El sábado por la mañana, Marcos Reyes salió a correr.
Algo que no hacía desde hacía tres semanas.
No porque hubiera dejado de necesitarlo sino porque las mañanas de las últimas semanas las había pasado en el despacho antes de que llegara nadie, revisando planos, leyendo informes, haciendo exactamente lo que siempre había hecho para mantener el mundo en el único orden que controlaba.
Esta mañana el despacho no era una opción.
Esta mañana el despacho tenía una oficina 4B a veinte metros y una