El miércoles por la noche, Sara Navarro tuvo el sueño.
Los dos.
El primero empezó en el despacho de él.
Era tarde. Barcelona brillaba al otro lado del ventanal como un mapa de constelaciones privadas y el despacho estaba en penumbra, solo la lámpara del escritorio encendida, derramando una luz dorada sobre los planos del Proyecto Arco.
Marcos estaba de pie junto a la mesa, de espaldas, con las mangas de la camisa blanca subidas hasta los codos y esa postura suya de quien carga con el mundo