Mundo de ficçãoIniciar sessãoArthur no quería engañar a su esposa, pero no podía seguir amándola. Una familia era todo lo que Lauren deseaba en el mundo, él, en cambio, le daría el divorcio.
Ler maisComo su esposa no regresaría de sus viajes de negocios hasta la mañana del día siguiente, Arthur Maslo consideró una buena idea invitar a Alison a pasar la noche en su casa. Le haría el amor varias veces como el buen amante que sabía que era y la despediría llegado el amanecer. Él ya estaba casado y no le interesaba un segundo compromiso. Para su suerte (era un hombre de mucha suerte) a las jovencitas de veinticinco años tampoco les gustaba el compromiso.
-Siéntete cómoda. –dijo Arthur usando una voz de caballero que podía engañar a cualquier mujer.
-Wow. –dijo Alison dándole la vuelta con su mirada a la casa.
Las paredes y el suelo estaban recubiertos por mármol ofreciéndole un aspecto inmaculado. Las vidrieras eran de colores diferentes y en el centro de la estancia se alzaba una escalera paralela con barandillas de madera caoba, pulidas y brillosas. Cada escalón estaba cubierto por una alfombra persa y una ornamentación vegetal justo al final de la misma. –No imagino el precio que pudiste haber pagado por esta mansión.
-No exageres, por favor. Es solo una casa grande con un buen diseño de interiores. –explicó sin querer sonar con falsa modestia. Era cierto, había adquirido la casa por un precio promedio y había sido remodelada hasta triplicar su costo.
-¿Vives tú solo? –preguntó Alison mientras era llevada por Arthur a la cocina que no era menos elegante que el resto de la casa.
-Así es. –mintió sin corte ni vergüenza.
Estaban en torno a una isla de granizo azabache. Arthur le combinó una copa de vino rosa, mientras que él se conformó con un merlot de arándano rojo; su favorito. La atracción entre ambos se hacía palpable, aunque ninguno de los dos quería precipitarse. Aquello pretendía ser más que treinta minutos de deshago sexual.
-¿Por qué terminaste con tu esposa? –preguntó Alison humedeciendo sus labios con el borde de la copa. Arthur trataba de no fijarse mucho en estos detalles o saltaría por encima de la isla para alcanzarla.
-Eh… -se hacía un lío cada vez que se lo preguntaban. Debía inventarse algo que fuera creíble y simple así no tendría que extenderse demasiado en la mentira o podrían descubrirlo. –Ella quiso mudarse a Europa, pero yo no quería dejar a mi papá aquí. Él es un hombre anciano y desde que mi mamá falleció ha estado solo.
-Lo lamento. –se compadeció Alison. Solo la última parte era cierta.
-En fin, no me gusta hablar temas tan personales con personas a las que todavía no conozco tan bien. –dijo Arthur deseando desviar la plática a otro sentido, uno más placentero. Alison compartía sus mismas intenciones.
-¿Y qué puedo hacer para cambiar eso, señor Maslo? –dijo juguetona. Arthur extendió una sonrisa de victoria y dejó su copa sobre la isla junto a su vino rosa.
Con cortos pasos se acercaron el uno al otro y fundieron sus bocas en un beso cargado de mucho deseo mientras que se abrazaban con tanta fuerza que las vestiduras negras que casualmente ambos vestían se mezclaban siendo incapaz de reconocer cuál prenda era de quién. Alison llevó sus delicadas manos hasta su cabello tupido y suave sin dejar de saborear el dulce licor residual de sus labios. Gimió, ansiosa de probar más de él. Sin embargo, el arranque pasional que los dos codiciaban fue frenado por el timbre del celular de Arthur.
-Aguarda un momento. –dijo sintiéndose muy avergonzado. Sacó el celular de su bolsillo y ojeó la pantalla solo para confirmar que se trataba de su padre. Solía llamar muy frecuentemente y no había ocurrido el primer caso en que Arthur no le respondiera, esa noche no se daría la excepción.
-Tengo que contestar. No tomara mucho tiempo –se disculpó Arthur, tuvo la suerte de que su conquista de la noche hubiera sido una joven muy sensata.
Alison rescató su copa de vino y volvió a la sala principal en lo que Arthur se desocupaba. Se paseaba con lentitud, admirando cada detalle; desde el diseño hasta la más simple decoración. Era una casa tan perfectamente planeada que ningún objeto se escapaba de la temática del diseño, era un diseño contemporáneo y minimalista. La casa era una verdadera obra de arte. No podía esperar para ver el dormitorio.
Se giró luego de oír la puerta de madera caoba abrirse. Una mujer alta y bonita, de ojos color verde azulado y dueña de una larga cabellera rubia alisada se hacía paso a la sala, arrastrando detrás de sí una maleta de rueditas.
-Buenas noches, espero no ser inoportuna. –dijo la recién llegada, recorriendo con su mirada los rincones de la casa, como si buscara a alguien.
-Hola. –dijo Alison viéndose ingenua. Quedaba inferior en presencia de aquella diosa griega. Ni siquiera sus tacones de aguja podía alcanzarla.
-¿Quién eres? –inquirió la primera mujer, dejando su bolso de mano sobre la cajonera más cercana y quitándose su reloj pulsera de piedras.
-Mi nombre es Alison y soy una amiga de Arthur, acabamos de conocernos. –explicó la joven bajo su atenta mirada. Preguntó lo siguiente con mucho temor: -¿y tú quién eres?
-Me llamo Lauren y soy la esposa de Arthur. –confesó con una verdad tan abrumadora que erizó la piel de Alison. Quedó perpleja, como una niñita tonta a la que le acababan de tomar el pelo. Solo se reafirmaba en su sentimiento de ingenuidad.
Entonces, la suerte de Arthur pareció abandonarlo en el peor momento. Llegó a la sala viendo la pantalla de su celular, tan insipiente.
-Una disculpa por eso, era mi papá. –cuando levantó la mirada vio a ambas mujeres en medio de la sala. Recibió la atención de las dos al mismo tiempo.
-Me habías dicho que eres soltero. –acusó Alison. Fue entonces cuando Arthur cayó en cuenta de la seriedad de la escena.
-Puedo explicarlo. –se precipitó bajando un par de escalones que dividían la sala de la cocina. –No te he mentido, ya no estoy casado. Díselo. –se giró buscando el apoyo de Lauren.
-¿Cómo has podido hacerme esto? –añadió Lauren adoptando el rol de víctima con mucha naturalidad. Arthur la miró con asombro, incrédulo de lo que estaba haciendo.
Alison se rehusó a oír pretextos y lo abofeteó. La esposa frunció los labios sintiendo el golpe en su propia piel. Creyó que estaba de más en aquella discusión y siguió sigilosa hasta la cocina.
-Eres un idiota. –lo insultó Alison. Enrolló su bufanda en su cuello y se dio media vuelta rumbo a la salida.
-Alis, espera por favor, déjame explicarte. –insistió Arthur siguiéndola hacia afuera. No le importaba tanto el haber perdido una conquista, le importaba más dejar en claro su reputación, sin embargo, la joven ofendida no tenía el orgullo suficiente como para esperar explicaciones.
Al cabo de un rato, Arthur regresó al interior de la casa derrotado. Pasó a la cocina en donde encontró a Lauren, apacible mientras bebía de su copa de Merlot. Su mirada inquisidora la obligó a defenderse.
-Perdóname. No pensé que reaccionaría así.
-¿Cómo creías que reaccionaría si una mujer extraña entra y dice que es la esposa del hombre que acababa de conocer? -preguntó con voz severa. Lauren hacía uso de todas sus fuerzas para no echarse a reír. Verlo con esa actitud siempre causó en ella un extraño placer.
-Pensé que al menos te daría la oportunidad de explicarte, luego yo te apoyaría. -dijo llevándose la copa de Merlot a los labios para disimular una jocosa sonrisa que empezaba a extenderse. -Además, te acabo de hacer un favor. Deberías agradecerme, de no haber sido por mí estarías en prisión. Cuando la vi bebiendo alcohol quise pedirle una identificación.
-Tenía la edad suficiente para beber y para hacer otras cosas. -aclaró Arthur empezando a calmarse, no conseguiría nada con su irascible actitud.
Se acercó a su esposa pretendiendo quitarle la copa de Merlot que, sea dicho de paso, era suya. No obstante, Lauren se rehusó.
-Ahí tienes vino, bebe de él.
-Me gusta más el Merlot, lo sabes. -antes de poder arrancarle la copa Lauren, más ágil, se la vació en un solo trago.
-Sí, lo sé. -le dijo regresándole la copa vacía. Arthur suspiró.
-Me habías dicho que volvías mañana por la mañana. -le recriminó mientras se servía más Merlot. No limpió el pintalabios rojo que Lauren dejó en la copa, en cambio, bebió encima de él.
Se dirigió a la sala siguiéndola, esperó de pie viéndola revisar en su equipaje que tuviera todo.
-No. Te había dicho que tal vez volvía mañana, en caso de que la tormenta eléctrica persistiera, pero no fue así. –Arthur ya estaba de cara a ella, tan cerca que el tenue aroma del licor excitó las pupilas gustativas de Lauren quien le arrebató la copa, pero esta vez solo le robó un sorbo que calmó su sed, luego la devolvió.
-Hubiera sido lindo que me lo dijeras.
-¿Por qué? ¿Te habrías ido a un hotel con la quinceañera esa? –dijo sin quitar su vista de su estuche de maquillaje. Arthur sonrió levemente.
-Vaya, en serio te dolió que hubiera sido más joven que tú. –hizo lo posible por no sonar ofensivo, no era su intención.
-Da igual la edad que tuviera. –dijo guardando el estuche y enfocando su atención en él. Sus brazos estaban en su cintura. -Que te dejen por alguien que es superior o igual a ti; duele, pero que te dejen por alguien que es inferior ofende. Así que a partir de nosotros, en tu vida no puede haber mujeres que sean inferiores a mí, en todos los sentidos.
Arthur pensó que sería difícil, pocas mujeres poseían sus cualidades. De pronto la distancia entre ambos se hizo muy reducida. Aunque su relación hubiera terminado desde hacía ya un tiempo, sus cuerpos todavía mantenían una conexión no tangible.
-Agradecería que la próxima vez me tuvieras el respeto de por lo menos márchate a un hotel. –dijo Lauren rehusándose a escuchar las ansias de su cuerpo, antojado del manjar que tenía en frente.
-Te recuerdo que fuiste tú quién empezó con estos jueguitos de amantes. –dijo Arthur que a diferencia de ella se entregaba a los deseos de la carne.
-Lo mío es diferente, yo no traigo hombres con tanta frecuencia. Además fuiste tú quien metió a la primera amante aquí cuando todavía éramos un matrimonio, aparentemente feliz. –dijo Lauren clavando el puñal, matando cualquier tensión que hubiera existido. -¿Qué pasó con esa morena? Ella era un buen partido, muy parecida a mí. Creo que por eso te enamoraste ¿no?
-No voy a hacer esto. –vociferó dejando la copa sobre un porta vasos en una mesita. Se dio media vuelta y siguió escaleras arriba. Lauren lo siguió hasta perderlo al doblar en un pasillo.
Se cumplía un año y poco más de aquel traspié que significó el final de su matrimonio. Ya venía en declive, sin embargo, Lauren conservaba las esperanzas de solucionarlo. Era feliz, pero su esposo dejó de corresponder a sus sentimientos con la misma intensidad.
Recordaba la punzada de dolor cuando entró a casa emocionada por compartir su ascenso de trabajo con su esposo, y lo encontró besándose con una mujer de cabellos rizados y piel oscura, en esa misma sala donde ella ahora estaba parada.
Oficialmente la remodelación en el Watford había iniciado. El área estaba abarrotada de instrumentos y material de trabajo, asimismo, de trabajadores especializados en diferentes rangos. Todos ellos vistiendo los conocidos chalecos naranjas, llevando cascos y gafas de construcción.La arquitecta Toone caminaba por los aparatosos corredores, llenos de escombros, explicando por enésima vez las proyecciones del diseño al director general de la casa de subastas. Meditabunda en su trabajo, ignoraba estar sutilmente vigilada por Paul quien se había desentendido de su papel como contratista, absorbido por su atractivo. Le había dicho que estaba casada, a pesar de eso no figuraba ninguna sortija nupcial en su dedo. Eso le daba un soplo de esperanza, suponiendo que Lauren sea una mujer buscando gozar de ciertas libertades individuales que el matrimonio condena, o quizás se había casado con un pretendiente torpe, que no la llenaba como mujer. Otra tentativa, más negativa, era que no utilizaba l
En toda su vida, Arthur había concedido solo dos primeras citas a dos mujeres: la primera fue a Lauren. La segunda llegaría en cualquier momento.Había transcurrido mucho tiempo desde aquella primera vez, muchas cosas habían cambiado desde entonces. Ahora estaba en la terraza de un Starbucks bebiendo capuchino, vestido con ropa de etiqueta, nada semejante a su primera cita cuando su estilo de vestir era despreocupado igual que el resto de su vida. Como el seductor empedernido que era no aceptaba un conquista fallida, así que, un día cualquiera, decidió dirigirse al campus; a la habitación de Lauren.La puerta estaba abierta, aun así golpeó para llamar la atención de Lauren, concentrada en su libreta de estudios.-Leslie no está aquí, presenta un examen extraordinario en el auditorio catorce. -informó Lauren regresando a sus apuntes. Arthur sintió la libertad de entrar y sentarse en la cama de su hermana.-Sí lo sé, me ha hablado de eso toda la semana. Pero no vengo por ella, sino por
La campanilla del reloj despertador sonó tan puntual como todos los días. El amanecer de Lauren llegaba con un desagradable dolor de cabeza, que no era otro síntoma que la resaca. Estiró su brazo para cesar el martillante sonido. A pesar de sentirse tan estropeada, no llamaría para excusarse y no ir al trabajo; era una mujer de compromiso. Bostezó y se removió entre las sábanas antes de levantarse con actitud campeona. Habitualmente, solía pasar de la cama al armario a escoger su atuendo del día, pero en días con resaca pasaba directo al cuarto de baño, a que las tibias gotas del hidromasaje lavaran los estragos del licor y despejar sus pensamientos. Antes de que colocara su mano sobre el pomo, este ya se había girado. Arthur salía del baño vistiendo tan solo una toalla que cubría su torso inferior.-Buenos días. -saludó Arthur pasando a la habitación.-Por favor, vístete. -le respondió Lauren con poca admiración.-¿Por qué? Ya me has visto desnudo antes. Te prometo que no hay nada nu
Al caer la noche, luego de una ducha y un cambio de ropas, Leslie y Lauren visitaron el WavesNigth Club; una discoteca concurrida por personas de clase media y alta, que iba sumando prestigio en California. Era propiedad de Arthur, un pequeño emprendimiento que resultó mejor de lo que él esperaba, era la base de su economía. Allí también se encontraba Arthur, que a pesar de tener unos cuantos tragos de licor en su organismo, todavía se conservaba cuerdo. Estaba sentado en uno de los sofás tuxedo de terciopelo rojo, acompañado de una mujer de poco más de treinta, y supo que impartía clases en una de las universidades de Estados Unidos. Arthur en verdad se interesaba por conocer a sus conquistas, porque, aunque pasaría con ellas solo una noche, se aseguraba que no se trataran de mujeres conflictivas o interesadas. Rechazaba a cualquiera que le diera esta impresión.-Juró que no he hablado de mí tanto como lo he hecho hoy. –dijo la mujer. -Pero basta ya, ¿Qué me dices de ti?-En realidad
Una mujer alta, de carácter austero, cuyo cabello estaba tan perfectamente trenzado que daba la apariencia de ser una peluca, observaba con ojo minucioso la casa. Sus pasos eran seguidos por la pareja de ex casados. Lauren le indicaba cada detalle en la estructura y las ventajas de adquirirla. Tenía un dominio de la palabra excelso; hacía parecer una convencional casa en una urbanización ordinaria como una finca en los Alpes suizos. Arthur, en cambio, solo hacía acto de presencia, las veces en que intervenían eran pocas y nunca se extendía, él no entendía de casas ni ventas. Pero por recomendación de su abogada, debía estar presente en el momento en que se efectuara la posible venta.-Y a dos cuadradas de aquí encontrarás un jardín de niños, por si quisieras tenerlos o si ya los tienes. -dijo Lauren. Al principio, cuando decidieron vender la casa, evitaba mencionar este aspecto a los compradores, al menos cuando enseñaba la casa junto a Arthur. Perdió la prudencia de evitarlo al darse
El tercer dormitorio de la casa se convirtió en el estudio privado de Lauren. Habían convenido que sería la habitación del bebé, pero cuando el proceso de divorcio comenzó, supieron que no tenía sentido mantenerla desocupada. Las estanterías empotradas donde guardaba sus instrumentos de trabajo, disimulaban los colores celeste y blanco con que estaban pintadas las paredes.Trabajaba en la remodelación del Watford, un nuevo proyecto que la firma de arquitectos Crawley Pines le había designado en especial. Era la casa de subastas más famosa de California. Lauren era la cabecilla de dicho proyecto, por lo que se dedicaba a ser rigurosa con cada detalle; desde medidas hasta decorados. Todo debía armonizar con todo. Su atención estaba volcada por completo al plano extendido sobre la mesa de madera. Lauren era una mujer obsesionada por el trabajo.Giró sus caderas cuando escuchó la puerta corrediza abriéndose y vio a Arthur entrando a la estancia, tenía su celular en una mano y con la otra





Último capítulo