El metal del yate aullaba bajo el castigo de las ráfagas de calibre 50. Lo que hace minutos era un palacio flotante, ahora era una caja de resonancia donde las balas rebotaban contra la madera pulida.
Los hombres de Alejandro, superados en número y atrapados en su propia arrogancia, respondían al fuego desde la cubierta superior. Los gritos de agonía se mezclaban con el siseo del agua que empezaba a entrar por los ojos de buey reventados.
Dante rodó por el suelo, arrastrando a Elara hacia la zo