La puerta de la oficina 4B se abrió despacio.
Marcos entró.
Cerró detrás de él.
Y se quedó de pie junto a la puerta con esa postura suya de siempre — manos en los bolsillos, ciudad al fondo, el peso de todo lo que no había dicho todavía ocupando el espacio entre ellos con una densidad que no dejaba sitio para nada más.
Sara no se levantó.
Lo miró desde su silla con esa calma suya que esta tarde tenía un filo que él había puesto ahí y que los dos sabían que había puesto ahí.
Esperó.
Porqu