En el comedor del patriarca Giacomo Montaño el aire pesaba como el plomo, Elara sentía la presión del diamante negro en su dedo mientras Giacomo la escaneaba con ojos de reptil.
— Una Rossi — murmuró el anciano, su voz era un crujido de hojas secas que rompía el silencio sepulcral del recinto — no sabía que mi hijo había desarrollado un gusto por las consultoras de clase media.
Dante no levantó la vista de su plato, pero el sonido de sus cubiertos chocando contra la porcelana resonó, y Elara so