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CAPÍTULO 5 — Lo que no se dice

El viernes llegó con lluvia fina y la presentación del Proyecto Arco.

Sara había dormido cuatro horas.

No por nervios exactamente. Sino por esa energía específica que le producía el trabajo cuando por fin encontraba su forma — esa corriente eléctrica que le impedía apagar la mente aunque el cuerpo la reclamara. Había pasado la madrugada afinando detalles, ajustando la paleta cromática, eligiendo la tipografía que mejor traducía lo que Marcos le había dicho con la voz baja de quien no está acostumbrado a hablar de lo que le importa.

Quiero que quien entre en ese espacio sienta que pertenece ahí.

Había construido todo sobre esa frase.

Esperaba que fuera suficiente.

La sala de presentaciones ocupaba la esquina norte de la planta cuarenta y dos.

Todo cristal, como el resto del edificio, con una mesa ovalada para doce personas y una pantalla que ocupaba la pared entera. Cuando Sara llegó con su portátil y sus materiales, ya había cinco personas sentadas. Los dos arquitectos del estudio asociado, el director financiero, un hombre mayor con aspecto de inversor al que no reconoció y al que Andrea le había llamado simplemente el señor Villanueva, y en la cabecera, Marcos.

Corbata oscura hoy. Camisa blanca. Los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados con esa postura suya de quien escucha antes de juzgar.

Sus ojos aguamarina encontraron los de Sara cuando entró.

Dos segundos.

Luego volvieron a los papeles frente a él.

—Cuando quiera, Navarro —dijo.

Sara presentó durante veinticinco minutos.

Sin nervios visibles. Con esa voz suya que no pedía permiso para ocupar el espacio.

Mostró el sistema visual completo — la paleta, la tipografía, el lenguaje de formas que conectaba los tres edificios como una conversación en lugar de un monólogo arquitectónico. Mostró cómo la identidad gráfica nacía del mar y volvía a él. Cómo la señalética hablaba a quien no conocía el espacio igual que a quien lo visitaba por décima vez.

Cuando terminó, el silencio duró tres segundos.

Fue el señor Villanueva quien habló primero.

—Es demasiado arriesgado. —Su voz tenía el peso de alguien acostumbrado a que su opinión cierre conversaciones. — Los inversores del consorcio esperan algo más… clásico. Reconocible. Esto es demasiado conceptual para el mercado al que nos dirigimos.

Sara abrió la boca.

Pero Marcos habló antes.

—Con el debido respeto —dijo, con una calma que era también una advertencia —, el mercado al que nos dirigimos lleva veinte años consumiendo lo clásico y reconocible. Por eso este proyecto existe. Para hacer algo diferente. —Sus ojos aguamarina se posaron en Villanueva con una fijeza que no dejaba espacio para la réplica. — Si quisiéramos lo mismo de siempre, no habríamos contratado a la mejor directora creativa disponible.

Silencio.

Villanueva miró a Marcos. Luego a Sara. Luego volvió a Marcos.

—Es tu proyecto —dijo finalmente, con el tono de quien concede sin rendirse del todo.

—Siempre lo ha sido. —Marcos se recostó en su silla. — Continuemos.

Sara siguió presentando.

Pero algo había cambiado en la sala.

O quizás solo había cambiado en ella.

Porque la mejor directora creativa disponible seguía resonando en algún lugar que no era exactamente profesional, y Sara Navarro llevaba suficiente tiempo siendo honesta consigo misma como para reconocerlo.

Cuando terminó y los asistentes empezaron a recoger sus cosas, el señor Villanueva se acercó a ella con una sonrisa que llegaba tarde.

—Impresionante trabajo, señorita Navarro. —Extendió su mano. — Quizás fui demasiado precipitado en mi valoración inicial.

—No se preocupe —dijo Sara. — Las primeras impresiones son para eso. Para superarlas.

Villanueva soltó una carcajada corta y genuina.

—Me gusta esta chica —le dijo a Marcos, que había aparecido a su lado sin que Sara lo oyera llegar.

—A mí también —dijo Marcos.

Y siguió caminando hacia la puerta sin mirarla.

Sara tardó diez minutos en recoger sus materiales.

Cuando salió de la sala de presentaciones, el pasillo estaba vacío salvo por Marcos, que estaba de pie junto al ventanal con el teléfono en la mano y la mirada en la ciudad.

Sara iba a pasar de largo.

—Navarro.

Se detuvo.

Marcos no se giró.

—El concepto del tercer edificio. —Una pausa. — El que conecta el espacio interior con la línea de costa. — Otra pausa más larga. — Es exactamente lo que necesitaba.

Sara lo miró un momento.

En cuatro palabras, Marcos Reyes acababa de decirle más de lo que probablemente diría en una semana entera.

—Me alegra que funcione —dijo.

Silencio.

Marcos seguía mirando la ciudad. La lluvia había arreciado y Barcelona brillaba húmeda y gris detrás del cristal.

—¿Por qué diseño? —preguntó de repente.

Sara parpadeó levemente. —¿Perdón?

—Que por qué diseña. —Ahora sí se giró. Sus ojos aguamarina tenían esa expresión que ella había aprendido a reconocer en dos semanas. La del hombre que pregunta algo que lleva tiempo queriendo preguntar. — Podría haber hecho otra cosa. Con su perfil podría haber entrado en arquitectura, en bellas artes, en…

—Porque el diseño habla —dijo Sara. — La arquitectura construye espacios. El arte expresa. Pero el diseño habla directamente a las personas aunque no sepan que les está hablando. — Hizo una pausa breve. — Me gusta comunicar cosas que la gente siente antes de entenderlas.

Marcos la miró durante un momento que duró más de lo necesario.

—Sí —dijo finalmente, en voz baja. — Eso es exactamente lo que hace.

Y Sara no supo con certeza si estaba hablando del diseño.

Esa tarde, el edificio se vació antes de lo habitual.

Viernes de lluvia. La ciudad invitaba a casa.

Sara siguió trabajando.

No porque tuviera que hacerlo. Sino porque su oficina, con los planos del Proyecto Arco extendidos y las pantallas llenas de posibilidades, se había convertido en las últimas dos semanas en el lugar donde mejor respiraba.

A las siete y media escuchó pasos en el pasillo.

Los reconoció antes de que se detuvieran frente a su puerta.

Marcos abrió sin llamar — su costumbre, ya lo sabía — pero esta vez algo era diferente. No traía tableta ni documentos. Solo él, con la chaqueta del traje en la mano y la corbata aflojada los dos centímetros de siempre.

La miró desde el umbral.

—¿No tiene casa? —dijo.

Sara levantó una ceja. —Podría preguntarle lo mismo.

Algo cruzó sus ojos. No llegó a ser una sonrisa. Pero estuvo más cerca que otras veces.

—El proyecto puede esperar al lunes —dijo.

—Lo sé. —Sara guardó su lápiz. — Pero yo no puedo esperar al lunes cuando tengo una idea.

Marcos apoyó un hombro en el marco de la puerta. Y por primera vez desde que Sara lo conocía, no parecía estar a punto de cerrar una conversación sino de quedarse en ella.

—¿Qué idea? —preguntó.

Sara giró una de las pantallas hacia él.

—El elemento de agua. Quiero incorporar una referencia al Mediterráneo en la identidad gráfica que no sea literal. Algo que se sienta sin verse. — Señaló los bocetos. — Estoy pensando en movimiento. En cómo se mueve la luz sobre el agua antes del amanecer. Ese momento en que todo es azul y todavía no es nada.

Marcos se separó del marco.

Cruzó la oficina despacio y se detuvo junto a su mesa, mirando la pantalla.

Estaba cerca. Más cerca de lo habitual. Sara podía sentir el calor que irradiaba, la presencia física de ese hombre que llenaba el espacio de una manera que no tenía nada que ver con su tamaño.

—Azul —dijo él en voz baja, mirando los bocetos.

—Azul —confirmó Sara. — Pero no el azul que todo el mundo usa. Algo más profundo. Más honesto.

Marcos no respondió inmediatamente.

Sus ojos recorrieron los bocetos con esa atención total suya que Sara había aprendido a distinguir de la indiferencia. Cuando Marcos miraba algo de verdad, todo lo demás desaparecía.

—Hazlo —dijo.

Dos palabras. Pero en su voz había algo que no era solo instrucción profesional.

Sara lo miró de reojo.

Él seguía con los ojos en la pantalla.

Pero sus manos, apoyadas en el borde de la mesa, estaban a menos de diez centímetros de las suyas.

Ninguno de los dos lo señaló.

Ninguno de los dos se movió.

Marcos llegó a su apartamento a las nueve de la noche.

Se sirvió agua — no whisky, esta vez — y se quedó de pie en la cocina bebiendo despacio.

Diez centímetros.

Llevaba cuatro años construyendo una distancia que no tenía medida y esta noche la había reducido a diez centímetros sobre el borde de una mesa sin ni siquiera darse cuenta.

Eso era lo que hacía Sara Navarro.

No irrumpía. No forzaba. No manipulaba con la inteligencia calculada de Isabel.

Simplemente existía con esa claridad suya, y de alguna manera el espacio entre ellos se achicaba solo, como si la distancia no pudiera sostenerse en su presencia.

Dejó el vaso en la encimera.

Fue al dormitorio y se tumbó en la cama con los brazos bajo la cabeza, mirando el techo a oscuras.

Esto es un problema, había pensado la semana anterior.

Esta noche ni siquiera se molestó en decírselo.

Porque sabía, con la misma certeza con que sabía leer un balance financiero o detectar una cláusula trampa en un contrato, que el problema no era nuevo.

El problema llevaba exactamente el tiempo que llevaba Sara Navarro en su edificio.

Cerró los ojos.

Y esta vez no hubo sueño.

Solo el recuerdo real, sin adornos, de diez centímetros que no había cruzado.

Y la pregunta, cada vez menos retórica, de cuánto tiempo más iba a poder no cruzarlos.

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