Mundo ficciónIniciar sesiónEn el juego de los King, ella no es más que un peón... hasta que el verdadero rey decide reclamar su trono. Vienna Harlow era una hermosa promesa del modelaje hasta que una bala en su columna la ancló a una silla de ruedas el día de su boda obligada con Theodore King. Durante dos años, soportó el desprecio, la infidelidad y el maltrato de un hombre que la consideraba un desecho. Hasta que Maximilian King; el hermano mayor de Theodore, regresó al país. El mismo hombre del que ella estuvo perdidamente enamorada en el pasado, pero él la abandonó cuando más lo necesitaba. Antes era su primer amor... y ahora es su cuñado. Lo que Vienna no sabe es que el poderoso multimillonario no solo ha vuelto para gobernar la dinastía familiar, sino para recuperar lo que siempre le perteneció. Bajo el amparo de una cláusula contractual oculta, Maximilian se lleva a Vienna por la fuerza. «Si aún no puedo convertirla en mi esposa, entonces será mi prisionera». Atrapada entre el odio hacia su captor y la necesidad de sobrevivir, Vienna descubrirá que en las sábanas de Maximilian las reglas han cambiado. Él le promete libertad, pero su corazón corre el riesgo de quedar atrapado para siempre.
Leer másMi esposo estaba teniendo sexo con otra mujer en nuestra habitación.
Podía escucharlos. Los gemidos, las risitas descaradas, el golpeteo constante de la cabecera de nuestra cama contra la pared. Ni siquiera se había molestado en cerrar la puerta bien, como si no le importara el hecho de que yo lo descubriera. —¿Lo hago mejor que tu esposa? —gimió la pelirroja a la cual reconocí de inmediato. Era su secretaria, Amelia Thomson. Esa mujer que siempre actuaba tan regia, elegante, que me miraba con gesto de superioridad. No podía apartar los ojos de la escena que se reproducía en cámara lenta frente a mí. Theodore, el hombre con el que me casé por obligación, tenía los pantalones abajo, embistiendo a la pelirroja, cuya falda estaba enrollada en su cintura. —No hables de esa inválida mientras te follo —gruñó, sin dejar de acometer contra la mujer. Las palabras me atravesaron como cuchillos. Inválida… A eso se había reducido mi vida estos últimos dos años. Antes era una joven con el sueño de ser modelo, pero se me fue arrebatado el día de nuestra boda. Una boda que yo no quería. Ese día hubo un atentado contra la familia King; los hombres armados irrumpieron, atacaron y una de las balas impactó en mi columna, llevándose consigo la movilidad de mis piernas, anclándome a una silla de ruedas a la corta edad de veinte años. Dos años después: He pasado por dos cirugías de alto riesgo y alto costo, pero mis piernas seguían sin responder. Necesitaba una tercera cirugía de reconstrucción. Era mi última oportunidad. El doctor dijo que si esto no funcionaba, ya no podría volver a caminar. Apreté las manos en el reposabrazos hasta que mis nudillos palidecieron. Estaba en esta maldita silla de ruedas por su culpa. Por culpa de su familia y la mía. Yo no quería este matrimonio, pero mi padre me obligó. Su empresa estaba cayendo y los King estaban al acecho. Un apellido muy adecuado para quienes se sentían los Reyes del país. Al principio no me preocupé, porque tenía a Maximilian King; el hermano mayor de Theodore. Había prometido que se casaría conmigo. Siempre estuve perdidamente enamorada de él. No, no solo enamorada. Lo amaba y él me amaba a mí. O… eso pensé. Pero cuando más lo necesitaba, me destruyó el corazón. Él era el único en quien confiaba de esa familia y me decepcionó. —No me casaré contigo, Vienna —El recuerdo de ese día me perseguía como si hubiera sido ayer. Las palabras habían sido pronunciadas con tanta frialdad que, por un segundo, no lo reconocí. Sus ojos azules oscurecidos—. Solo fuiste un entretenimiento para mí. Fuiste una distracción agradable mientras duró, pero los negocios no se construyen a base de sentimentalismos baratos. Ese rechazo marcó un antes y un después en mi vida. En especial, porque nunca pude decirle todo lo que pensaba, gritarle por la forma en que me lastimó… Porque al poco tiempo, se marchó. No solo de mi vida, sino de la de todos. Desapareció del país sin dar ninguna explicación. Sin embargo, era obligada a escuchar su nombre en todos lados. En las noticias, en la radio, en las redes sociales. Estaba triunfando en el extranjero, creando su propia fortuna, su propia empresa. “Un King empezando desde cero”, “El heredero de la fortuna King decidió emprender sin el apoyo económico de su familia”, “Maximilian King se convierte en el soltero más codiciado del continente europeo”. Y yo… tuve que quedarme, atrapada entre ambas familias. Al final, como ganado, los King me entregaron a su hijo menor, quien me aceptó. A nadie le interesaba lo que pensara, solo querían a una mujer que engendrara como yegua y poder seguir con el distinguido linaje King. Pero terminé defectuosa el mismo día de nuestra boda, después de decir “Acepto”, y ahora estaba atrapada en esta familia infernal que me trataba como un estorbo. —Theodore —susurré. La mano me temblaba al terminar de abrir la puerta. Antes era considerada una mujer muy atractiva, que atraía la atención de mujeres y hombres por igual. Todos me decían lo hermosa que era, halagaban mi porte, la forma en que me desenvolvía y eso me daba la confianza que necesitaba para querer cumplir mi sueño de ser una modelo exitosa pese a que mi padre lo desaprobaba. Pero todo eso se esfumó con el atentado. Ahora solo recibía miradas de compasión por mi incapacidad o de desprecio de aquellas personas que consideraban que arruiné el linaje tan preciado de los King, que me había convertido en una carga. Ya no había halagos, ya no me desenvolvía y ese sueño… murió. La Vienna Harlow que algún día estuve orgullosa de ser, ya no estaba. Ahora solo era un fantasma de lo que fui. Vienna King; la esposa defectuosa. —¡Theodore! —Me atreví a decir un poco más fuerte. El hombre de ojos negros giró la cabeza con lentitud, atreviéndose a verme. Continuó bombeando en su interior, sin sobresaltarse por mi presencia. —¿No piensas parar? —La voz me temblaba. Mis manos se cerraron con fuerza alrededor de los reposabrazos—. Estoy aquí. Soy tu esposa. Casi se río por la mención de mi posición. Su apellido ahora era el mío, legalmente. Pero no he cumplido mi papel de esposa. Los King me hicieron a un lado apenas el doctor les informó mi estado físico hace dos años. Mi vientre aún podía concebir, pero el asco que le provocaba a Theodore tener que estar con una inválida fue suficiente para que sus padres entendieran que yo era una inversión fallida que los perseguiría, ya que su familia no cree en el divorcio. Más que mi corazón, era mi orgullo el que estaba siendo herido hasta hacerlo sangrar. Porque yo había puesto empeño en ser una buena esposa, había intentado adaptarme a esa vida que no elegí, había tratado de encontrar un lugar en esa casa, de ganarme aunque fuera un poco de respeto. Y todo lo que obtuve fue que me pisotearan. —Al menos deberías disfrutar el espectáculo, es lo más cerca que estarás del sexo en tu vida ya que no pienso tocarte —Jadeó con su tono despectivo al que ya estaba acostumbrada. Sus palabras mordaces eran algo a lo que estaba acostumbrada, después de todo, no tenía reparo de burlarse de mí frente a sus padres o sus conocidos. Aunque era la primera vez que se atrevía a engañarme. Dio uno que otro golpeteo antes de gruñir contra el cuello de su secretaria. Los ojos de Amelia jamás me abandonaron. En lugar de lucir extasiada o complacida, casi parecía alardear ante mí. Como si su objetivo principal fuera mi humillación. Él se apartó, jadeando, cerrando la cremallera de su pantalón. —Eres un desgraciado —dije con la mandíbula apretada—. Engañarme de esa manera, cuando tu familia podría verte. Deberías tener un poco de vergüenza y no comportarte de esa forma en este lugar. Al menos respeta este matrimonio. —¿Engañarte? —Se burló, acomodándose la camisa mientras su secretaria se bajaba la falda—. Este matrimonio fue una transacción, un negocio. No hay amor en juego, ni sentimientos. Puedo follarme a todas las mujeres que quiera y tú no puedes decir nada. —¡Sigo siendo tu esposa! ¡Me debes respeto! —No pude evitar gritar, soltando toda esa rabia que tenía alojada en la garganta, que me quemaba por dentro. Pero no era rabia por celos, era rabia por haber desperdiciado dos años de mi vida intentando ser buena esposa para un hombre que nunca lo valoró. Por haber cocinado, sonreído, acompañado y callado cuando lo único que merecía era desprecio. —¡Y tú me debes un heredero que jamás me darás porque no pienso tocarte en lo más mínimo! —Contratacó con fuerza. Su mandíbula apretada—. Cuando tus padres te ofrecieron para convertirte en mi esposa, no dudé en aceptar porque estabas completa, funcional. Eres una mujer atractiva y hermosa, pero, ¿de qué me sirve eso si no puedes mover las caderas? Si pareces una muñeca de trapo, un cascarón vacío. Ningún hombre querría estar con una mujer rota como tú. Tragué saliva, sintiendo el escozor de sus palabras penetrando mi piel, destruyendo la poca confianza que me quedaba. Pero no era la primera vez que me decía algo así. Lo que dolía era saber que, a pesar de todo, yo seguí intentando. Seguí tratando de ser la esposa que él necesitaba, de adaptarme a esa vida, de encontrar algo bueno en medio de tanto desprecio. Y solo conseguí que me escupieran en la cara. En esto se había basado los últimos dos años de mi vida. En desprecio y humillaciones, pero ya no podía soportarlo. Ya no quería seguir viviendo de esta forma, dejando que esa familia se alimentara de mi sufrimiento. —No pienso quedarme en un lugar donde no me respetan —hablé con convicción, retrocediendo en mi silla de ruedas ya que no pensaba planeaba malgastando mi tiempo con esa basura—. Me divorciaré de ti, Theodore King. Me adentré al pasillo, tratando de disolver el nudo que cubría mi estómago, pero era imposible. La bilis subía por mi garganta. Había intentado tanto, había dado tanto de mí para que funcionará… De pronto, un fuerte golpe me tiró al suelo, volcando la silla de ruedas. El ruido del metal impactando contra el mármol fue estridente, el reposabrazos se clavó en mis costillas, sacándome un alarido. —Levántate y vete tú misma, si tanta dignidad tienes —dijo desde arriba, pisando la rueda de mi silla. Una manera cruel de mostrarme dónde estaba él en la jerarquía y dónde estaba yo: en el suelo—. Ah, no, espera. No puedes. Cerré las manos en puños, sintiendo la impotencia golpear mi pecho. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero me esforcé para no derramar ni una en su presencia. Theodore se puso en cuclillas, sujetando mi mandíbula con el pulgar y el índice, obligándome a mirarlo. Su tacto me producía asco. —Escucha bien, Vienna. Sabes que hay una cláusula que te prohíbe divorciarte de mí. Tú no puedes pedir el divorcio. Tú no puedes pedir nada. Tu familia sigue dependiendo de los King. Y tu cirugía, esa tercera operación milagrosa que esperas que te devuelva las piernas, la paga mi padre. Si quieres volver a caminar, vas a comportarte como una buena esposa invisible. ¿Queda claro? No respondí. Sin embargo, el labio inferior me temblaba y eso fue todo lo que necesitó para sonreír victorioso, tomando mi silencio como un triunfo. Porque sabía que estaba contra las cuerdas. Había firmado un acuerdo prenupcial antes de casarme. Pero no era un acuerdo normal, era uno donde me prohibía solicitar el divorcio. Él sí podía, pero por más que decía que me odiaba, no buscaba divorciarse de mí. Él se alejó, sus pasos resonando en el mármol hasta que desapareció detrás de la puerta de nuestra habitación, cerrándola con fuerza, encerrándose con su secretaria mientras a mí me dejaba tirada en el suelo. Sola en aquel pasillo, permití que las lágrimas se derramaran por mis mejillas. Me giré con dificultad, sintiendo el dolor en mi costado, mas lo ignoré. Tiré de la silla, pero se me hacía imposible enderezarla. Apreté los dientes, la frustración llenaba mi pecho. Sin poder evitarlo, golpeé la rueda con todas mis fuerzas. ¡Lo odiaba a él! ¡Odiaba lo que me hizo! Pero más que odio, sentía un cansancio profundo. Había dado todo de mí, había intentado ser la esposa que nunca pidieron, había tratado de adaptarme a una vida que no era mía, de sobrevivir al abandono de Maximilian y al desprecio de Theodore. Y solo recibí migajas de desprecio. Quería recuperar la fuerza que perdí tras el atentado. Quería recuperar mis piernas, pero ya no quería que mi futuro dependiera de mi matrimonio con ese hombre. Oí unos pasos resonar en el mármol, acercándose. Eran seguros, confiados. No fui capaz de levantar la cabeza, de enfrentarme a la persona que me vería en tan vergonzosa posición hasta que unos zapatos negros de cuero italiano entraron en mi campo de visión. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, erizándome los vellos del cuerpo. Subí la cabeza despacio, detallando el traje negro hecho a la medida, amoldándose a su cuerpo fuerte, imponente y alto. Más alto que Theodore. Su mandíbula parecía tallada por los mismos dioses. Pómulos filosos, facciones severas y esos ojos… tan azules, tan profundos, como si pudiera ver a través de mí. Su cabello negro azabache estaba peinado hacia atrás, sin ningún mechón fuera de lugar. Tan perfecto… Así era él. El hombre que me rechazó como esposa hace dos años, el que rompió mi corazón en pedazos desapareciendo del país… Había vuelto. Mi cuñado; Maximilian King.Esa misma tarde, el coche me dejó frente al edificio.La nostalgia me golpeó con fuerza. Casi sentí que fue ayer cuando entraba y salía de este edificio, entrenando arduamente, con los paparazis tirando fotos y especulando sobre las próximas debutantes. El vello de mi cuerpo se erizó ante el recuerdo, ante la forma en que los paparazis estaban muy interesados en mí, intentando descubrir cuando debutaría. Y pensar que el último reportaje que hicieron sobre mí, fue el día en que me arrebataron la movilidad de mis piernas. “La prometedora estrella del modelaje cae a la ruina antes de su debut”.Suspiré, avanzando a la entrada del edificio.Los paparazis seguían acampando en la calle, esperando alguna revelación de las siguientes estrellas del modelaje. Me ignoraron en su totalidad cuando me introduje en el edificio. Seguía teniendo el mismo rostro, pero ellos ni siquiera se molestaron en verme para saber que era la misma mujer que en el pasado era conocida como una promesa que pasaría l
Mi corazón no dejaba de latir con fuerza, buscando reventar mis costillas. Ya Maximilian había salido de la habitación hace varios minutos, pero mi tonto corazón no dejaba de bombear como un desquiciado. Sin darme cuenta, volví a perderme en los pasillos. Mi sentido de la dirección era pésimo. Si al menos los pasillos tuvieran cuadros, adornos, flores, algo que me ayudara a diferenciar un corredor de otro, pero no, ese hombre frío como un hielo no se había tomado la molestia de volver este lugar… un hogar. Unas risitas llegaron a mis oídos, femeninas, quisquillosas y muy desdeñosas. Fui aspirante de modelo muy bien entrenada en una de las compañías más competitivas del país, donde podía escuchar como las demás aspirantes se reían de sus rivales cuando se les doblaba el pie en el escenario o misteriosamente “se les rompía el tacón”. Podía reconocer risas crueles cuando las escuchaba y estás en definitiva eran de ese tipo. Me acerqué un poco más, escuchando la conversación que prov
Dos días. Necesité dos días para sudar en su totalidad la fiebre y poder respirar por la nariz. Casi pensé que necesitaría conseguir una nariz nueva y unos pulmones que no intentarán salirse de mi cuerpo cada vez que tosía. Pero gracias a la medicina que el doctor me recetó, me he recuperado rápidamente. ¡Y esta vez si se dignó a hablarme y tratarme como su paciente!Estuve tan letárgica que apenas salía de la cama para ir al baño. Casi se podría decir que estaba a un paso de fusionarme con el colchón. Aunque… la cama seguía sintiéndose extraña. No sabía si era porque no estaba acostumbrada a esta nueva cama, porque el colchón era demasiado blando o porque todo en esta mansión le pertenecía a Maximiliano, pero el olor a bergamota y cedro inundaba las sábanas cada vez que despertaba. Era fuerte, profundo, como si estuviera en presencia de aquel hombre. Y al explorar el lado vacío este se encontraba cálido. Ha sido así estos dos días. Negué con la cabeza, sacudiendo esos pensamient
Se había marchado.Era la primera vez en dos años que lograba librarme del yugo de Theodore. No era completamente libre, no hasta que legalmente me desvincule de él, pero era lo más cerca que he estado de la libertad. Sentí como la adrenalina empezaba a disiparse lentamente a través de mis venas, dejando el cansancio y el alivio por igual. Mis manos seguían aferradas a los reposabrazos con tanta fuerza que mis nudillos habían palidecido.Maximilian no se movió. Permaneció de pie, observándome con sus ojos azules que nunca dejaban de analizar, de calcular. Como si estuviera esperando algo.—Ya se fue —dijo, en voz baja.—Lo sé.—Entonces, ¿por qué sigues temblando?Parpadeé repetidas veces, percatándome que tenía razón. Estaba temblando. ¿Era por qué le tenía miedo a Theodore? ¿Por haberme enfrentado a él? ¿Por el pánico de no saber lo qué pasaría a partir de ahora? ¿De no saber cómo sería mi vida dentro de este pethouse con Maximilian? ¿De no saber qué clase de trampa me estaba tend
Último capítulo