Sara llegó a las ocho y cuarenta.
Trece minutos antes de lo habitual.
Con ojeras que el maquillaje cubría parcialmente y una determinación en la mandíbula que no necesitaba cubrir nada.
Andrea la vio entrar desde el pasillo y algo en su expresión — esa mezcla específica de preocupación y admiración que reservaba para las ocasiones que lo merecían — dijo más que cualquier pregunta.
—Café —dijo simplemente. — Doble.
—Triple —dijo Sara sin detenerse.
Entró a su oficina.
Abrió el portátil.