Mundo ficciónIniciar sesiónHace cuatro años, Elara De Luca juró vengarse. Su objetivo, Dante Montaño, el oscuro CEO al que cree responsable de la muerte de su padre. Disfrazada de la fría ejecutiva Lyra Rossi, Elara está lista para destruirlo. Pero el plan fracasa explosivamente, tras ser incriminados en un crimen que no cometieron, Dante la acorrala. Para escapar de la ley y del obsesivo Fiscal Alejandro, el Príncipe Oscuro pronuncia su ultimátum posesivo, ¡Ahora eres mi cómplice y mi coartada, y si tengo que casarme contigo para que lo entiendas! ¡Lo haré! Forzada a convertirse en la esposa de conveniencia del hombre que más odia y más desea, Elara negocia su precio, acceso total a su imperio. Ella lo ve como la llave para su Vendetta, pero la proximidad forzada en el Palazzo desata una atracción prohibida que amenaza con quebrantar su juramento. Pronto, Elara descubre la verdad, Dante fue incriminado por su propio tío. Atrapada en un juego de doble agente, debe decidir si el odio que la impulsó puede transformarse en la alianza que necesitan para sobrevivir. Un matrimonio por coartada. Un deseo irrefrenable. En este juego, la pasión es el arma más peligrosa.
Leer másPrólogo:
La tierra olía a muerte y a lluvia. Cuatro años atrás.
Elara tenía veinticuatro años, el traje de luto rígido y caro que llevaba la sofocaba. Desde hacía meses, la vida de los De Luca había sido una masacre lenta, filtraciones, juicios amañados, la caída de los negocios, el deshonor, y finalmente, la bala que borró a su padre, Marco De Luca.
No hizo de su dolor un drama, sino que lo usó como combustible, revelando una voluntad de acero. La única forma de sobrevivir era destruir al responsable.
Bajo la carpa empapada, en un cementerio de Sicilia, mientras el ataúd descendía, Elara localizó el blanco.
Estaban de pie, dos figuras vestidas de oscuridad impenetrable. Alejandro, pulcro y con el rostro serio. Pero la atención de Elara estaba en el otro hombre, el que parecía absorber toda la luz.
Dante Montaño.
Veintinueve años. La gente murmuraba que era el peón de los Montaño, el hijo adoptivo usado para los trabajos sucios. El más reciente, la estocada final contra su padre.
Dante era el rostro del deshonor y la traición.
Elara sintió el frío del odio sellarse en su pecho. Tras el velo, sus ojos no derramaron una sola lágrima, solo ocultaron su promesa.
— ¡Te juro que pagarás, Montaño! ¡Lo harás!
Dante, ajeno al juramento, solo sintió el aire más denso, un presentimiento que ignoró.
Presente, Cuatro Años Después.
Elara, ahora Lyra Rossi, se movía por el salón de cristal del hotel Palazzo Parigi. Había invertido cuatro años puliendo la máscara, pelo oscuro, traje escarlata, y confianza que podía derretir el acero. Para lograr su Vendetta necesitaba ser el centro del escenario.
Estaba en un evento de recaudación de fondos, el campo de políticos y empresarios corruptos. Pero su único objetivo era el encuentro con su enemigo.
Vincenzo De Luca, su tío, ahora el CEO de la corporación De Luca, la vigilaba desde un extremo de la sala.
— Llegó tu presa, Lyra — murmuró Sofía, su hacker, en el comunicador oculto.
— Lo veo — replicó Elara en voz baja, ajustándose el reloj.
Dante Montaño entró. Ahora tenía treinta y tres años, se había convertido en un CEO poderoso, y tenía la misma presencia oscura e imponente que ella recordaba.
Elara ejecutó su movimiento. Se dirigió con paso firme a una columna, justo donde Dante estaba por pasar, calculando cada gesto.
— Disculpe.
Se detuvo bruscamente, forzando la proximidad, Elara elevó la copa y con una precisión mortal, la inclinó. El líquido frío cayó sobre el puño del traje de Dante.
— ¡Oh, lo siento! — exclamó ella con falso pánico.
Dante se giró, su mirada gris chocó con la suya, y el aire se cargó de una amenaza eléctrica.
— No importa — Su voz fue grave y cortante.
— Claro que importa — insistió Elara, avanzando medio paso. Quería forzar sus límites para ver su reacción.
— Señorita Rossi, ¿verdad? — preguntó Dante, sin quitarle los ojos de encima. Su cuerpo estaba tenso.
Elara sintió el calor, una atracción oscura y animal no deseada. Su plan era enfadarlo, no encender una chispa.
— Lyra — corrigió ella.
Justo en ese instante, apareció Alejandro Marchesi, el Fiscal Jefe, carismático y con su eterna sonrisa de tiburón.
— Montaño, deberías tener más cuidado. El champagne es caro — dijo Alejandro, pero su mirada estaba totalmente fija en Elara, con un brillo calculador.
— Alejandro — Dante solo asintió, sin cordialidad.
— Me disculpo, caballeros. Debo irme.
Pero, Alejandro fue más rápido, interponiéndose.
— ¡No tan rápido, Lyra! Me gustaría conocerte mejor.
— Y a mí no me gustaría — espetó Dante, cortante, en un tono de pura territorialidad.
Entontes, un camarero se resbaló con una bandeja llena de copas, y el sonido fue un estruendo agudo que congeló el salón.
— ¡Fuego! — gritó alguien, y el pánico se esparció.
Dante reaccionó primero. La agarró del brazo con una fuerza que le quitó el aliento y la arrastró detrás de un pilar de piedra.
— ¡Muévete! — Su voz fue una orden.
Elara se sintió desconcertada, su enemigo la protegía.
— ¿Qué haces, Montaño? — siseó Alejandro, ofendido.
— ¡Protegernos! — gruñó Dante.
Elara sintió la mano de Dante en la parte baja de su espalda, empujándola hacia una salida lateral. La urgencia, el peligro y el contacto no deseado se fusionaron en una oleada de atracción oscura.
— ¡Salgamos de aquí! — dijo Dante, con su respiración agitada.
— ¡No voy contigo a ninguna parte! — replicó Elara, sacudiéndose.
— ¡No tienes opción, ya nos vieron juntos! Serás un daño colateral.
Elara dudó, pero él tenía razón. Ahora, su Vendetta se estaba complicando.
Ya en el aparcamiento, la tensión era insoportable.
— ¿Qué demonios fue eso? — preguntó Elara.
— Un camarero torpe, o alguien que quiere hacerme la vida imposible. Yo apuesto por lo último — dijo Dante.
— Y ahora a ti también, ¡Gracias por el champagne! — La ironía de Dante fue venenosa.
Pero antes de que Elara pudiera responder, un grito de dolor resonó. Un hombre de seguridad, con el rostro desencajado y la camisa empapada en sangre, corrió hacia ellos.
— ¡Señor Montaño! ¡Ayuda! — gritó antes de desplomarse, cayendo en los brazos de Dante.
Dante lo sostuvo brevemente antes de bajar el cuerpo al suelo, y Elara pudo ver la sangre que brotaba de la herida mortal.
— ¡Está muerto! ¡Ha sido apuñalado! — El capitán de seguridad del hotel gritó, acercándose.
— ¡Dante Montaño! — gritó con voz autoritaria, apuntándole con su arma.
— ¡Usted! ¡Lo vi discutiendo con el agente hace un momento! ¡Es el asesino!
Elara sintió un escalofrío. No, Dante no había sido, pero la trampa... la trampa estaba montada, y la acusación había sido inmediata. Alguien más quería a Dante fuera del tablero.
Elara tenía al hombre que había jurado destruir en la mira de la justicia, su momento había llegado, Pero la visión de Dante, y su rostro contraído por la furia de la incriminación, la hizo vacilar.
— ¡Nos vamos! — ordenó Dante, agarrando a Elara con una fuerza renovada, ignorando la pistola.
— ¿Y qué hay de mí, Montaño? ¡Soy Lyra Rossi!
— ¡Ahora eres mi cómplice! ¡Y también mi coartada!
Dante le propinó un codazo brutal al capitán, arrojándolo al suelo.
— ¡No te atrevas a acusarme! — siseó Dante.
Acercó su rostro al de Elara, con esos ojos grises llenos de fuego oscuro. La proximidad de sus bocas, la adrenalina y el peligro, crearon un momento de deseo intenso e inoportuno.
— ¡Y tú tampoco! — susurró.
Elara se encontró atrapada, y su Vendetta en riesgo por la atracción innegable. La mano de Dante se cerró alrededor de su muñeca, guiándola hacia un callejón oscuro.
Elara, percibió un destello. Miró por encima del hombro y vio a Vincenzo De Luca, su tío, en la azotea del hotel, observando con una sonrisa de depredador satisfecho, mirando a Dante.
Su tío había orquestado el asesinato, no Dante. Y ahora, no solo la había incriminado, sino que había convertido al supuesto asesino de su padre en su inesperado cómplice.
Dante la empujó a la oscuridad. Elara corrió, sabiendo que acababa de entrar en una alianza con el hombre equivocado, mientras su tío observaba la cacería. Y en el fondo, sintió que el peligro era el único lugar donde podía respirar cerca de él.
El interior del sedán plateado olía a cuero caro y a una sofisticación que cortaba el aliento. Elara se hundió en el asiento, con la piel erizada. A su lado, Sofía se quitó las gafas de sol, revelando una mirada que ya no era la de la hacker sumisa, sino la de una mujer que había aprendido a comer fuego.— ¿Quién eres? — logró decir Elara. Su voz vibró con un resentimiento que le quemaba la garganta. Había confiado en ella. Le había abierto su seguridad, y sus miedos.— Tu mejor aliada. Y la peor pesadilla de Nicolás Leone — respondió Sofía. Su tono era gélido, pero sus dedos temblaron levemente al acomodar un mechón de su cabello — Mi padre me vendió a él como si fuera ganado para cerrar un trato de puertos. Fui su esposa, su trofeo y su sombra.Elara sintió una punzada en el vientre, un
La libertad de Elara se vendió con un cheque de siete cifras y el sello de los De Luca. Salvatore dejó los documentos sobre la mesa de la comisaría con una sonrisa que no llegó a sus ojos de tiburón.— Ella sale conmigo. Órdenes directas de Vincenzo — sentenció Salvatore. Los agentes de la Interpol, con los bolsillos recién engrasados, ni siquiera se atrevieron a mirar a Elara a la cara.Dante, sin embargo, no tuvo precio. Dos guardias lo levantaron del suelo, sus cadenas golpeando el cemento. Elara intentó girarse, con la mano apretada contra su vientre, pero Salvatore la sujetó del codo con una fuerza que le dejó marcas lívidas.— ¡Dante! — el grito de Elara fue una súplica rota que se perdió en el pasillo de baldosas blancas.Él levantó la vista. El « Carnicer0 de Palermo » tenía el rostro cubi
El eco de una carpeta golpeando la mesa de metal sonó como una guillotina. Elara apretó los muslos, sintiendo una punzada líquida y caliente recorrer su vientre.— Su propio padre, Elara — escupió el interrogador, un hombre cuya sombra se proyectaba como una mancha sobre ella — Vincenzo De Luca ha sido muy claro. Usted dio la orden. Usted quería la corona.— Es mentira — jadeó Elara, su voz fue un rasguño seco. El aire de la sala era escaso, viciado. Se aferró a la mesa, sus nudillos blancos destacando sobre el acero frío — Mi tío... él solo quiere el control.Al otro lado del cristal unidireccional, Dante Montaño sentía que sus pulmones se llenaban de astillas de vidrio. Sus manos, encadenadas a la barra de la pared, sangraban por el esfuerzo de querer atravesar el muro de hormigón.— Mírala bien, Montañ
El frío del aire acondicionado en la furgoneta blindada fue un látigo sobre la piel mojada de Elara. No hubo despedidas. El metal de las esposas se cerró sobre sus muñecas con un clic definitivo.— ¡Dante! — el grito de Elara murió cuando un agente la empujó hacia el interior del vehículo.Dante forcejeó, sus músculos tensos bajo el peso de tres hombres que lo inmovilizaban contra la arena. Sus ojos buscaban los de ella, una mezcla de rabia animal y una agonía silenciosa que le desgarraba el pecho.Vio cómo se llevaban a la mujer que amaba, la misma que minutos antes le había jurado desprecio. El vacío que dejó su ausencia fue un golpe más letal que cualquier culatazo de fusil.Media hora después, Dante estaba encadenado a una mesa de acero en una sala que olía a ozono y a desesperación. Una sola bombilla oscilaba
El agua del Mediterráneo era un sudario que succionaba el aire de los pulmones de Elara. Dante emergió de la negrura, arrastrándola hacia la superficie mientras el yate exhalaba su último aliento de acero y fuego detrás de ellos.A pocos metros, un bote salvavidas cabeceaba sobre las olas impregnadas de combustible. Una figura ensangrentada y tambaleante se aferraba a los remos, Alejandro. Sus gemelos de oro habían desaparecido, y su rostro era una carnicería de cortes y hollín.— ¡Súbela! — rugió Dante, su voz era una vibración gutural mientras empujaba el cuerpo inerte de Elara hacia el borde de la balsa.Alejandro agarró a Elara por las axilas, tirando de ella con una fuerza desesperada. Dante se aferró al borde, sus dedos hundiéndose en el plástico reforzado, cuando un grito ahogado emergió del agua, a unos metros de distancia.
El metal del yate aullaba bajo el castigo de las ráfagas de calibre 50. Lo que hace minutos era un palacio flotante, ahora era una caja de resonancia donde las balas rebotaban contra la madera pulida.Los hombres de Alejandro, superados en número y atrapados en su propia arrogancia, respondían al fuego desde la cubierta superior. Los gritos de agonía se mezclaban con el siseo del agua que empezaba a entrar por los ojos de buey reventados.Dante rodó por el suelo, arrastrando a Elara hacia la zona de servicio. El calor en el pasillo era un muro sólido, una tubería de gas se había fracturado tras la primera explosión, convirtiendo el centro de la nave en un horno.— ¡Muévete, Elara! — rugió Dante, su voz rasgada por el humo. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban mientras empujaba a la mujer hacia el único sector que no estaba bajo el fuego directo de las ametralladoras.Una detonación sorda sacudió el casco. El yate se inclinó violentamente hacia estribor, lanzándolos contra las pare





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