. Interesante, repitió para sí misma. Pero esta vez la palabra tenía un filo diferente. Las puertas del ascensor se abrieron. Isabel entró, se giró, y mientras las puertas se cerraban sus ojos permanecieron fijos en ese pasillo un segundo más de lo necesario. La chica de la falda negra acababa de dejar de ser invisible. A las seis de la tarde, Andrea asomó la cabeza en la oficina de Sara. —Sobreviviste —dijo con admiración genuina. Sara levantó la vista de las pantallas. —¿Era un test? —Con Isabel Montoya siempre es un test. — Andrea entró y se apoyó en el marco. — ¿Qué te dijo? —Que la anterior directora creativa duró seis semanas. Andrea hizo una mueca. —Eso es… técnicamente cierto. Aunque omite que la anterior directora creativa era su prima y que la colocó ella. Sara la miró. —Ah —dijo. —Sí. —Andrea recogió su tablet del borde de la mesa. — Lo que también es cierto es que el señor Reyes la despidió personalmente en la cuarta semana y aguantó dos más de presión de Isabel antes de cerrarle la puerta en la cara definitivamente. — Hizo una pausa. — Metafóricamente. Aunque tampoco descartaría la versión literal. Sara miró sus planos un momento. —¿Cuánto tiempo llevan… —buscó la palabra —…relacionados? —Comprometidos —corrigió Andrea en voz baja. — Estuvieron comprometidos. Hace cuatro años. —Sus ojos dijeron lo que su boca no dijo. — No terminó bien. Sara asintió despacio. Y de repente muchas cosas encajaron en un orden diferente. La coraza. La frialdad. Los ojos aguamarina mirando los planos como si fueran lo único en lo que podía confiar. Solo el proyecto, se había dicho a sí misma. Pero esta noche, mientras recogía sus cosas y apagaba las pantallas, Sara Navarro se permitió un pensamiento que no había planeado tener. Que detrás de esa pared de piedra volcánica había un hombre que había construido algo hermoso para una ciudad porque alguien le había destrozado la capacidad de construirlo para una persona. Y que eso, de una manera que todavía no quería examinar demasiado de cerca, le importaba. No seas ridícula, Sara, se dijo. Igual que la semana anterior. Con el mismo resultado de nula convicción. Esa noche Marcos abrió el cajón de su escritorio en casa. En el fondo, debajo de una carpeta de contratos antiguos, había una fotografía. No la sacó. Solo la miró desde arriba, con el cajón entreabierto, durante un momento que no supo cuánto duró. Isabel sonriendo. Él con la mano en su cintura. Los dos en la inauguración de su primer gran proyecto, hace cinco años. Antes. Cerró el cajón. Fue hasta el ventanal. Y en lugar de Barcelona, vio una línea curva sobre un plano. Y escuchó una voz que decía ¿le importa, señor Reyes? con esa calma que era la forma más valiente de desafiarlo. Sí, pensó. Demasiado.






