El aire en la suite era denso. Elara, permanecía inmóvil, escuchando el silencio opresivo, a pocos centímetros, el hombre que representaba su destrucción respiraba con una regularidad mecánica que ella envidiaba.Cuando de repente, el ritmo cambió.Un gemido sordo, casi animal, rompió la calma, y Elara se tensó, y giró la cabeza. Dante Montaño, el Demonio de Milán, estaba librando una batalla en su propia mente, de nuevo.Sus párpados temblaban, y una fina capa de sudor cubría su frente, brillando bajo la luz mortecina que entraba por el ventanal, mientras que en algún lugar de la oscuridad, el fiscal Alejandro los observaba con binoculares.Dante se sacudió, sus manos, antes firmes y letales, se aferraban a las sábanas como si fueran lo único que lo mantenía anclado a la realidad.— No... — susurró él, en un tono que Elara no reconoció, era una súplica.Incapaz de detenerse, y movida por una curiosidad que olía a peligro, Elara se acercó y observó las facciones de Dante, la mandíbula
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