El aire en la suite era denso. Elara, permanecía inmóvil, escuchando el silencio opresivo, a pocos centímetros, el hombre que representaba su destrucción respiraba con una regularidad mecánica que ella envidiaba.
Cuando de repente, el ritmo cambió.
Un gemido sordo, casi animal, rompió la calma, y Elara se tensó, y giró la cabeza. Dante Montaño, el Demonio de Milán, estaba librando una batalla en su propia mente, de nuevo.
Sus párpados temblaban, y una fina capa de sudor cubría su frente, brillan