Mundo ficciónIniciar sesiónEl edificio de Montaño Global se alzaba como un coloso de acero y cristal que vigilaba Milán con arrogancia. Elara ajustó los puños de su chaqueta blanca frente al reflejo del vestíbulo.
— Recuerda que eres Lyra Rossi — la voz de Sofía vibró en el auricular invisible — Eres la CEO de Rossi Consulting y no su esposa sumisa.
— Soy su peor pesadilla, Sofía — respondió Elara en un susurro — Solo que él aún no lo sabe.
Las puertas de la sala de juntas se deslizaron con un siseo neumático, el aire acondicionado mantenía una temperatura polar que erizaba la piel.
Dante Montaño ocupaba la cabecera, revisaba una tableta con la intensidad que lo caracterizaba y no levantó la vista cuando ella entró. Elara se sentó a su derecha en un silencio que se prolongó diez segundos exactos, esto era un insulto calculado y profesional.
— Los informes de viabilidad, Rossi — dijo Dante al fin. Su voz fue como un latigazo de pura indiferencia.
— Los informes están en tu servidor desde las seis de la mañana, Montaño — replicó ella mientras cruzaba las piernas con parsimonia.
Dante bloqueó el dispositivo y la miró, sus ojos grises eran dos balas de plata que parecieron perforar su máscara de calma.
— Esta reunión es para adultos — él se inclinó hacia ella e ignoró al resto de los ejecutivos presentes en la sala.
— Tu consultoría es un accesorio decorativo para mi balance — continuó él con desprecio — Limítate a asentir y a no estorbar.
— Te casaste con el accesorio, Dante — Elara sostuvo su mirada sin retroceder — Eso te convierte en un comprador compulsivo o en un hombre desesperado.
Dante apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se tensaron, pero al hacerlo, Elara notó un detalle crucial. En el dorso de su mano derecha, una venda colocada de forma descuidada ocultaba una herida fresca, y los bordes estaban inflamados y rojizos.
Él se puso de pie para proyectar una gráfica en la pared. Elara sonrió para sus adentros al confirmar que no era un rasguño accidental, eran nudillos rotos. La señal inequívoca de quien ha golpeado algo, o a alguien, con violencia salvaje durante la madrugada.
— ¿Te duele la mano, querido? — soltó ella con una dulzura fingida que goteaba veneno — Pareces haber tenido una noche agitada.
Dante se tensó de inmediato, y el puntero láser que sostenía tembló un milímetro antes de que escondiera la mano en el bolsillo.
— Concéntrate en los números, Lyra — sentenció él con frialdad — Si es que tu intelecto te permite entenderlos.
La reunión terminó de forma abrupta. Mientras los ejecutivos salían en fila, Elara se demoró cerca de la cafetera del pasillo.
— Dicen que él mismo se encargó del agente en el hotel — murmuró un analista a su compañero sin notar la presencia de Elara.
— Disfruta limpiando sus propios desastres — respondió el otro — Es un animal cuando alguien se interpone en su camino.
Elara se quedó inmóvil, el dossier de Lorenzo describía a Dante como un estratega que delegaba la sangre en otros subordinados. Sin embargo, en los pasillos de su propio imperio, lo pintaban como un verdugo activo. Dante parecía ser el chivo expiatorio perfecto para cualquier pecado.
Caminó hacia el despacho principal y entró sin llamar, Dante estaba frente al ventanal de cristal observando la ciudad como un monarca oscuro.
— Tu propia gente te tiene miedo, Dante — dijo ella cerrando la puerta tras de sí — Creen que eres un carnicer0.
Él se giró con lentitud, la luz del atardecer recortaba su silueta atlética y lo hacía parecer aún más alto y más imponente.
Caminó hacia ella con pasos felinos hasta que la punta de sus zapatos tocó los de Elara, su aroma a sándalo y peligro la rodeó deliciosamente.
— El miedo es mucho más barato que la lealtad — dijo él bajando la voz — Y te aseguro que dura mucho más tiempo.
Dante extendió la mano herida y le acarició la mejilla con el pulgar, el roce le produjo un estremecimiento eléctrico y le erizó el vello de la nuca.
— ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Lyra? — susurró él mientras sus ojos escaneaban cada milímetro de su rostro.
— No soy un objeto diseñado para tu agrado, Montaño — respondió ella sintiendo que el aire empezaba a faltarle.
Él se inclinó hasta que sus labios rozaron su oído en una caricia que sabía a amenaza, Elara sintió que calor de su cuerpo comenzaba a subir.
— Lo que me gusta es que mientes tan bien que casi te crees tus propias mentiras — soltó él con una seguridad aterradora.
El corazón de Elara dio un vuelco violento contra sus costillas, ¿Se refería a su papel como consultora o sabía que era una De Luca? Luego, Dante la soltó con brusquedad y regresó a su escritorio de ébano, recuperando su máscara de absoluta impasibilidad corporativa.
— Prepárate — dijo él sin mirarla — Mañana cenamos con mi padre, y Giacomo no es tan caballeroso como yo.
Elara sintió un escalofrío, la mención del patriarca Montaño significaba que la red se estaba cerrando sobre ella más rápido de lo previsto. Abrió su bolso para buscar su teléfono y sintió algo extraño, sus dedos rozaron un relieve metálico que no debería estar allí.
Palpó el forro interior con cuidado, y sus uñas se hundieron en una pequeña protuberancia circular oculta tras la tela de seda, era un micrófono de alta frecuencia. No era tecnología de Sofía, alguien la estaba escuchando desde dentro del Palazzo Montaño.
Un terror frío le subió por la columna, si el micrófono estaba allí desde la mañana, su conversación con Sofía sobre su identidad estaba perdida, levantó la vista con lentitud, y Dante estaba apoyado en el umbral de la puerta lateral observándola con una intensidad depredadora.
Sus ojos grises no mostraban emoción alguna, solo una curiosidad letal que la dejó paralizada frente al escritorio.
— ¿Has perdido algo, querida? — preguntó él con una sonrisa que no llegó a sus ojos — Pareces haber visto a un fantasma.
Elara apretó el bolso contra su costado, el peso del secreto quemaba a través del cuero y la mirada de Dante era una sentencia.
— Solo buscaba mis llaves — mintió ella intentando que su voz no temblara bajo la presión del descubrimiento.
— No las necesitarás — respondió él mientras se acercaba de nuevo — Esta noche la seguridad será mucho más estricta.
Dante le puso una mano en la base de la espalda, y el contacto, que antes parecía atracción, ahora se sentía como una cadena de hierro.
— Vamos a casa, esposa mía — añadió él con un énfasis perverso — Tenemos mucho de qué hablar antes de la cena familiar.







